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¿Para
quién la muerte es útil?
Enrique Ubieta Gómez
La
absoluta carencia de mártires que padece
la contrarrevolución cubana, es
proporcional a su falta de escrúpulos.
Es difícil morirse en Cuba, no ya porque
las expectativas de vida sean las del
Primer Mundo —nadie muere de hambre,
pese a la carencia de recursos, ni de
enfermedades curables—, sino porque
impera la ley y el honor. Los
mercenarios cubanos pueden ser detenidos
y juzgados según leyes vigentes —en
ningún país pueden violarse las leyes:
recibir dinero y colaborar con la
embajada de un país considerado como
enemigo; en Estados Unidos, por ejemplo,
puede acarrear severas sanciones de
privación de libertad—, pero ellos saben
que en Cuba nadie desaparece, ni es
asesinado por la policía. No existen
"oscuros rincones" para interrogatorios
"no convencionales" a
presos-desaparecidos, como los de
Guantánamo o Abu Ghraib. Por demás, uno
entrega su vida por un ideal que
prioriza la felicidad de los demás, no
por uno que prioriza la propia.
En
las últimas horas, sin embargo, algunas
agencias de prensa y gobiernos se han
apresurado en condenar a Cuba por la
muerte en prisión, el pasado 23 de
febrero, del cubano Orlando Zapata
Tamayo. Toda muerte es dolorosa y
lamentable. Pero el eco mediático se
tiñe esta vez de entusiasmo: al fin
—parecen decir—, aparece un "héroe". Por
ello se impone explicar brevemente, sin
calificativos innecesarios, quién fue
Zapata Tamayo. Pese a todos los
maquillajes, se trata de un preso común
que inició su actividad delictiva en
1988. Procesado por los delitos de
"violación de domicilio" (1993),
"lesiones menos graves" (2000), "estafa"
(2000), "lesiones y tenencia de arma
blanca" (2000: heridas y fractura lineal
de cráneo al ciudadano Leonardo Simón,
con el empleo de un machete),
"alteración del orden" y "desórdenes
públicos" (2002), entre otras causas en
nada vinculadas a la política, fue
liberado bajo fianza el 9 de marzo del
2003 y volvió a delinquir el 20 del
propio mes. Dados sus antecedentes y
condición penal, fue condenado esta vez
a 3 años de cárcel, pero la sentencia
inicial se amplió de forma considerable
en los años siguientes por su conducta
agresiva en prisión.
En
la lista de los llamados presos
políticos elaborada para condenar a Cuba
en el 2003 por la manipulada y extinta
Comisión de Derechos Humanos de la ONU,
no aparece su nombre —como afirma, sin
verificar las fuentes y los hechos, la
agencia española EFE—, a pesar de que su
última detención coincide en el tiempo
con la de aquellos. De haber existido
una intencionalidad política previa, no
hubiese sido liberado once días antes.
Ávidos de enrolar a la mayor cantidad
posible de supuestos o reales
correligionarios en las filas de la
contrarrevolución, por una parte, y
convencido por la otra de las ventajas
materiales que entrañaba una
"militancia" amamantada por embajadas
extranjeras, Zapata Tamayo adoptó el
perfil "político" cuando ya su biografía
penal era extensa.
En
el nuevo papel fue estimulado una y otra
vez por sus mentores políticos a iniciar
huelgas de hambre que minaron
definitivamente su organismo. La
medicina cubana lo acompañó. En las
diferentes instituciones hospitalarias
donde fue tratado existen especialistas
muy calificados —a los que se agregaron
consultantes de diferentes centros—, que
no escatimaron recursos en su
tratamiento. Recibió alimentación por
vía parenteral. La familia fue informada
de cada paso. Su vida se prolongó
durante días por respiración artificial.
De todo lo dicho existen pruebas
documentales.
Pero hay preguntas sin responder, que no
son médicas. ¿Quiénes y por qué
estimularon a Zapata a mantener una
actitud que ya era evidentemente
suicida? ¿A quién le convenía su muerte?
El desenlace fatal regocija íntimamente
a los hipócritas "dolientes". Zapata era
el candidato perfecto: un hombre
"prescindible" para los enemigos de la
Revolución, y fácil de convencer para
que persistiera en un empeño absurdo, de
imposibles demandas (televisión, cocina
y teléfono personales en la celda) que
ninguno de los cabecillas reales tuvo la
valentía de mantener. Cada huelga
anterior de los instigadores había sido
anunciada como una probable muerte, pero
aquellos huelguistas siempre desistían
antes de que se produjesen incidentes
irreversibles de salud. Instigado y
alentado a proseguir hasta la muerte
—esos mercenarios se frotaban las manos
con esa expectativa, pese a los
esfuerzos no escatimados de los
médicos—, su nombre es ahora exhibido
con cinismo como trofeo colectivo.
Como buitres estaban algunos medios —los
mercenarios del patio y la derecha
internacional—, merodeando en torno al
moribundo. Su deceso es un festín.
Asquea el espectáculo. Porque los que
escriben no se conduelen de la muerte de
un ser humano —en un país sin muertes
extrajudiciales—, sino que la enarbolan
casi con alegría, y la utilizan con
premeditados fines políticos. Zapata
Tamayo fue manipulado y de cierta forma
conducido a la autodestrucción
premeditadamente, para satisfacer
necesidades políticas ajenas. ¿Acaso
esto no es una acusación contra quienes
ahora se apropian de su "causa"? Este
caso, es consecuencia directa de la
asesina política contra Cuba, que
estimula a la emigración ilegal, al
desacato y a la violación de las leyes y
el orden establecidos. Allí está la
única causa de esa muerte indeseable.
Pero, ¿por qué hay gobiernos que se unen
a la campaña difamatoria, si saben
—porque lo saben—, que en Cuba no se
ejecuta, ni se tortura, ni se emplean
métodos extrajudiciales? En cualquier
país europeo pueden hallarse casos —a
veces, francas violaciones de principios
éticos—, no tan bien atendidos como el
nuestro. Algunos, como aquellos
irlandeses que luchaban por su
independencia en los años ochenta,
murieron en medio de la indiferencia
total de los políticos. ¿Por qué hay
gobernantes que eluden la denuncia
explícita del injusto confinamiento que
sufren Cinco cubanos en Estados Unidos
por luchar contra el terrorismo, y se
apresuran en condenar a Cuba si la
presión mediática pone en peligro su
imagen política? Ya Cuba lo dijo una
vez: podemos enviarles a todos los
mercenarios y sus familias, pero que nos
devuelvan a nuestros Héroes. Nunca podrá
usarse el chantaje político contra la
Revolución cubana.
Esperamos que los adversarios imperiales
sepan que nuestra Patria no podrá ser
jamás intimidada, doblegada, ni apartada
de su heroico y digno camino por las
agresiones, la mentira y la infamia.
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