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Martí
también vivió Haití
LETICIA MARTÍNEZ HERNÁNDEZ,
Enviada especial
PUERTO PRÍNCIPE,
Haití.— Estas palabras fueron escritas,
en carta a un buen amigo, el 8 de
septiembre de 1892: "Le escribiría como
de cuento, con su chispa de chiste, si
no me tuviera el alma partida la miseria
que veo; y el pensamiento de nuestra
tierra, que está al otro lado de la mar
verde, y no la puedo tocar... No vi
jamás, en mi mucho ver, tierra más
triste ni devastada que este rincón
haitiano, que del vapor al entrar parece
muerto, y no vive, en sus calles
fangosas, más que de la limosna y de los
apetitos".
Parecen
frases increíbles, escritas por el
viajero que recién llega y no puede más
que lamentarse por la suerte de un país
detenido en el tiempo, en la miseria, en
la catástrofe. Sin embargo, esas fueron
las imágenes que Haití, especialmente
Gonaive, mostró al Apóstol aquel
septiembre de hace más de un siglo,
cuando por vez primera ponía un pie en
esta tierra "donde son pocas las
flores". Así narraba nuestro José Martí
los dolores centenarios de la tierra de
Petion a Gonzalo de Quesada, el amigo
del alma, con el doble pesar de la
lejanía de su Cuba que "ni día ni noche
me deja el pensamiento".
Y es que entre
los muchos sufrimientos de la vida de
Martí, estuvo, además, la suerte de este
país, ahora zarandeado sin piedad luego
de tantísimos años de sacudidas
imperiales. En sus viajes hacia
República Dominicana para encontrarse
con Máximo Gómez, otro de los grandes,
Martí vivió varias veces Haití, que de
paso obligado en su trayecto, se
convirtió en pensamiento recurrente.
Por estos días
de abril, hace 115 años, Martí desandaba
también este país en espera de llegar a
su amada Cuba con la bandera de la
independencia que le despojaría de sus
ignominiosas ataduras coloniales.
Entonces ahora pareciera un legado
martiano el batallón de médicos de su
Patria que sanan heridas ancestrales en
Haití, esa tierra que no volvió a ver
nunca más luego de que zarpara de sus
playas el 11 de abril de 1895 con rumbo
a costas cubanas. Sin embargo, aquí
quedaron los hijos fieles que
aprendieron del Apóstol a rendir culto a
la dignidad plena del hombre.
De los últimos
días en Haití, Martí contó con esa prosa
luminosa que lo acompañó todos los días
de su vida. En su diario escribiría de
la llegada a Cabo Haitiano en el vapor
carguero alemán: "Por las persianas de
mi cuarto escondido me llega el domingo
del Cabo. El café fue caliente, fuerte y
claro. El sol es leve y fresco.
Chacharea y pelea el mercado vecino. De
mi silla de escribir, de espaldas al
cancel, oigo el fustán que pasa, la
chancleta que arrastra... y el grito de
una frutera que vende ‘caimite’. Suenan,
lejanos, tambores y trompetas. En las
piedras de la calle, que la lluvia
desencajó ayer, tropiezan los caballos
menudos. Oigo le bon Dieu y un
bastón que se va apoyando en la acera.
Un viejo elocuente predica religión, en
el crucero de las calles, a las esquinas
vacías". Cuenta en sus escritos que aquí
leyó sobre los indios, de Moctezuma, de
Cacama, de Cuitláhuac, cortó su cabello,
descansó muchos cansancios...
Desde aquí, y
antes de partir hacia Cuba, escribió a
sus amigos Benjamín Guerra y Gonzalo de
Quesada cuáles serían sus pasos al
desembarcar: "Llegar, ordenar, empujar,
deshacer a habilidad enérgica y con
encabezamiento respetable y amable, los
pocos obstáculos que nos presenten los
nuestros mismos, esa es la labor, y
vamos..." Fue también en este país donde
escribió una de las frases que
sentenciaría sus esfuerzos en Cuba: "De
pensamiento es la guerra mayor que se
nos hace: ganémosla a pensamiento".
Con tales ideas
se hacía a la mar nuestro Martí. Dejaba
atrás una tierra triste que más de un
siglo después seguiría enlazada a su
Patria querida. La noche del 11 de abril
le abrió las puertas a una embravecida
costa cubana, a una "playa de piedra".
Así fueron los primeros pasos del
Apóstol al llegar de Haití: "Me quedo en
el bote el último, vaciándolo. Salto.
Dicha grande". |