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Reflexiones del
compañero Fidel
Nada se puede improvisar en Haití
(Tomado de Cubadebate)
Leí
hace cinco días un despacho noticioso
informando que Ban Kimoon nombraría a
Bill Clinton como su enviado especial
para Haití.
"Clinton
acompañó el pasado mes de marzo al
Secretario General a una visita oficial
de dos días a Haití –-afirma el
despacho— para respaldar el plan de
desarrollo elaborado por el Gobierno de
Puerto Príncipe, que busca despertar la
aletargada economía haitiana.
"El
ex presidente ha mantenido un notable
compromiso filantrópico con la nación
antillana a través de la Iniciativa
Global Clinton.
"Es
un honor aceptar la invitación del
Secretario General para ser el enviado
especial para Haití", declaró el ex
mandatario.
"Clinton
señaló que el pueblo y el Gobierno de
Haití tienen la capacidad de superar los
graves daños que causaron las cuatro
tormentas que arrasaron el país el año
pasado".
Al
día siguiente, la misma agencia
noticiosa informaba que la señora
Clinton, Secretaria de Estado, llena de
júbilo, declaró que "Bill era un enviado
estelar". Por su parte, "el Secretario
de la ONU confirmó que había nombrado a
Clinton como su nuevo enviado especial
para Haití. Estuvimos juntos hace dos
meses en ese país y su presencia ayudó a
levantar la conciencia de la comunidad
internacional sobre los problemas del
país caribeño.
"La
ONU teme que tras un período de varios
años de relativa calma apuntalada por la
MINUSTAH la inestabilidad política
vuelva al país."
Se
vuelve a repetir en el nuevo despacho la
historia de "los cuatro ciclones y
tormentas que causaron 900 muertos,
ocasionaron 800 mil damnificados y
destruyeron la escasa infraestructura
civil del país".
La
historia de Haití y su tragedia es mucho
más compleja.
Después de Estados Unidos, que proclamó
la soberanía en 1776, Haití fue el
segundo país de este hemisferio que
conquistó la independencia en el año
1804. En el primer caso, los
descendientes blancos de los colonos que
fundaron las 13 colonias inglesas,
creyentes fervorosos, austeros e
instruidos, que eran propietarios de
tierras y de esclavos, sacudieron el
yugo colonial inglés y disfrutaron de la
independencia nacional, no así la
población autóctona, ni los esclavos
africanos o sus descendientes, que
carecían de todo derecho, a pesar de los
principios incluidos en la Declaración
de Philadelphia.
En
Haití, donde más de 400 mil esclavos
trabajaban para 30 mil propietarios
blancos, por primera vez en la historia
de la humanidad los hombres y mujeres
sometidos al odioso sistema fueron
capaces de abolir la esclavitud,
mantener y defender un estado
independiente, luchando contra soldados
que habían puesto de rodillas a las
monarquías europeas.
Aquella etapa coincidió con el auge del
capitalismo y el surgimiento de
poderosos imperios coloniales, que
dominaron las tierras y los mares del
planeta durante siglos.
Los
haitianos no fueron los culpables de su
actual pobreza, sino las víctimas de un
sistema impuesto al mundo. No inventaron
el colonialismo, el capitalismo, el
imperialismo, el intercambio desigual,
el neoliberalismo ni las formas de
explotación y saqueo que han imperado en
el planeta durante los últimos 200 años.
Haití dispone de 27 750 kilómetros
cuadrados de superficie donde, según
estimados confiables, la población
alcanzó ya, en el 2009, la cifra de 9
millones de habitantes. El número de
personas por kilómetro cuadrado de
tierra cultivable se eleva a 885, uno de
los más altos del mundo, sin desarrollo
alguno de industrias u otros recursos
que le permitan adquirir el mínimo de
medios materiales indispensables para la
vida.
El
53 por ciento de la población vive en el
campo, la leña y el carbón constituyen
el único combustible doméstico
disponible para gran parte de las
familias haitianas, lo que dificulta la
reforestación. La ausencia de bosques,
que con el suelo mullido de hojas, ramas
y raíces, retienen el agua, facilita el
daño humano y económico que las lluvias
intensas ocasionan en poblados, caminos
y cultivos. Los huracanes, como es
sabido, causan daños adicionales
considerables, que serán cada vez
mayores si el clima continúa cambiando
aceleradamente. No es un secreto para
nadie.
Nuestra cooperación con la población de
Haití comenzó hace diez años, cuando
precisamente los huracanes George y
Mitch azotaron el Caribe y a países de
Centroamérica.
René Preval ejercía el cargo de
Presidente de Haití y Jean-Bertrand
Aristide era jefe de Gobierno. El primer
contingente de 100 médicos cubanos fue
enviado el 4 de diciembre de 1998. La
cifra de colaboradores cubanos de la
salud en Haití se elevó posteriormente a
más de 600.
Fue
en aquella ocasión cuando se creó la
Escuela Latinoamericana de Medicina,
ELAM, donde estudian actualmente más de
12 mil jóvenes latinoamericanos. A
partir de entonces se concedieron a los
jóvenes haitianos cientos de becas en la
Facultad de Medicina de Santiago de
Cuba, una de las más experimentadas del
país.
En
Haití el número de escuelas primarias
había crecido e iba avanzando. Hasta las
familias más humildes ansían que sus
hijos estudien, como única esperanza de
que puedan sobrevivir a la pobreza
laborando dentro o fuera de su país. El
programa cubano de formación de médicos
fue bien recibido. Los jóvenes
seleccionados para estudiar en Cuba
tenían buena preparación básica,
herencia quizás de los avances de
Francia en ese terreno. Debían emplear
un año en el curso premédico, que
incluía también el idioma Español. Ha
constituido una buena cantera de médicos
de calidad.
En
nuestras facultades médicas se han
graduado como especialistas en Medicina
General Integral 533 jóvenes haitianos,
de ellos, 52 estudian en Cuba una
segunda especialidad que se necesita
actualmente. Otro grupo de 527 ocupan
las matrículas que le corresponden a la
República de Haití.
En
ese país laboran en la actualidad 413
profesionales cubanos de la salud que
prestan gratuitamente sus servicios a
ese pueblo hermano. Los médicos cubanos
están presentes en los diez
departamentos del país y en 127 de las
137 comunas. También prestan servicios
más de 400 médicos haitianos formados en
Cuba, y los alumnos del último año que
realizan la práctica docente en el
propio Haití —junto a nuestros médicos—,
lo que hace un total de más de 800
jóvenes haitianos consagrados a los
servicios médicos en su Patria. Esa
fuerza crecerá cada vez más con los
nuevos graduados haitianos.
El
reto fue duro, los médicos cubanos se
encontraron con problemas difíciles. La
mortalidad infantil era superior a 80
por cada mil nacidos vivos, la
perspectiva de vida estaba por debajo de
los 60 años, la prevalencia del Sida en
la población adulta en el año 2007
alcanzaba la cifra de 120 mil
ciudadanos. Decenas de miles de niños y
adultos de diversas edades mueren
todavía cada año por enfermedades
infectocontagiosas como tuberculosis,
malaria, diarreas, dengue y por
malnutrición, por señalar solo algunos
índices. El propio VIH es ya una
enfermedad que puede enfrentarse y
garantizar la vida de los pacientes.
Pero esto no se logra en un año; es
imprescindible una cultura de salud, que
el pueblo haitiano adquiere con
creciente interés. Se observan avances
que demuestran la posibilidad de mejorar
considerablemente los índices de salud.
En
tres centros oftalmológicos creados en
Haití, han sido operados de la vista 37
109 pacientes. Los casos que allí no
pueden operarse por su complejidad, se
envían a Cuba, donde son atendidos sin
costo alguno.
Con
la cooperación económica de Venezuela,
se están creando 10 Centros de
Diagnóstico Integrales, equipados con
tecnología moderna que ya está
adquirida.
Más
importante que los recursos que la
comunidad internacional pueda aportar,
es el personal humano que utilice tales
recursos.
Nuestro modesto apoyo al pueblo de Haití
ha sido posible a pesar de que los
ciclones de que habló Clinton nos
golpearon también a nosotros. Una buena
prueba de que lo que ha faltado en el
mundo es la solidaridad.
Podría hablarse igualmente del aporte
cubano a los programas de alfabetización
y en otros campos, a pesar de nuestros
limitados recursos económicos. Pero no
deseo extenderme ni es deseable hacerlo
para hablar de nuestro aporte. Me
concentré en la salud, porque es un tema
ineludible. No tememos que otros hagan
lo que estamos haciendo. Los jóvenes
haitianos que se forman en Cuba están
convirtiéndose en los sacerdotes de la
salud, que en número creciente ese
pueblo hermano requiere.
Lo
más importante es la creación de nuevas
formas de cooperación que este mundo
egoísta tanto necesita. Los organismos
de Naciones Unidas pueden testimoniar
que Cuba está aportando lo que ellos
califican como Programas Integrales de
Salud.
Nada se puede improvisar en Haití y nada
será fruto del espíritu filantrópico de
institución alguna.
Al
proyecto de la Escuela Latinoamericana
de Medicina, se añadió más tarde el
nuevo programa de formación en Cuba de
médicos procedentes de Venezuela,
Bolivia, el Caribe, y otros países del
Tercer Mundo, a medida que sus programas
de salud lo demandaban con urgencia. Hoy
sobrepasan la cifra de 24 mil jóvenes
del Tercer Mundo los que estudian
Medicina en nuestra Patria. Ayudando a
otros nos hemos desarrollado también en
ese campo, y constituimos una importante
fuerza. ¡Eso, y no el robo de cerebros,
es lo que practicamos! ¿Pueden afirmar
lo mismo los países ricos y
superdesarrollados del G-7? ¡Otros
seguirán nuestro ejemplo! ¡No lo dude
nadie!

Fidel Castro Ruz
Mayo 24 de 2009
4 y 17 p.m.
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