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Gabo en el aroma de sus
80
Anubis Galardy
LA HABANA, 5 mar (PL) —. El escritor
colombiano Gabriel García Márquez
entrará mañana en el aroma de sus 80
años vividos con la pasión y avidez que
le permitió convertirlos en alta
literatura y tornar su otoño en una
primavera constante.
"El mundo era tan reciente, que muchas
cosas carecían de nombre, y para
mencionarlas había que señalarlas con el
dedo...".
Desde que Cien años de soledad salió a
la palestra hace ya cuatro décadas, sin
más apoyo que su propia realeza y la
recomendación, al principio, de una
persona a otra a lo ancho del orbe, no
hay mortal de este mundo que no la tenga
ligada a sus referencias vitales.
Por obra de Gabo, el coronel Aureliano
Buendía y toda su descendencia,
personajes como Ursula Iguarán, Amaranta
y Remedios la bella, entre esa pequeña
multitud que puebla Macondo, se han
vuelto vecinos a los que es posible casi
visitar, a la vuelta de la esquina.
Después de instalar a Macondo para
siempre en el terreno fértil de la
literatura y la vida —como lo hizo su
admirado Faulkner con Yoknapataphwa y
Onetti con Santa María—, García Márquez
siguió adelante, sin echarse a dormir
una larga siesta sobre sus laureles.
Lejos de hacerlo, continuó escribiendo
las historias desprendidas de aquella
novela-reino, como si pretendiera
seguirla acompañando, respirar con ella,
mimarla. Como si su contundencia
absoluta no le turbara el ánimo.
Nunca desdijo de ese libro como otros a
quienes el peso abrumador de una obra
maestra, alumbrada demasiado al inicio
del paso por la literatura, les dejara
una marca indeleble, perdurable,
bloqueándolos.
La fama rotunda e inmediata de Cien años
de soledad se tradujo en una masa de
lectores sedientos, inagotable.
Fue necesario trasvasarla a 35 idiomas,
y en su récord figuran (hasta 2003) más
de 30 millones de ejemplares vendidos y
devorados con el mismo placer insomne de
la primera a la última página.
A fines de marzo verá la luz una nueva
edición con una tirada de 500 mil
ejemplares, promovida por la Real
Academia Española, y que saldrá a la luz
durante el IV Congreso Mundial de la
Lengua, en Cartagena de Indias.
La ciudad que Gabo acuna con devoción,
hilo tendido a lo largo de toda su
narrativa. Cartagena la bella, terrenal
en medio de las aguas que la circundan.
Al contrario de Remedios, nunca ascendió
al cielo. Lo celestial está en ella.
Junto con la literatura, García Márquez
alimentó otra pasión, la del cine, su
"violín de Ingres", que lo asedió desde
que entrara por primera vez, de la mano
de su abuelo, en una sala en penumbras
iluminada solo por la impaciencia de la
espera.
Al fondo el resplandor tenue de la
pantalla improvisada. Un espacio
tentador, en blanco.
Después cultivó la crónica de cine,
desde el diario El Universal, de
Cartagena, y desde las páginas de El
espectador bogotano. La alimentó en
Roma, con Zavattini, Cinecitta y el
neorrealismo. Más tarde entró en el
guión o regaló argumentos para llevar a
la pantalla.
A Cuba viene cada año a impartir su
taller de guiones en la Escuela de San
Antonio de los Baños, que contribuyó a
encauzar, como también lo hizo con la
Fundación aposentada en la Quinta Santa
Bárbara, otrora residencia de la familia
de la poeta Dulce María Loynaz.
Pero siempre tuvo claro que el cine,
pese a su condición de amante, no era el
amor principal, ese capaz de aniquilar
todas las barreras.
Así lo dejó escrito en una de sus
excelentes crónicas periodísticas, Me
alquilo para soñar, tejida en torno a
los sueños de frau Roberta, una
colombiana de Armenia —zona ubicada
entre los riscos de vientos del Quindio—,
a quien encontró en Viena.
Esa Viena a la que consideraba el
escenario ideal para una película, pero
sobre todo para una gran novela, que es
lo que queda en casa —dijo— cuando los
hermosos fantasmas de carne y hueso del
cine empiezan a fugarse de la memoria.
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