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11
de septiembre
Volver sobre sus pasos
ELSON CONCEPCIÓN
PEREZ
Tres años despúes de los atentados contra las Torres
Gemelas y el Pentágono de Estados Unidos, son cada
vez menos los que dudan de que la Administración de
Bush —fundamentalmente los halcones de la Casa
Blanca y de la Secretaría de Defensa— necesitaba de
un 11 de septiembre o algo similar, por trágico que
fuera.
Era
el detonador buscado para prender la mecha de una
gran cruzada que ha llevado al mundo al borde del
Apocalipsis, y cuyo objetivo era consolidar el
liderazgo estadounidense en el mundo unipolar.
Era el momento de la puesta en práctica de una
filosofía letal, fascista, de predominio hegemónico
por encima de razones, de ocupación, colonización y
de horror y mentiras.
Es esto lo que puede explicar por qué no se hizo
caso a que en una fecha tan temprana como marzo de
1999, dos años y medio antes de los ataques del
11-9-2001, los servicios de Inteligencia de Alemania
habían entregado a sus homólogos norteamericanos la
identidad y otras informaciones del terrorista
Marwan al-Shehhi, después de haber monitoreado una
conversación de este con Osama bin Laden.
Y
más aún, este hombre, que radicaba en Hamburgo, se
trasladó a vivir en la Florida (EE.UU.), donde se
entrenó junto a otros 14 de los 19 terroristas que
participaron en los fatídicos atentados.
Por su parte, el diario británico The Independent
publicó textualmente que "ciertos responsables
norteamericanos sabían meses antes del 11 de
septiembre que la red terrorista Al Qaeda proyectaba
utilizar aviones para cometer ataques en territorio
de Estados Unidos".
Un año después de aquellas acciones, en octubre del
2002, se informó que una comisión conjunta de
Inteligencia de la Cámara de Representantes y el
Senado había determinado que en agosto de 1998 el
FBI y la Dirección Federal de Aviación estaban
informados de que los grupos terroristas planeaban
volar con un avión lleno de explosivos y estrellarlo
contra las Torres Gemelas de Nueva York
¿Por qué no se detuvo a Al-Shehhi? ¿Por qué no se
siguieron sus pasos en territorio estadounidense?
¿Qué motivos había para no hacer caso a esa
información de la Inteligencia de un Gobierno aliado
como el alemán?
Esas preguntas, tres años después, siguen sin
respuestas.
PRIMERA CRUZADA
El emperador Bush, aun cuando el pueblo
norteamericano no había terminado de enterrar a los
casi 3 000 muertos en aquellos actos demenciales,
desató las cuerdas que daban luz verde a su plan de
terrorismo de Estado, al que bautizó como
"antiterrorista".
Afganistán, uno de los países más empobrecidos del
planeta, fue el destino de la primera cruzada,
mientras se amenazaba a otros 60 estados soberanos,
que el Presidente yanki denominó "60 oscuros
rincones del planeta".
En busca del jefe de Al Qaeda, de los talibanes, de
un mulah Omar casi ciego y que ejercía como jefe de
Gobierno, y de cuanto el imperio tildara de
terrorista, fueron los halcones del Complejo Militar
Industrial estadounidense, que necesita de las
guerras para obtener cifras multimillonarias de
dólares, no importa el costo humano de cada
contienda, y de comprobar sobre el terreno la nueva
tecnología, lo que le da ventajas competitivas en el
mercado de armas.
Todavía están frescas aquellas imágenes de una
aviación norteamericana que se propuso pulverizar
las montañas de Tora Bora, en la frontera afgana con
Paquistán, donde el Pentágono aseguraba que se
habían escondido Bin Laden y sus seguidores.
Fue el momento en que George W. Bush hizo aprobar un
presupuesto de guerra de casi 400 000 millones de
dólares, equivalente al 36% de lo que en el 2002
gastaba en armas todo el mundo.
La primera cruzada ha dejado, además de decenas de
miles de civiles afganos masacrados (quizás nunca se
sepa la cifra exacta), y de ciudades y pueblos
devastados, el descrédito de la Administración
estadounidense que nunca encontró a Bin Laden, ni al
mulah Omar, ni acabó con el movimiento talibán.
Hoy, tres años después, los "mayores logros" de la
invasión y ocupación del suelo afgano son que esa
nación esté más empobrecida, la producción y consumo
de opio se han multiplicado varias veces, la
inestabilidad reina y el país está ocupado por
fuerzas militares foráneas, pero no controlado por
ellas.
SEGUNDA CRUZADA
El olor a petróleo iraquí hizo fabricar a un enemigo
que —según el propio presidente Bush— "tenía armas
nucleares y químicas, estaba fuertemente vinculado
con Al Qaeda y representaba un peligro para la
seguridad nacional de Estados Unidos".
Hacia el lejano Golfo Pérsico se movió la maquinaria
de guerra imperial, esta vez acompañada como nunca
antes por el poder mediático con la misión de
engañar al mundo y principalmente al pueblo
estadounidense, para que secundara el genocidio bajo
el prisma del antiterrorismo.
A
la par con la invasión y la ocupación, las masacres
y la destrucción de Iraq avanzan en esta nueva
cruzada en la que hay involucrados más de 140 000
soldados, en su gran mayoría estadounidenses y en
menor escala ingleses y de otros estados que han
secundado a Washington, sobre todo para evitar caer
en la lista de "enemigos" del imperio.
En esta nueva acción de terrorismo de Estado, los
halcones impusieron ante el Congreso un presupuesto
récord para fines militares: 416 000 millones de
dólares, de los cuales, de manera inmediata, 25 000
millones se usan en las guerras de Afganistán e Iraq.
Pero, en mayor medida de como ha ocurrido en tierra
afgana, a los norteamericanos se les ha complicado
la situación en suelo iraquí, y además de las bajas
que, según cifras oficiales suman más de 1 000
muertos y casi
10 000 heridos en las filas estadounidenses, van
perdiendo cada vez más el control de una situación
que nunca llegaron a tener por completo bajo sus
riendas.
La resistencia iraquí aparece en mayor frecuencia
atacando objetivos precisos y avanzando en varias
direcciones a la vez, de manera que no se pierda el
terreno ganado y sean mayores las pérdidas de las
fuerzas ocupantes y sus colaboradores.
El petróleo iraquí arde y se dificultan las
apetencias imperiales por apoderarse del recurso
estratégico.
Tres años después del 11 de septiembre del 2001 y de
la guerra lanzada por el presidente George Bush
contra el mundo, la humanidad se siente más
insegura, los conflictos lejos de resolverse se
agravan, los pueblos se organizan y avanzan en su
lucha por un mundo mejor y posible, y el imperio,
aunque acude a las más despiadadas formas de
represión y muerte —y de terrorismo de Estado—,
podrá invadir y ocupar territorios, pero no
controlarlos ni someterlos, como lo han demostrado
estas y otras experiencias.
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