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LA POLITICA
ESTADOUNIDENSE DE DOBLE RASERO...
Muros “buenos” y Muros
“malos”
POR NIDIA DIAZ —de Granma Internacional—
CON la infame aprobación de la ley que
permite la construcción de un muro de
más de mil kilómetros cuadrados a lo
largo de su frontera Sur, la
Administración republicana de George W.
Bush le pagó con una bofetada al
presidente Vicente Fox los seis años de
dócil servilismo con que su Gobierno le
sirvió, traicionando incluso los
principios que históricamente han regido
la política exterior de México.
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El
Muro abarcará el 40% de la frontera
mexicano-norteamericana, fuertemente
custodiada, además, con el empleo de
radares, cámaras infrarrojas,
aviones no tripulados y patrullaje
militar. Las zonas más inhóspitas
quedarán sin fortificarse. Por allí
la muerte será segura e inevitable.
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Ello, sin contar con que le deja al
recién electo Felipe Calderón una agenda
de confrontación que es lo último a que
el flamante Mandatario aspiraría por su
precaria llegada al poder en medio de un
cuestionado —aunque ratificado—, triunfo
en las urnas.
Los inmigrantes mexicanos fueron
utilizados por el Capitolio y la Casa
Blanca como moneda de cambio ante un
electorado republicano, conservador y
racista, que podría privar a sus
correligionarios en los comicios del 7
de noviembre próximo de la mayoría de
que gozan en el Legislativo si no
asumían con mano dura el cierre de las
fronteras con México, perdiendo la
posibilidad de ordenar de manera
integral el flujo migratorio entre los
dos países. Y exponen una vez más el
doble rasero de su política hegemónica
al admitir la existencia de muros
“buenos” y muros “malos”; de ilegales
“buenos” e ilegales “malos”.
No es ocioso recordar que, durante más
de 40 años, el Muro de Berlín constituyó
el argumento preferido de las campañas
de descrédito contra el socialismo en
Europa del Este y sustento mediático de
la Guerra Fría.
Hoy, sin embargo, Washington y Tel Aviv
levantan valladares contra mexicanos y
palestinos que superan en muchas
centenas los 144 kilómetros que
separaban al Berlín Occidental del
Oriental sin que los líderes
occidentales se escandalicen o las
transnacionales de la información lo
jerarquicen como prioridad de sus
políticas editoriales.
Menos análisis resiste el hecho de que
los inmigrantes mexicanos llegados
ilegalmente a través de esa frontera
sean criminalizados, mientras los
cubanos, llegados no pocas veces por el
mismo lugar o el mar de la mano de
traficantes humanos, les sea aplicada la
Ley de Ajuste que los legaliza y les da
la posibilidad de residencia por el
simple hecho de ser utilizados por el
imperio en su guerra contra la
Revolución Cubana.
La coyuntura doméstica, una vez más, se
convirtió en la razón de la sinrazón de
la política exterior de Estados Unidos.
Ni compromisos ni aliados, sólo votos
para seguir satisfaciendo los intereses
de lo peor y más retrógrado de la
sociedad norteamericana.
El bravucón de George W. Bush tuvo que
ceder a esos intereses y engavetar para
el nunca jamás su propia agenda
migratoria que no dejará de complicarle
el escenario político interno. El
domingo 8 de septiembre, inmigrantes
mexicanos —que representaban a 12
millones en total, la mitad de ellos
indocumentados— salieron a las calles a
protestar contra la construcción del
Muro de la Infamia, en una acción que
podría repetirse y crecer como una bola
de nieve.
Tanto de un lado como del otro, se
levantan voces contra la decisión del
Congreso y el Ejecutivo estadounidenses,
entre ellas la del propio legislativo
mexicano en la que por unanimidad —y
casi por excepción—, los ocho grupos
parlamentarios que lo integran
criticaron fuertemente la luz verde dada
a la extensión de la construcción del
muro y la calificaron de desafortunada y
equivocada, toda vez que, argumentaron,
no impedirá las salidas ilegales sino
que estimulará el uso de vías más
complicadas y letales por aquéllos
dispuestos a cruzar.
El propio Gobierno mexicano manifestó
su rechazo porque “lastima” las
relaciones bilaterales.
Mientras, el jefe de la bancada
demócrata en el Senado, Harry Reid, al
expresar su desacuerdo, advirtió
sabiamente: “Podemos construir el muro
más alto del mundo, pero no arreglará
nuestro sistema de inmigración, que ha
fracasado”.
La Comisión Mexicana de Derechos
Humanos subrayó que con tal medida se
estimulará “más crimen organizado en la
frontera, más inseguridad, más violencia
sórdida, más muertes de emigrantes”.
Sólo durante el sexenio foxista tres
millones y medio de mexicanos cruzaron
ilegalmente la frontera y de ellos más
de 2 000 perdieron la vida, si contar
con las muertes no reportadas
oficialmente.
El Muro quedó aprobado. El Emperador
estampó su firma sobre la decisión de
los legisladores. El 40% de la frontera
mexicano-norteamericana quedará
fuertemente custodiado, además, con el
empleo de alta tecnología, como
radares de
tierra, cámaras infrarrojas, aviones no
tripulados y un patrullaje
militar que no tendrá compasión. Se
reforzarán los sectores de California,
Arizona, Nuevo México y Texas. Mil
doscientos millones de dólares se
emplearán en un primer momento para su
construcción, valorada en más de $6 000
millones. Sólo zonas despobladas e
inhóspitas quedarán sin fortificarse.
Por allí la muerte será segura e
inevitable.
Del meollo de la cuestión, sin embargo,
pocos hablan. Los indocumentados
mexicanos recibirán el tratamiento de
criminales y terroristas porque el Muro
se seguirá construyendo —ya hay 120 km—,
bajo la justificación de la seguridad
nacional norteamericana, esa que desde
el 11 de septiembre sirve de patente de
corso a Washington para sus peores
felonías planetarias.
Lo que el imperio y gobiernos de la
región como el de Vicente Fox callan, es
que esos indocumentados son la expresión
concreta de las desigualdades económicas
entre Estados Unidos y sus vecinos, como
consecuencia de la imposición de un
modelo que ha empobrecido y excluido
históricamente a los latinoamericanos en
su propia tierra, para quienes, como han
adelantado algunos, el Norte del Río
Bravo se convirtió en su única opción. |