"Esto no se compara con nada de lo
que he visto. Cuando llegué sentí miedo,
pero no tuve tiempo de dejarlo crecer.
Todavía no olvido el rostro de una
pequeña de dos años, que sacaron de los
escombros y llegó agonizando. A muchos
los traen así, pero cuando se trata de
un niño, el corazón se nos estruja aún
más".
-¿No se desespera cuando le llaman de
todos lados y a toda hora para que los
auxilie?
"Ellos están desesperados, lo que han
vivido no es para menos. Pero nosotros
hemos aprendido a tener calma y
tratarlos con delicadeza aunque estemos
estresados. Si te desesperas no ayudas
ni a uno ni a otro, y terminas siendo
inútil"..
Con esa misma ecuanimidad sale la
cirujana Abrahana del Pilar Cisneros
Depestre del improvisado salón de
operaciones. Desde dentro de este lugar,
parapetado entre sábanas, se escucha un
sonido aterrador. Estamos amputando una
pierna, dice y me convida a pasar. Pero
hasta allí no llegan mis fuerzas,
prefiero entonces esperarla fuera para
conversar. De ella solo sé que acortó
sus vacaciones para retornar a Haití y
ayudar.
"Todo es muy triste y desolador. Las
heridas son en extremo graves. Lo más
frecuente son las traumatologías, muchas
personas llegan prácticamente
autoamputadas, con los miembros casi
desgarrados, con quemaduras
incompatibles con la vida, como las de
esa niña que ahora mismo cuida una
vecina pues su mamá falleció y no se ha
encontrado algún otro familiar".

Continúan los rescates
aunque las posibilidades de
sobrevivir disminuyen. |
Han transcurrido varios días, las
posibilidades de salvación van siendo
mínimas para los que recién son
encontrados, dice esta doctora que ya ha
perdido la cuenta de los que han pasado
por sus manos. "El viernes operamos a 15
personas, hoy sábado ya vamos por 17 y
no hemos terminado el día, son uno
detrás del otro. La severidad de las
lesiones es mayor, los casos son
extremadamente sépticos".
-
¿Y los familiares,
doctora, qué le dicen?
"Muchos llegan solos, pero cuando las
familias los traen, es tanto el dolor y
la tristeza que solo nos miran, creo que
con eso lo dicen todo, no hace falta la
palabra gracias".
-¿Está cansada?
"Es verdad que hemos trabajado mucho,
que los días se juntan, pero es tanto el
deseo de ayudar que no nos permite
sentir el cansancio, al contrario, ojalá
consiguiéramos dar más".
Se pudiera sospechar que tanta
energía y deseos de hacer se dan solo
aquí en La Renaissance. Sin embargo, en
el otro extremo de la ciudad la historia
se repite.
¿PAZ EN DELMA 33?
En el Hospital Universitario La Paz,
conocido como Delma 33, más médicos
confirman las palabras de Abrahana,
Sergio y Madelaine. Allí otra bandera
cubana ondea, y da paso a un escenario
más estremecedor. Casi todos los
lesionados están ubicados en las afueras
del recinto. Los lamentos hacen doler el
corazón, las tremendas heridas obligan a
voltear el rostro, la desolación
conmueve, las miradas que buscan
compasión calan hasta los huesos. Todos
parecieran preguntar: ¿tendrá fin tanta
desdicha?
La réplica de la
noche anterior, los hizo salir
despavoridos del hospital, coyuntura
"aprovechada" por los médicos para
organizar mejor el local y evaluar la
fortaleza de la edificación.
Acondicionando
nuevos espacios, poniendo carteles que
delimitan las áreas, desinfectando el
piso, clasificando a los enfermos y
entrando a los más graves, estaban los
médicos cuando llegamos. Sorprendió ver
tanta gente ayudando. Codo a codo
colaboraban especialistas chilenos,
cubanos, españoles, canadienses,
mexicanos¼
Todos hablaban un mismo idioma: el de la
salvación. Todos repetían una misma
frase: el trabajo en equipo.
El doctor cubano
Carlos Guillén, director del centro, así
lo definía: "Ha sido una cooperación
perfecta, ellos vienen hasta nosotros,
nos buscan espontáneamente para tomar
cualquier decisión, tenemos una reunión
en la mañana y otra en la tarde con los
representantes de cada nación, donde
definimos qué estamos necesitando,
cuáles son las prioridades y lo
compartimos todo".
A Heriberto
Pérez, médico chileno, lo que más le
preocupaba era el desorden inicial, por
eso defiende la cohesión entre todos, no
importa de dónde vengan, lo que de
verdad vale es salvar vidas.
Acariciando a
una pequeña que tenía la piernita en
peligro por la gangrena, estaba la monja
Rosalía. Vino desde España y se sumó al
tremendo equipo que conforma también,
entre otros, el residente haitiano
Asmyrrehe Dollin. Para este muchacho
graduado en Cuba, auxiliar a sus
coterráneos es lo más grande que la vida
le ha deparado. Agradece entonces a la
mayor de las Antillas la posibilidad de
haberle enseñado a hacerlo. Compartir
con los médicos, que en algún momento
fueron sus maestros, es un orgullo
inmenso.
Es solo este
apretón de manos entre médicos lo que
aliviará el dolor haitiano. Vuelve a
anochecer, pero quizás mañana los
lamentos sean menos. Será una bendición
que comiencen a desaparecer los carteles
de "we need help" que como sombra están
colgados por todos los lugares.