Fidel y el
dolor
Por Miguel
Bonnaso
Correo:
digital@jrebelde.cip.cu
03 de agosto de 2006
03:08:21 GMT
Antenoche
recibí un llamado de La Habana que me
dejó sin aliento. Un compañero argentino
me avisaba: «Parece que Fidel está mal»,
y de inmediato la conversación se cortó,
generando un insoportable suspenso. A
los pocos minutos la CNN informaba que
Fidel Castro había sido operado y que
por primera vez en 47 años transfería
transitoriamente sus responsabilidades
de Estado a su hermano Raúl.
De inmediato
comencé a llamar a todos los amigos de
La Habana sin resultado. Las líneas
estaban saturadas. Recién a las doce de
la noche logré establecer contacto
telefónico con uno de los colaboradores
más cercanos del Comandante.
«Las cosas son
así —me dijo— como se ha informado. Tú
conoces nuestra ética y la del Jefe:
jamás le mentiríamos ni le ocultaríamos
nada al pueblo».
Es cierto.
Recordé a Fidel, sentado en una silla,
aguantando el dolor de su terrible caída
al finalizar un acto, cuando anticipó el
diagnóstico de los traumatólogos y le
explicó al pueblo cubano (y al mundo)
que se había fracturado la rodilla y el
hombro derecho.
Antenoche,
en el comunicado que leyó su secretario
Carlitos Valenciaga, resplandecía la
misma seriedad, la misma responsabilidad
política, la misma precisión al hablar
de radiografías, endoscopías y hasta
filmaciones del inquietante sangrado que
lo llevaba al quirófano. Era el estilo
inconfundible del hidalgo que ha cedido
transitoriamente la jefatura del Estado
cubano.
El colaborador
de Fidel agregó que la operación había
sido exitosa y que comenzaba un proceso
de recuperación. Sus palabras y el tono
de su voz me tranquilizaron. El episodio
era serio, grave, pero el amigo
confiaba, como yo, en la fortaleza del
paciente, en ese dominio extraordinario
que ejerce sobre la realidad su cerebro
privilegiado.
Pensé: «Fidel se
va a morir cuando él lo decida y todavía
no lo ha decidido».
Recordé una
conversación que habíamos tenido en el
Palacio de Convenciones, hace siete u
ocho meses. Parecía abstraído, lejano,
pero súbitamente me miró como si
regresara del futuro y confesó:
«Lo que necesito
es tiempo».
Tiempo para
completar lo que él llama la Revolución
Energética y le va a significar a la
Isla un ahorro anual de dos mil millones
de dólares; tiempo para que «Cuba sea
económicamente invulnerable, como ya lo
es militarmente»; tiempo para
reconstruir el Movimiento de Países No
Alineados; tiempo para operar de
cataratas y pterigium a seis millones de
latinoamericanos en los próximos seis
años; tiempo para que los educadores
cubanos del programa Yo sí puedo ayuden
a desterrar el analfabetismo de toda
América Latina; tiempo para que
prosperen la integración latinoamericana
y el ALBA.
Tiempo, en suma,
para consumar una gigantesca empresa
humanística que parece descomunal,
imposible, para una pequeña Isla sitiada
de 11 millones de habitantes y 110 000
kilómetros cuadrados, que sobrevive a
fuerza de dignidad, a 90 millas náuticas
del monstruo. Que nadie espere encontrar
aquí una «nota objetiva»: tengo el
extraordinario privilegio de contarme
entre los amigos personales del
Comandante Fidel Castro. Es un honor que
me concedió hace poco más de tres años.
Antes lo miraba como todos los de mi
generación, desde una respetuosa
distancia. Lo veía instalado en la cima
de la historia mundial, pero ignoraba
sus rasgos de humor, sus provocaciones y
travesuras, su fidelidad de Fidel hacia
los amigos, su desbordada curiosidad por
todo lo humano, su imaginación de
navegante y sus hábitos inveterados de
conspirador. Su real ternura por los
desvalidos.
Una madrugada
charlábamos en la sala de reuniones del
Palacio de la Revolución y empezó a
pronosticar lo que ocurriría a causa del
gran terremoto que acababa de
registrarse en Paquistán. «Pronto
vendrán los grandes fríos —me dijo— y
los habitantes de los pueblos destruidos
comenzarán a vagar sin destino en las
laderas de las montañas. Habrá fracturas
expuestas, gangrenas y dolor, un
indecible dolor humano. Tenemos que
hacer algo».
Pocos días
después, médicos y paramédicos cubanos
comenzaban a viajar a Paquistán hasta
completar una generosa brigada de 2 500,
que en cuatro meses atenderían a 700 000
pacientes, que permanecerían con
temperaturas bajo cero cuando los
Médicos Sin Fronteras y los médicos de
todas las ONG de este extraño mundo
hubieran liado ya sus petates.
En febrero, diez
días antes de que mi compañera Ana de
Skalon muriera de cáncer en La Habana,
él la visitó, como lo hacía con
frecuencia.
Se iba ya,
cuando se dio vuelta en la sala y le
dijo inesperadamente:
«Yo sé que tú
luchas, Anita, y me parece muy bien que
lo hagas, porque tú y yo pertenecemos a
la misma clase de seres humanos».
Ana, desde su
agonía, le devolvió una sonrisa.
El día de sus
funerales, cuando la condecoró post
mórtem como «amiga de Cuba», me llevó a
comer con él. No habló de Ana durante el
almuerzo, pero mientras me acompañaba a
los ascensores, me dijo con una voz
inaudible:
«Imagínate lo
que sufres tú, lo que sufrió Anita y
multiplícalo a nivel universal por los
millones que sufren».
Entendí,
entonces, lo que le había dicho alguna
vez a su amigo Hugo Chávez, que él no
creía en la trascendencia del alma, pero
aceptaba que el Presidente venezolano lo
incluyera entre los cristianos.
Hace pocos días
estuve con él aquí, en Córdoba, en la
Cumbre del Mercosur. Lo acompañé en el
acto, en la visita a la casa familiar
del Che en Alta Gracia y en un almuerzo
tardío el mismo día de su partida.
Hablamos de todo
un poco, junto con otros amigos cubanos
y argentinos. Hasta de vinos. De tintos
que él saboreó con nosotros.
No soy clínico,
pero lo vi bien. Animado, optimista.
Contento porque a solo 24 horas de
finalizada la Cumbre ya le había
comprado a nuestro país cereales y
alimentos por cien millones de dólares.
En el palier del hotel saludó a todos
los miembros de la Embajada cubana y a
los policías federales y de Córdoba que
lo habían custodiado y querían
retratarse con él.
Luego se fue,
envuelto como siempre en multitudes. Así
lo quiero ver, muy pronto, arropado en
el cariño y la admiración que se merece.
(Tomado de Página 12)
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