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Fidel y el club de los
120
• La celebración de 80
gloriosos años enmarca fracaso
del Comité de Sucesión
POR
PASTOR VALLE-GARAY (Senior Scholar,
Universidad de York)
TORONTO, Canadá.— El presidente Fidel
Castro cumplirá 80 años rodeado del
calor y del cariño de su pueblo y de la
solidaridad internacional. La Fundación
Guayasamín, anfitriona de los festejos
para el onomástico del siglo, ha
convocado a
decenas de miles
de simpatizantes de todo el mundo a que
se den cita en La Habana entre el 10 al
13 de agosto.
Nombrada para honrar la memoria de
Oswaldo Guayasamín, el gran pintor
ecuatoriano y amigo del presidente
Castro, la Fundación reunirá a
intelectuales y artistas de fama
universal en Un abrazo de
Guayasamín para mi hermano FIDEL.
Toda La Habana se transformará en un
maravilloso y acogedor teatro en donde
el público le rendirá monumental tributo
de afecto, de admiración y de
solidaridad al indiscutible luchador por
la dignidad y por la paz mundial.
Mientras la humanidad celebra el
natalicio del Presidente y los avances
de Cuba, otros inútilmente se esfuerzan
por destruir los triunfos de la
Revolución. En Miami un grupúsculo de
traidores se reúne con nefastos
propósitos. Esperan ansiosos el reporte
del Comité de Asistencia a Cuba Libre,
creación bastarda de George W. Bush, que
supuestamente detallará las nuevas
movidas criminales de Washington para
desestabilizar al Gobierno y al pueblo
cubanos.
La mafia de Condoleezza Rice, los Díaz
Balart, Ros-Lehtinen y Posada Carriles
se hacen ilusiones con otro tipo de
celebración, la transición en Cuba.
Coordinados por Caleb McCarry, enano
intelectual y político del Departamento
de Estado con exageradas pretensiones de
procónsul, los apátridas formaron el
Comité dizque para implementar en Cuba
su tergiversada versión de democracia al
dejar Fidel la presidencia. La quimera
del Comité no debe provocar alarma.
Estos desgraciados ya no saben qué hacer
ni qué fantasías tramar. Desde los
fallidos atentados de asesinato hasta
los absurdos reclamos en Forbes de
cuantiosas fortunas, todos los esfuerzos
por socavar la Revolución han fracasado
estrepitosamente.
¿Y Fidel? Como si nada. Esperar que
desaparezca es como esperar que se
materialice Godot, el personaje de
Esperando a Godoy, del genial
dramaturgo Samuel Beckett. Los dos vagos
de la obra teatral, Didi y Gogo, apta
metáfora de los sinvergüenzas de Miami,
se detienen al pie de un árbol divagando
tonterías y sandeces mientras esperan a
Godot. Esperan en vano. El elusivo
Godoy, magistral teatro del absurdo de
Beckett, jamás llegará a la cita. Los
vagos le esperan simplemente porque más
que encontrarse con Godot, la tarea del
vago es esperar. Matar tiempo.
Desesperar. Contemplar ahorcarse. Apto
escenario para los congéneres de Miami.
A diferencia de Didi y Gogo, los vagos
de Miami morirán de aburrimiento.
Morirán engañados. Por mercenarios. Por
perversos. Se lo merecen. Su espera se
guía
por el lucro personal. Pretenden matar
tiempo discutiendo el nuevo orden que
impondrían en Cuba pero son incapaces de
disimular el verdadero propósito de sus
divagaciones: enriquecerse con el
cuantioso presupuesto que, sin rendirle
cuentas a nadie, les asigna la Casa
Blanca para promover terrorismo contra
Cuba.
El fraude al Estado es práctica antigua
del traidor. Lo perfeccionaron en la
época batistiana. Lo practican al
acumular astronómicos salarios
calentando escaños en el Congreso sin
otra función que besar las nalgas de
Bush. Aparte de este lucrativo
oportunismo, los miembros del comité no
tienen puta idea de lo que hacen. Están
más locos que una cabra. De amarrarlos.
Ilusos e ignorantes a la vez. Su
avaricia y su perversidad les incitan a
atentar contra la Revolución sin
importarles las consecuencias. Y así
esperan y desesperan. Más les valdría
recapacitar. Fidel no es de los que
claudican jamás. El pueblo de Cuba
tampoco.
Desafortunadamente, la mente del gusano
es limitadísima. Si pudiese
familiarizarse con el desarrollo humano
y los avances científicos en Cuba, los
Didi y Gogo de Miami se darían cuenta
que el Club de los 120 años, al que se
han incorporado cientos de cubanos, se
convertirá en la regla de la longevidad
más bien que en la excepción.
En estas circunstancias Fidel, lleno de
energía en sus 80 años y gozando de
excelente salud,
labora incansable en plena madurez
física e intelectual. Eso le convierte
en lógico candidato al Club de los 120.
No en balde se dice: “Hay Fidel para
rato”. Bien podría añadirse “Hay
Revolución para siempre”. La suerte de
Cuba con Fidel al timón representa un
desastre de proporciones catastróficas
para los imbéciles de Miami. Claro. No
tendrán la decencia de ahorcarse. Son
muy cobardes. Pero no es remoto que la
proyección de muchos años más de Fidel
en el mundo le provoque una epidemia de
infartos del miocardio al colectivo
anticastrista, ocurrencia común entre
los glotones del poder en el país de las
maravillas.
Si de aquí a 30 años, por puro milagro,
quedase en pie uno que otro miembro del
Comité de la Condi Rice, pues que pase
por la Sección de Intereses de los
Estados Unidos en La Habana a firmar el
acta de defunción de quienes le
precedieron. De paso verán a Fidel en la
Tribuna Antimperialista. Celebrando otro
cumpleaños más. También verán una Cuba
libre de gusanos y de miseria.
Felicidades, Comandante. |