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La muerte es principio, no fin:
Quintín Bandera
• Obra de Natalia Bolivar, a la
Feria del Libro
POR MARTA
ROJAS —especial para Granma Internacional—
QUINTIN Bandera es un héroe
que venció a filo de machete y escasas municiones a
poderosas formaciones del ejército español en tres
guerras encarnizadas en Cuba, pero no pudo lograr la
victoria ni una escaramuza, ante la cuarta
contienda, o la primera: la de la vida. Sólo después
de 80 años de muerto cruelmente masacrado por los
“suyos”, de él se escribió una justa biografía.
Ahora, a más de dos lustros de aquel texto que
mereció un premio literario en el género, vuelve a
cabalgar. Anda esta vez dentro de un carromato, el
mismo en que echaron sus despojos. Está recordando
desde el pasado todas sus peripecias heroicas y
humanas desde sus ancestros, y culpa, con toda la
razón que le asiste, a aquellos a quienes él incluso
ascendió de grados en la guerra por la libertad y,
sin embargo, lo siguieron considerando el
despreciable negro esclavo, que nunca fue sino
cubano libre criollo, aunque negro de piel, eso no
podían perdonárselo.
Con el título La muerte es
principio, no fin: Quintín Bandera, las cubanas
Natalia Bolívar Aróstegui (1) y su hija Natalia del
Río Bolívar, acaban de publicar lo que ellas
denominan una “novela de ficción”, que para quien
escribe es más bien una novela histórica, escrita
como un dramático poema épico y psicológico.
Sustentan este juicio, las seis páginas de obras
consultadas donde, con rigor, se menciona al
protagonista y entre ellas la imprescindible
biografía de quien prologa el volumen, Abelardo
Padrón Valdés, publicada por Letras Cubanas en 1989,
ganadora del concurso 26 de Julio de las Fuerzas
Armadas Revolucionarias con el título de General de
tres guerras. Natalia Bolívar y su hija asumieron la
responsabilidad de la cuarta guerra de Quintín
Bandera, uno de los grandes generales
independentistas santiagueros.
El libro puede ser leído y
disfrutado en todo lo que cabe, por aquellos que
nada o poco conocen de la Historia de Cuba, como se
lee una elegía, en la cual se traza la personalidad
del protagonista, abarcadora; con todos sus matices,
desde el joven majadero, imprudente, temerario e
indomable, mujeriego y sentimental, fiero como pocos
en el combate, hasta el pobre hombre que lucha por
un mendrugo de pan para su familia cuando lleva en
sus charreteras las estrellas doradas de General que
ha combatido en tres guerras, participado en la
Invasión de Oriente hasta el Occidente de la Isla,
doliéndole en el alma haber sido reprendido, a causa
de una intriga, por su compadre, el hombre a quien
más admira, el Titán de Bronce Antonio Maceo, pero
que no le hace flaquear cuando de lucha por la
independencia de la Patria se trata y así se lo hace
saber al “compadre” y Jefe.
Pero la vida del
protagonista no termina con la gloria de las hazañas
guerreras y su hazaña íntima imponiéndose
constantemente a las adversidades que tienen origen
negativo en el racismo más infame que se anida aún
entre los subalternos con respecto a él.
Qué de entuertos, qué de
recuerdos ufanos, qué de violencias insuperables
vive Quintín Bandera dentro del carromato donde lo
trasladan al cementerio. Mas bien donde llevan sus
pedazos de carne cortada con arma de filo en una
refriega por su “captura”, sin duda alguna resultado
de la traición del presidente de la República, don
Tomás Estrada Palma, y sus acólitos. Presidente a
quien el muerto antes de ser muerto había escrito
mansa, ingenua, pero dignamente y le pedía un
“destino”, léase una paga con salario menos que
decoroso para sobrevivir en la naciente república
junto a su familia; sin aspirar, ni exigir nada por
las proezas reconocidas en las guerras, gracias a
las cuales algunos coroneles, generales y doctores
sin cicatrices, ya están teniendo estatuas de mármol
en los parques cuando a él lo trasladan a la tumba
en el carromato.
La epopeya escrita en prosa
donde huelgan los adjetivos y todo se nombra con las
palabras precisas, desde el amor carnal, hasta las
discusiones y cartas admonitorias o reclamos salidos
del corazón del héroe que entró en la guerra siendo
analfabeto total, sufrió prisión, del lado de allá
del Atlántico, y que recorrió ciudades de Europa
como emigrado hasta que al cabo, con 62 años, se
encontraría nuevamente frente a tropas enemigas
obligándolas una y otra vez batirse en retirada.
No cesa de hablar Quintín
Bandera; monólogo incesante y diálogos mientras el
lector desea que continúe porque todo lo que dice es
válido, despeja incógnitas para darse a conocer y
hacer que conozcamos mejor a los otros. Describe con
emoción el pasado y lo hace presente compartiéndolo
con el lector “...Inmediatamente suena la corneta...
Hay fango por todas partes, se nos pega al pie cual
suela y se endurece... Estoy acostumbrado, como
todos los negros y mestizos de mi tropa, y esa es
nuestra ventaja. Llama el corneta para la formación.
El cielo hierve con su fuerza salvaje, lanzándonos
rayos de ira, el dios Todopoderoso nos advierte.
Tomaré mis precauciones”.
....“Así es, queridos
amigos, y no olviden nunca al viejo que reza:
“Oyu mi ko okan nlo eye” (No se va a la guerra si no
se tiene corazón” La autora se trasmuta en él. Las
voces se prestan mutuamente.
Para mí esta obra singular
está exenta de casilla porque su ficción se contrae
al modo de contarla. Puede ser y de hecho es el “Yo
acuso” postrero de un espíritu, el de Quintín
Bandera, aún inquieto. Eso, podrá rubricarlo o no
Natalia Bolivar. Como es una creyente de cultos
africanos y profunda estudiosa de ellos, le
incorpora la magia de sus dioses, con lo cual añade
un condimento secreto a sus valores y género
literario. La muerte es principio, no fin: Quintín
Bandera, está publicada por Mercie Ediciones y será
presentada en esta 14ª Feria Internacional del Libro
de La Habana. |