Arte Cubano, como nombraron la página
web que entonces vio la luz, se
convirtió en «uno de los primeros sitios
de su tipo que existían en el país» y
constituyó el sustento promocional de lo
que comenzaba a gestarse en aquel
«pequeño local en La Habana Vieja
ubicado en la calle Obispo», recuerda
Frank Carlos.
Por eso no demoró mucho para que los
contactaran instituciones culturales de
diferentes naciones. «Establecimos
correspondencia y relaciones de trabajo
con varias galerías importantes en
Estados Unidos, Canadá y Europa».
Tan atractivo se presentó el proyecto
que pronto aparecieron en escena
aquellos personajes cuyo único «arte» es
el de monitorear e identificar a quienes
se puede usar dentro y fuera de Cuba
para cumplir las directrices del
Gobierno estadounidense. Desde la
Sección de Intereses de Washington en La
Habana, esos especialistas ubicaban los
sitios web independientes con el
supuesto perfil apropiado para sus
planes de subversión.
De modo que —con el aparente candor
de quien solo quiere «ayudar»—
diplomáticos de la SINA se asomaron
enseguida en el local de Frank Carlos y
sus amigos, quienes les explicaron que
se trataba de «un proyecto que no estaba
bajo la dirección de las instituciones
culturales».
Por eso, «a partir de ahí comenzó un
proceso de encuentros y contactos,
prácticamente diarios, que fueron
incrementándose en la medida que se
desarrollaban las diferentes actividades
que realizábamos», cuenta Frank Carlos
Vázquez, un licenciado en lengua Inglesa
que enseguida fue considerado como un
interlocutor valioso.
Al mismo tiempo, desde la SINA,
comenzaron a enviarles «decenas de cajas
de libros, revistas y publicaciones»,
recuerda Frank Carlos. Además, el ex
funcionario de la oficina Douglas Barnes
manifestó el deseo de «convertir nuestro
centro en un lugar de acceso a Internet,
lo que era muy importante en su
momento», porque el ciberespacio apenas
se conocía entre los artistas cubanos.
Este Barnes ya había expresado que su
tarea principal era tratar de
instrumentar en Cuba el llamado Carril
II de la Ley Torricelli, para lo cual
traía la experiencia de haber trabajado
en países del antiguo campo socialista,
y durante su estancia aquí, establecer
relaciones con nacionales del sector
cultural, la intelectualidad y
cabecillas contrarrevolucionarios.
Por eso para los diplomáticos de la
SINA (¿o de la CIA?), todo lo que
pudieron observar en Frank Carlos
parecía hecho a la medida de sus
expectativas.
Durante la administración de William
Clinton (1993-2001), Richard Nuccio, su
asesor para los asuntos cubanos, predicó
la llamada teoría «de pueblo a pueblo»,
que en verdad significaba algo así como
«ahogar con un abrazo», método que ya
habían aplicado contra Polonia.
Bajo esos postulados, en el segundo
mandato de Clinton, la SINA abrió como
nunca la entrega de visas para
«facilitar el intercambio cultural»,
mientras sus especialistas valoraban qué
sectores de la intelectualidad pudiesen
propiciar la aparición de movimientos
artísticos «paralelos»; en esencia, que
fueran contestatarias e «independientes
del Estado».
Creían que con ello desaparecería el
sentido revolucionario en el movimiento
cultural cubano, algo que se había
experimentado en la otrora
Checoslovaquia.
Fue el filón que vio Larry Corwin, un
especialista de arte, entonces
secretario de Prensa y Cultura de la
SINA, quien desde su llegada al país
desarrolló una intensa influencia en el
medio cultural de la Isla y de la
llamada prensa independiente.
Precisamente, ese diplomático se
quitó la máscara poco después de
concluir su estancia en la Isla al
reaparecer en Kosovo, en el 2004, como
oficial de Asuntos Públicos de la
oficina del Departamento de Estado en el
territorio balcánico ocupado por las
fuerzas de la OTAN.
La práctica de Corwin no es nueva.
Desde la Segunda Guerra Mundial, y el
posterior inicio de la Guerra Fría, los
servicios especiales pusieron a punto un
aparato de subversión dirigido hacia un
público intelectual, a partir de cadenas
de instituciones- fachada con presuntas
finalidades de muy diversa índole. Los
fundadores de esa maquinaria de
subversión fueron académicos y
especialistas en guerra psicológica,
cuya actividad en ese campo tiene
numerosas experiencias a lo largo de la
historia.
Esas instituciones —entre las que
vale mencionar al casi centenario
Brooklyn Institution, a la Rand
Corporation y la Heritage Foundation—
trabajan hoy con métodos de influencia
afinados durante décadas, mediante los
cuales se acercan a las personas
«seleccionadas» a partir de estudios de
su personalidad y el rol que podrían
desempeñar en la sociedad.
Acá en La Habana el «especialista»
Corwin trabajó de conjunto con el
segundo jefe de la estación local de la
CIA, James Patrick Doran, camuflado en
el cargo de vicecónsul. Para ellos,
poner a Frank Carlos bajo el círculo de
su influencia, era controlar al grupo de
jóvenes en su conjunto.
Según la apreciación de la CIA y de
la SINA, al alcanzarse ese objetivo,
llegarían a crear futuros destructores
del socialismo, auténticos
conspiradores, de los que iban a «tumbar
el muro de Berlín en Cuba».
Por eso Corwin atendió con diligencia
a Frank Carlos. Le facilitó todo lo que
necesitaba, siempre atento a sus deseos,
a nombre de la «amistad». Le propuso
proyectos, contactos, insistiendo en la
seductora idea de la comercialización de
las obras que este promovía.
Pero otra vez, el enemigo se había
equivocado. Como joven cubano que creció
con la Revolución, lejos estaban de
imaginar quienes lo «visualizaron» que
él se mantendría fiel a su país. Más de
diez años han transcurrido, y hasta
ahora que se hace pública su identidad,
Frank Carlos Vázquez ha cumplido
misiones como el agente Robin de los
Órganos de la Seguridad del Estado, cuya
mayor riqueza consiste, precisamente, en
esa fusión de los hombres y mujeres que
la integran con el pueblo, en defensa de
la Patria.
UNA EXPERIENCIA AMERICANA
Con un presupuesto que parecía sin
límites, y un acceso privilegiado a
distintas esferas del mundo cultural
norteamericano, Larry Corwin le anuncia
a Frank Carlos que le iba a conseguir
invitaciones de prestigiosas
instituciones, para que pudiese viajar a
EE.UU.
«En el año 1998, se me acercan y me
entregan una invitación realizada por el
Chicago Cultural Center», considerado
como uno de los más relevantes de su
tipo en suelo estadounidense.
Frank Carlos y su grupo habían sido
seleccionados «para establecer un
proyecto de intercambio» que los alió a
ese centro en una amplia colaboración
mediante la cual fue dos veces al
norteño país con todos los gastos
pagados, como «cortesía» de las agencias
federales e instituciones
gubernamentales en Washington.
Más que nunca, el buen conocimiento
del inglés, fue la llave: «Prácticamente
me abrió todas las puertas. Estando allí
pude tener acceso a muchísimas
personalidades con las que, por mi
conocimiento de su idioma, pude
establecer un diálogo y un contacto muy
profundo», recuerda.
«Conocí desde el alcalde de Chicago
hasta los directivos de las
instituciones culturales más
importantes, pasando por galeristas
renombrados dentro del mundo del arte.
Nos entrevistamos con diferentes
congresistas, políticos…»
A estos encuentros se sumaron otros
con agendas políticas muy definidas, que
rebasaban la divulgación y la promoción
de la cultura. Es así como dirigen a
Frank Carlos hacia «lo que ellos estaban
interesados que yo conociera». Y en
apariencia, el plan del «team»
Corwin-Doran se concretaba poco a poco.
Los «diplomáticos» de la SINA sopesan
la amplia experiencia adquirida por
Frank Carlos, y comienzan a manifestarle
otras «necesidades», específicamente que
tratara de aglutinar a jóvenes. El
objetivo de la operación emerge entonces
con claridad: inculcarles «los intereses
que las instituciones culturales de
EE.UU. perseguían», dice.
A esas alturas se había establecido
una especie de regla: esperando que
ocurriera aquí lo mismo que en Europa
del Este, el mercado occidental y
particularmente el estadounidense estaba
ávido de un arte cubano contestatario e
hipercrítico.
Su experiencia «americana» dejó
también otros recuerdos en la memoria de
Frank Carlos Vázquez Díaz. De Chicago,
donde lo ubicó la inteligencia
norteamericana en su plan de influencia,
no olvida la visita que hizo a barrios
marginales, «donde los ciudadanos
afronorteamericanos son totalmente
segregados».
También le chocó «la violencia en las
calles y el tráfico incesante de drogas
que existe en muchos lugares», así como
vivir «la realidad de un país que está
diseñado para ganar dinero», y si las
personas no son capaces de obtenerlo «se
les considera de segunda clase».
NECESARIA RECAPITULACIÓN
La invitación que recibió Frank
Carlos Vázquez se inscribe en el
programa Cuba de la Agencia para el
Desarrollo Internacional de Estados
Unidos (USAID, por sus siglas en
inglés), que, financiado con millonarios
fondos federales, sirve de cobertura a
la actividad de la CIA contra la Isla.
Uno de los métodos empleados es la
fabricación de líderes sociales,
supuestamente capacitados como «agentes
para el cambio» político y que tratan de
captar en el universo juvenil, los
artistas, universitarios, la
intelectualidad… utilizando como señuelo
el otorgamiento de becas y viajes.
La USAID, según explica la capitana
Mariana, analista de la Seguridad del
Estado, se vale además en su accionar de
diversos mecanismos, «uno de ellos es el
empleo de organizaciones, como es el
caso del Instituto Republicano
Internacional (IRI)», surgido en 1983
bajo la administración de Ronald Reagan,
un arma de la derecha estadounidense
para campañas de engaño y de
manipulaciones. Su presidente es, ni más
ni menos John McCain, un amigo de la
mafia cubanoamericana de Miami.
El IRI desempeña un activo papel en
el programa Cuba de la USAID y para ello
ha establecido dos objetivos
prioritarios, que son incrementar el
libre flujo de información desde y hacia
la Isla, y en segundo lugar la
conformación de organizaciones no
gubernamentales que faciliten sus fines.
El IRI no actúa directamente en
territorio nacional sino a través de
organizaciones como Solidaridad Española
con Cuba y la Fundación Eslovaca Pontis.
Para el IRI es de suma importancia
lograr instalar en el país redes de
comunicación inalámbrica con
posibilidades de transmisión vía
satelital con la utilización de medios
de tecnología avanzada como el Bgan.
Por otra parte, la USAID también
«puede utilizar mecanismos más directos,
como sucedió en el caso de Frank Carlos,
quien fue contactado de manera personal
por un funcionario de la SINA».
Argumenta la analista de la Seguridad
del Estado que la beca concedida a Frank
Carlos fue, justamente, «parte de su
preparación» y una forma de «trabajar
sus cualidades de liderazgo, sus
potencialidades.
«En definitiva, este programa lo que
busca es darle una orientación
contrarrevolucionaria a los fenómenos
propios de nuestra sociedad, o construir
hechos, o líderes que permitan canalizar
los intereses del gobierno de Estados
Unidos en relación con Cuba»,
puntualiza.
No hay que llamarse a engaño. La
USAID respecto a nuestro país apoya un
accionar que bajo distintos escenarios
persigue crear las condiciones del
«cambio», antes, durante e
inmediatamente después de la
«transición».
A partir de 1995, luego de la
implementación de la Ley Torricelli
durante el gobierno de William Clinton,
se hizo más evidente la actividad
subversiva de esta agencia federal
contra nuestro país. Por ejemplo, han
entrado por diferentes vías más de 10
000 radios de onda corta, y casi dos
millones de libros, y productos
multimedia con propaganda que alienta el
«cambio».
Pero para nadie es secreto el extenso
aval de la USAID en temas de injerencia
y desestabilización desde que fue
fundada en 1961 durante la
administración del presidente John F.
Kennedy.
En América Latina, está asociada a
muchas de las intervenciones yanquis en
la región. Mención especial merece la
participación de la agencia en la década
del 70 en la aplicación del Plan Cóndor,
una transnacional secreta de muerte
contra la izquierda en el Cono Sur del
continente.
Más recientemente, en el 2002, la
Agencia del Desarrollo Internacional
estuvo muy vinculada al golpe contra el
presidente de Venezuela, Hugo Chávez.
Desde entonces, ha aumentado de manera
continua la intensidad de sus
operaciones de apoyo a la oposición, a
través de una serie de «programas» que
subsidia a golpe de millones.
En Bolivia y la Honduras de José M.
Zelaya ha sido otro tanto, aunque
siempre han tratado de edulcorar los
capítulos más repugnantes de su
historia.
OPERACIÓN VITRAL
Dentro de las tareas que iban dándole
a Frank Carlos hay una que rememora, en
este recuento de más de diez años como
el agente Robin. Fue en el 2000, cuando
los estadounidenses James Patrick Doran
y Larry Corwin le solicitan con
insistencia que se acercara al
contrarrevolucionario Dagoberto Valdés,
quien dirigía la revista Vitral y el
denominado Centro Cívico Religioso de
Pinar del Río.
«Ese proyecto era de mucho interés
para los norteamericanos. Me pidieron
que organizara un encuentro entre los
funcionarios de la Sección de Intereses
y Dagoberto, que se preparó en un lugar
discreto de la ciudad».
En esta visita con toque de
clandestinidad, los visitantes hablaron
con el susodicho acerca del potencial de
su —hoy desaparecida— publicación para
expresar ideas contrarrevolucionarias, y
como medio para ser utilizado contra el
Gobierno y la Revolución Cubana.
Hecho significativo: Valdés planteó
entonces su «gran preocupación pues
estaba siendo contactado directamente
por los "diplomáticos" norteamericanos,
porque, según él, eso lo ponía demasiado
en evidencia». Así que se pronunció por
«trabajar a través de los diplomáticos
de las embajadas checa y polaca, que
estaban un poco más afuera de la
palestra pública», lo que le permitiría
actuar «con mucha más rapidez y
tranquilidad». Pronto, el encuentro
«discreto» de Pinar se acompañó de una
exposición de carteles organizada,
«casualmente», con la colaboración de
diplomáticos polacos y checos.
«Ahí se plasmaban algunas ideas que
venían de Polonia… y que fueron entonces
propaladas dentro de la intelectualidad
pinareña…»
Dagoberto pretendía «convertirse en
el paladín de la libertad, en el
portavoz de los intelectuales y
convertir esa revista en un vehículo
contrarrevolucionario para destruir
nuestra Revolución», asegura Frank
Carlos.
LA BIENAL DE VICKY HUDDLESTON
En el propio año 2000, la SINA
pretendió manipular un evento de tanta
trascendencia y prestigio internacional
como la Bienal de La Habana, en este
caso durante su VII edición.
No por gusto intentaron hacer el
trabajo de subversión. La Bienal ya se
había ganado un merecido espacio donde
se divulgaba un arte experimental de
alta calidad que era apreciado por
grandes sectores de la población cubana.
«Un día se me aparece Larry Corwin en
la casa con una gorra de pelotero, una
camiseta y un short de playa. Venía en
una bicicleta», rememora Frank Carlos,
quien en ese momento se extrañó de la
imagen del diplomático. Con el disfraz,
Corwin intentaba encubrir su accionar
ilegal.
Esa «sorpresiva aparición» era para
pedirle que Frank Carlos lo apoyara «en
una misión muy importante» que
consistiría en «servir de enlace entre
los directivos de la bienal y yo para
poder obtener información que ellos
necesitaban, pues ellos no tenían otra
manera de acceso».
Lo cierto es que para esa VII Bienal
aflora ahí una numerosísima delegación
norteamericana con muy pocos artistas y,
sin embargo, llegó una legión de
abogados, coleccionistas, empresarios,
funcionarios de instituciones culturales
estadounidenses, y «especialistas» del
arte vinculados al Departamento de
Estado.
La SINA dirigió las actividades de la
comitiva que fue recibida (y
aleccionada) por su jefa, Vicky
Huddleston, quien ofreció entonces la
recepción más grande que hubo en la
historia de esa representación
diplomática.
Fue una Bienal donde, paralelamente a
las actividades del evento, los
funcionarios de la Sección de Intereses
desarrollaron su propio plan: una
operación agresiva de influencia y
captación.
«Prácticamente fue una acción puerta
a puerta, tocaron a las puertas de los
artistas, a las de los promotores
culturales, a las de los galeristas…»
A juicio de Frank Carlos «la labor de
la SINA en Cuba en esa época se puede
considerar una de las más activas. Ellos
trataron de penetrar el mundo cultural
nuestro y establecer vínculos que iban
mucho más allá de la labor diplomática.
«Pretendían comprar los favores de
nuestros artistas e intelectuales,
ofreciéndoles exposiciones y promociones
en diferentes galerías norteamericanas,
a cambio de que reflejaran una realidad
discordante o distorsionada… La
finalidad era crear un estado de
opinión, un fenómeno cultural ficticio,
fabricado, con el cual se intentaba
expresar al mundo que los intelectuales
cubanos estaban en contra de la
Revolución».
HIPOCRESÍA IMPERIAL