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La
entrevista de Fidel con Matthews
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“Visita al rebelde cubano en su
refugio”, así tituló el influyente
diario The New York Times en su edición
del 24 de febrero de 1957 la primera
parte de un reportaje que acaparó la
atención mundial al mostrar a la
sobreviviente guerrilla dirigida por el
Comandante Fidel Castro en la Sierra
Maestra. Fidel había encomendado a
Faustino Pérez, expedicionario del
Granma, que bajara de las montañas al
llano y entre las primeras misiones a
cumplir tratara de enviar un periodista,
pero los directores de las principales
publicaciones no lo aceptaron, temerosos
a las represalias que ello les pudiera
ocasionar. En los primeros días de
febrero, sin embargo, se logró que el
afamado reportero Hebert Matthews,
llegara a Cuba...
JOSÉ ANTONIO FULGUEIRAS
El camino se abrió a los ojos de
Felipe Guerra Matos como una soga
enfangada y renegrida por el tinte rural
de la noche manzanillera. Se lo conocía
cual la palma de su mano y se anticipaba
a los recovecos del terraplén en un
reflejo condicionado por las múltiples
subidas y bajadas. Su pisicorre Willy
semejaba un mulo serrano de casco firme,
domesticado para sortear en la penumbra,
cada uno de los obstáculos que los
aguaceros de los últimos días habían
esculpido sobre el sendero rústico y
angosto.
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Fidel y Matthews en aquel encuentro.
Esta imagen recorrió el mundo.
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A su lado, en el
asiento delantero, se acomodaba, como
podía, el periodista norteamericano
Herbert Matthews, quien, al parecer,
trataba de escrutar, a través del
parabrisas, el laberinto zigzagueante
que lo conduciría hacia un lugar
desconocido para él en la Sierra
Maestra.
"Creo que no va
a llover esta noche", dijo el chofer en
voz alta ladeando un poco la cabeza
hacia la derecha. Luego se dio cuenta de
que el norteamericano sabía poco o nada
de español. Tampoco recibió respuesta de
René Rodríguez, Javier Pazos, Quique
Escalona y Nardi Iglesias, apretujados
en los asientos traseros.
Entonces, desde
su escaso inglés trató de hilvanar en la
mente alguna frase para granjearse la
amistad con el reportero del The New
York Times, quien venía precedido de una
fama ganada como cazanoticias en
distintos parajes del mundo en los que
le había tocado participar como testigo
de alguno de los acontecimientos más
trascendentales del siglo.
El hombre, que
ya frisaba los 60 años, había sido
corresponsal de guerra en Abisinia en la
década de los treinta y en España
durante la cruenta Guerra Civil, que dio
al traste con la República. Había
publicado varios libros y había obtenido
diversos premios, entre ellos, poco
tiempo atrás, el "John Moors Cabot", que
confiere la Escuela de Periodismo de la
Universidad de Columbia.
Matthews era
jefe de la plana editorial del The New
York Times, y se distinguía en la
elaboración de editoriales y reportajes
especiales sobre América Latina. Con más
de seis pies de estatura, delgado, casi
enjuto, ligeramente encorvado de
hombros, ojos claros y mirada
penetrante, Herbert Matthews, desde su
posición liberal, era considerado uno de
los periodistas más prestigiosos e
influyentes en los Estados Unidos.
Mister, how do
you feel here?, iba a indagar Guerrita,
pero el ¿cómo se siente aquí? le pareció
muy cursi para formulársela a un
personaje demasiado ducho en el arte de
las preguntas y las respuestas.
A la salida de
Yara, una patrulla apostada a un lado de
la carretera los había detenido. Un
guardia con cara de pocos amigos se
acercó, y Guerrita sin bajarse del
vehículo, le respondió antes de que el
hombre de amarillo le preguntara:
—El señor, es un
americano rico interesado en comprar la
arrocera de Gómez, le dijo regodeándose
en la palabra rico y en el apellido del
burgués, altamente conocido en toda la
zona.
La frase
constituía más bien una redundancia para
el patrullero, pues de acuerdo con lo
reflejado en las películas y los
periódicos de la época, todos los
norteamericanos disponían de una buena
fortuna. En cambio el soldado, quien
bendecía las facilidades que le
proporcionaba su traje amarillo para
tomarse una cerveza sin pagar en
cualquier bar de Manzanillo y sus
alrededores, sabía que perturbar a un
pudiente era funesto en sus aspiraciones
de llegar aunque sea al grado de
sargento, y entonces, como diría el
poeta Amado Nervo, hizo un ademán de
cortesía y cerrando los ojos los dejó
pasar.
Para Guerra
Matos, después del efectivo ardid, lo
más importante ahora era conducirse lo
mejor posible por el ondulado terraplén,
donde el agua encharcada se retrataba de
cuerpo entero en los reflectores del
pisicorre, con fuerza y maña para trepar
el lomerío.
—Are you cold?,
le preguntó al americano cuando lo vio
hacer un gesto del que siente en un
instante escalofrío. Pero el hombre
siguió absorto en la oscuridad y en el
pensamiento. A cada rato absorbía la
picadura desde el tubito de la pipa que
no separaba de la boca; luego expiraba
el humo en bolitas casi perfectas que se
escapaban livianas por ambos lados de
los hombros.
Para llegar
hasta Matthews sus compañeros del
Movimiento 26 de Julio tuvieron que
transitar inteligentemente un arriesgado
camino. La idea surgió del Comandante en
Jefe Fidel Castro, quien con 82 hombres
había desembarcado un par de meses antes
(2 de diciembre de 1956) por Playa Las
Coloradas en la costa norte de la
provincia de Oriente.
Tras ser
sorprendidos por el Ejército batistiano
en el lugar conocido por Alegría de Pío,
los jóvenes rebeldes se desperdigaron
por distintos lugares de la zona. Unos
fueron capturados o asesinados por las
huestes sangrientas del esbirro
presidente Fulgencio Batista; otros,
pudieron burlar el cerco y solamente
siete lograron reencontrarse en el lugar
conocido como Cinco Palmas, donde Fidel,
con unos pocos fusiles, removió el año
1956 con la frase más optimista del
siglo XX: "¡Ahora sí ganamos la
guerra!".
Sin embargo, en
la prensa cubana apareció la noticia de
que Fidel estaba muerto y la guerrilla
aniquilada. Y después, una censura total
en todo lo que oliera a rebeldía.
Mientras trepaba
hacia la montaña, Guerrita evocó aquel
suceso:
"Entre el 9 y el
11 de febrero de 1957, perdimos el
contacto con la Sierra hasta la mañana
en que llegó a la tienda de Rafael
Sierra el compañero Radamés Reyes,
telegrafista del cuartel y aliado al
movimiento 26 de Julio. Traía la amarga
noticia de que Fidel y todo el grupo
habían sido eliminados en una emboscada
en Los Altos de Espinosa.
"Rafael Sierra
me lo informó e inmediatamente le
transmití a Celia aquella desgarrante
información. Ella con mucho optimismo
dijo: ‘No lo creo, pues ya lo hubieran
publicado en la prensa. Hay que
confirmarlo, pero estoy segura de que
está vivo’."
¡fidel está
vivo!
"Al día
siguiente llegó Miguelito, un hijo de
Epifanio, al molino arrocero y me contó
lo que había sucedido. Ellos se habían
escapado por un farallón junto a Luis
Crespo. Y estaba seguro de que Fidel y
otra parte del grupo también habían
evadido el cerco enemigo. Me dijo que
Crespo, expedicionario del Granma,
quería hacer contacto con nosotros.
"Celia me ordenó
que fuera a su encuentro. Crespo mostró
seguridad de que Fidel estaba vivo, pues
había visto cómo el Comandante y su
escuadra se habían escapado también por
un farallón.
"Le propuse a
Crespo que lo más conveniente era que él
abandonara la Sierra, y me contestó
tajantemente: ‘Mientras quede un fusil
aquí la lucha no ha terminado’. Sentí
una gran admiración por la actitud de
aquel guajiro semianalfabeto, quien en
medio de la desesperación, mostraba los
valores y la calidad humana de los
expedicionarios del Granma.
"Al otro día
Miguelito regresó de nuevo a Manzanillo
con la confirmación de que Fidel estaba
vivo y había mandado un mensajero, el
cual esperaba en la finca de Epifanio a
que fuéramos a recogerlo, pues traía la
orden de entrevistarse con Celia. Fui a
buscarlo y al regreso me encontré a la
entrada de Manzanillo con un guardia
rural que me pidió botella. Paré y lo
monté junto al mensajero. Entré a la
ciudad protegido por un guardia enemigo
y festejando la vida de Fidel."
Mas, la
dictadura de Batista se aferraba a la
noticia de que Fidel y sus hombres
habían sido exterminados. Fue por ello
que el Comandante en Jefe pidió un
reportero para que la noticia se
publicara, pero los directivos de la
prensa nacional tenían miedo a las
represalias y por eso era necesario
buscar un periodista de un medio
influyente.
Matthews había
recibido la comunicación de labios de la
señora Ruby Hart Phillips, corresponsal
del The New York Times en La Habana, de
que embarcara lo más urgente para Cuba
ya que tenía un notición para él. El
lunes 4 de febrero, la señora Phillips
había sido convocada para la oficina de
Felipe Pazos, en el edificio Bacardí, en
la calle Monserrate. Allí se encontraban
además su hijo Javier, Faustino Pérez y
René Rodríguez, quienes le explicaron a
la reportera el interés de Fidel de
recibir un periodista en pleno corazón
de la Sierra Maestra.
Como era de
esperar Phillips se brindó de inmediato,
mas la persuadieron de que no debía ser
ella, ya que las condiciones del viaje y
el ascenso a la montaña eran muy
difíciles para una mujer, que era,
además, la corresponsal permanente en el
país e iba a recibir posteriormente una
fuerte represalia del régimen de
Batista.
En la
conversación telefónica entre Phillips y
Matthews no se hilvanaron muchos
detalles, pero un sabueso como él, solo
necesitaba que el viento le trajera un
ligero olor para saber que le habían
puesto entre los ojos, las orejas y el
olfato una importante pieza.
Cinco días
después Matthews, acompañado de su
esposa Nancie, tocaba tierra cubana. Y a
las diez de la noche del 15 de febrero,
fue recogido en el hotel Sevilla junto a
su cónyuge, y emprendió rumbo al oriente
del país, llevado por Faustino Pérez
quien desde el primer momento trabajó
afanosamente por cumplir la misión que
le encomendó Fidel.
Faustino
acompañó al destacado periodista hasta
Manzanillo. Guerrita vio por primera vez
al periodista en esa ciudad, en casa de
Pedro Eduardo Saumell, y le pareció un
hombre con demasiados años para sortear
los vericuetos de la Sierra. A juzgar
por la cachimba y la gorrita, le semejó
más un detective privado al estilo de
Sherlock Holmes que un reportero con
vigor y juventud para escalar, por
ejemplo, la loma de la Derecha de
Caracas, majestuoso farallón, vestido
con el verde follaje serrano.
Matthews y
Nancie exhibían en sus rostros la fatiga
de un largo viaje sin apenas dormir, por
toda la Carretera Central. Solamente se
habían detenido en Camagüey para
desayunar. Luego continuaron rumbo hacia
Bayamo y entraron en el tramo más
difícil, custodiado por varias patrullas
del ejército. Sus visibles rasgos de
turistas extranjeros les permitieron
arribar a Manzanillo sin muchos
contratiempos acompañados por Faustino
Pérez, Javier Pazos y Lilia Mesa.
Mientras el yipi
roncaba más gordo en la medida en que el
ascenso y el agua estancada reclamaban
al chofer conectar la doble fuerza,
Guerrita miraba de soslayo al
norteamericano, que había dejado a su
esposa en casa del anfitrión Saumell, en
Manzanillo. Él ponía toda su
concentración en el timón, los cambios y
los frenos. A pesar de los saltanejos
del camino, evitaba por todos los medios
los brincos y los frenazos desordenados.
No obstante, de vez en cuanto el yipi
daba un salto desorbitado como un
caballo herido por la espuela de un
jinete afanoso. Cada vez que esto
sucedía miraba hacia el rostro del
americano buscando algún gesto de
contrariedad, mas el hombre aceptaba sin
alardes las piruetas que el trillo
enlodado le exigían al vehículo.
Este era su
tercer viaje en el mismo día a la finca
de Epifanio Díaz, guajiro de amistad
franca y uno de los primeros
colaboradores de Fidel y su guerrilla
después del desembarco.
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Continúa
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