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N A C I O N A L E S

La Habana, 17 de Febrero de 2007

La entrevista de Fidel con Matthews
“Visita al rebelde cubano en su refugio”, así tituló el influyente diario The New York Times en su edición del 24 de febrero de 1957 la primera parte de un reportaje que acaparó la atención mundial al mostrar a la sobreviviente guerrilla dirigida por el Comandante Fidel Castro en la Sierra Maestra. Fidel había encomendado a Faustino Pérez, expedicionario del Granma, que bajara de las montañas al llano y entre las primeras misiones a cumplir tratara de enviar un periodista, pero los directores de las principales publicaciones no lo aceptaron, temerosos a las represalias que ello les pudiera ocasionar. En los primeros días de febrero, sin embargo, se logró que el afamado reportero Hebert Matthews, llegara a Cuba...

JOSÉ ANTONIO FULGUEIRAS

El camino se abrió a los ojos de Felipe Guerra Matos como una soga enfangada y renegrida por el tinte rural de la noche manzanillera. Se lo conocía cual la palma de su mano y se anticipaba a los recovecos del terraplén en un reflejo condicionado por las múltiples subidas y bajadas. Su pisicorre Willy semejaba un mulo serrano de casco firme, domesticado para sortear en la penumbra, cada uno de los obstáculos que los aguaceros de los últimos días habían esculpido sobre el sendero rústico y angosto.

Fidel y Matthews en aquel encuentro. Esta imagen recorrió el mundo.
Fidel y Matthews en aquel encuentro. Esta imagen recorrió el mundo.

 

A su lado, en el asiento delantero, se acomodaba, como podía, el periodista norteamericano Herbert Matthews, quien, al parecer, trataba de escrutar, a través del parabrisas, el laberinto zigzagueante que lo conduciría hacia un lugar desconocido para él en la Sierra Maestra.

"Creo que no va a llover esta noche", dijo el chofer en voz alta ladeando un poco la cabeza hacia la derecha. Luego se dio cuenta de que el norteamericano sabía poco o nada de español. Tampoco recibió respuesta de René Rodríguez, Javier Pazos, Quique Escalona y Nardi Iglesias, apretujados en los asientos traseros.

Entonces, desde su escaso inglés trató de hilvanar en la mente alguna frase para granjearse la amistad con el reportero del The New York Times, quien venía precedido de una fama ganada como cazanoticias en distintos parajes del mundo en los que le había tocado participar como testigo de alguno de los acontecimientos más trascendentales del siglo.

El hombre, que ya frisaba los 60 años, había sido corresponsal de guerra en Abisinia en la década de los treinta y en España durante la cruenta Guerra Civil, que dio al traste con la República. Había publicado varios libros y había obtenido diversos premios, entre ellos, poco tiempo atrás, el "John Moors Cabot", que confiere la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia.

Matthews era jefe de la plana editorial del The New York Times, y se distinguía en la elaboración de editoriales y reportajes especiales sobre América Latina. Con más de seis pies de estatura, delgado, casi enjuto, ligeramente encorvado de hombros, ojos claros y mirada penetrante, Herbert Matthews, desde su posición liberal, era considerado uno de los periodistas más prestigiosos e influyentes en los Estados Unidos.

Mister, how do you feel here?, iba a indagar Guerrita, pero el ¿cómo se siente aquí? le pareció muy cursi para formulársela a un personaje demasiado ducho en el arte de las preguntas y las respuestas.

A la salida de Yara, una patrulla apostada a un lado de la carretera los había detenido. Un guardia con cara de pocos amigos se acercó, y Guerrita sin bajarse del vehículo, le respondió antes de que el hombre de amarillo le preguntara:

—El señor, es un americano rico interesado en comprar la arrocera de Gómez, le dijo regodeándose en la palabra rico y en el apellido del burgués, altamente conocido en toda la zona.

La frase constituía más bien una redundancia para el patrullero, pues de acuerdo con lo reflejado en las películas y los periódicos de la época, todos los norteamericanos disponían de una buena fortuna. En cambio el soldado, quien bendecía las facilidades que le proporcionaba su traje amarillo para tomarse una cerveza sin pagar en cualquier bar de Manzanillo y sus alrededores, sabía que perturbar a un pudiente era funesto en sus aspiraciones de llegar aunque sea al grado de sargento, y entonces, como diría el poeta Amado Nervo, hizo un ademán de cortesía y cerrando los ojos los dejó pasar.

Para Guerra Matos, después del efectivo ardid, lo más importante ahora era conducirse lo mejor posible por el ondulado terraplén, donde el agua encharcada se retrataba de cuerpo entero en los reflectores del pisicorre, con fuerza y maña para trepar el lomerío.

—Are you cold?, le preguntó al americano cuando lo vio hacer un gesto del que siente en un instante escalofrío. Pero el hombre siguió absorto en la oscuridad y en el pensamiento. A cada rato absorbía la picadura desde el tubito de la pipa que no separaba de la boca; luego expiraba el humo en bolitas casi perfectas que se escapaban livianas por ambos lados de los hombros.

Para llegar hasta Matthews sus compañeros del Movimiento 26 de Julio tuvieron que transitar inteligentemente un arriesgado camino. La idea surgió del Comandante en Jefe Fidel Castro, quien con 82 hombres había desembarcado un par de meses antes (2 de diciembre de 1956) por Playa Las Coloradas en la costa norte de la provincia de Oriente.

Tras ser sorprendidos por el Ejército batistiano en el lugar conocido por Alegría de Pío, los jóvenes rebeldes se desperdigaron por distintos lugares de la zona. Unos fueron capturados o asesinados por las huestes sangrientas del esbirro presidente Fulgencio Batista; otros, pudieron burlar el cerco y solamente siete lograron reencontrarse en el lugar conocido como Cinco Palmas, donde Fidel, con unos pocos fusiles, removió el año 1956 con la frase más optimista del siglo XX: "¡Ahora sí ganamos la guerra!".

Sin embargo, en la prensa cubana apareció la noticia de que Fidel estaba muerto y la guerrilla aniquilada. Y después, una censura total en todo lo que oliera a rebeldía.

Mientras trepaba hacia la montaña, Guerrita evocó aquel suceso:

"Entre el 9 y el 11 de febrero de 1957, perdimos el contacto con la Sierra hasta la mañana en que llegó a la tienda de Rafael Sierra el compañero Radamés Reyes, telegrafista del cuartel y aliado al movimiento 26 de Julio. Traía la amarga noticia de que Fidel y todo el grupo habían sido eliminados en una emboscada en Los Altos de Espinosa.

"Rafael Sierra me lo informó e inmediatamente le transmití a Celia aquella desgarrante información. Ella con mucho optimismo dijo: ‘No lo creo, pues ya lo hubieran publicado en la prensa. Hay que confirmarlo, pero estoy segura de que está vivo’."

¡fidel está vivo!

"Al día siguiente llegó Miguelito, un hijo de Epifanio, al molino arrocero y me contó lo que había sucedido. Ellos se habían escapado por un farallón junto a Luis Crespo. Y estaba seguro de que Fidel y otra parte del grupo también habían evadido el cerco enemigo. Me dijo que Crespo, expedicionario del Granma, quería hacer contacto con nosotros.

"Celia me ordenó que fuera a su encuentro. Crespo mostró seguridad de que Fidel estaba vivo, pues había visto cómo el Comandante y su escuadra se habían escapado también por un farallón.

"Le propuse a Crespo que lo más conveniente era que él abandonara la Sierra, y me contestó tajantemente: ‘Mientras quede un fusil aquí la lucha no ha terminado’. Sentí una gran admiración por la actitud de aquel guajiro semianalfabeto, quien en medio de la desesperación, mostraba los valores y la calidad humana de los expedicionarios del Granma.

"Al otro día Miguelito regresó de nuevo a Manzanillo con la confirmación de que Fidel estaba vivo y había mandado un mensajero, el cual esperaba en la finca de Epifanio a que fuéramos a recogerlo, pues traía la orden de entrevistarse con Celia. Fui a buscarlo y al regreso me encontré a la entrada de Manzanillo con un guardia rural que me pidió botella. Paré y lo monté junto al mensajero. Entré a la ciudad protegido por un guardia enemigo y festejando la vida de Fidel."

Mas, la dictadura de Batista se aferraba a la noticia de que Fidel y sus hombres habían sido exterminados. Fue por ello que el Comandante en Jefe pidió un reportero para que la noticia se publicara, pero los directivos de la prensa nacional tenían miedo a las represalias y por eso era necesario buscar un periodista de un medio influyente.

Matthews había recibido la comunicación de labios de la señora Ruby Hart Phillips, corresponsal del The New York Times en La Habana, de que embarcara lo más urgente para Cuba ya que tenía un notición para él. El lunes 4 de febrero, la señora Phillips había sido convocada para la oficina de Felipe Pazos, en el edificio Bacardí, en la calle Monserrate. Allí se encontraban además su hijo Javier, Faustino Pérez y René Rodríguez, quienes le explicaron a la reportera el interés de Fidel de recibir un periodista en pleno corazón de la Sierra Maestra.

Como era de esperar Phillips se brindó de inmediato, mas la persuadieron de que no debía ser ella, ya que las condiciones del viaje y el ascenso a la montaña eran muy difíciles para una mujer, que era, además, la corresponsal permanente en el país e iba a recibir posteriormente una fuerte represalia del régimen de Batista.

En la conversación telefónica entre Phillips y Matthews no se hilvanaron muchos detalles, pero un sabueso como él, solo necesitaba que el viento le trajera un ligero olor para saber que le habían puesto entre los ojos, las orejas y el olfato una importante pieza.

Cinco días después Matthews, acompañado de su esposa Nancie, tocaba tierra cubana. Y a las diez de la noche del 15 de febrero, fue recogido en el hotel Sevilla junto a su cónyuge, y emprendió rumbo al oriente del país, llevado por Faustino Pérez quien desde el primer momento trabajó afanosamente por cumplir la misión que le encomendó Fidel.

Faustino acompañó al destacado periodista hasta Manzanillo. Guerrita vio por primera vez al periodista en esa ciudad, en casa de Pedro Eduardo Saumell, y le pareció un hombre con demasiados años para sortear los vericuetos de la Sierra. A juzgar por la cachimba y la gorrita, le semejó más un detective privado al estilo de Sherlock Holmes que un reportero con vigor y juventud para escalar, por ejemplo, la loma de la Derecha de Caracas, majestuoso farallón, vestido con el verde follaje serrano.

Matthews y Nancie exhibían en sus rostros la fatiga de un largo viaje sin apenas dormir, por toda la Carretera Central. Solamente se habían detenido en Camagüey para desayunar. Luego continuaron rumbo hacia Bayamo y entraron en el tramo más difícil, custodiado por varias patrullas del ejército. Sus visibles rasgos de turistas extranjeros les permitieron arribar a Manzanillo sin muchos contratiempos acompañados por Faustino Pérez, Javier Pazos y Lilia Mesa.

Mientras el yipi roncaba más gordo en la medida en que el ascenso y el agua estancada reclamaban al chofer conectar la doble fuerza, Guerrita miraba de soslayo al norteamericano, que había dejado a su esposa en casa del anfitrión Saumell, en Manzanillo. Él ponía toda su concentración en el timón, los cambios y los frenos. A pesar de los saltanejos del camino, evitaba por todos los medios los brincos y los frenazos desordenados. No obstante, de vez en cuanto el yipi daba un salto desorbitado como un caballo herido por la espuela de un jinete afanoso. Cada vez que esto sucedía miraba hacia el rostro del americano buscando algún gesto de contrariedad, mas el hombre aceptaba sin alardes las piruetas que el trillo enlodado le exigían al vehículo.

Este era su tercer viaje en el mismo día a la finca de Epifanio Díaz, guajiro de amistad franca y uno de los primeros colaboradores de Fidel y su guerrilla después del desembarco.

- Continúa -
 

 

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