Prisioneros Políticos del Imperio| MIAMI 5      


  

I N T E R N A C I O N A L E S

La Habana. 11 de Septiembre de 2004

11 de septiembre
Volver sobre sus pasos

ELSON CONCEPCIÓN PEREZ

Tres años despúes de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono de Estados Unidos, son cada vez menos los que dudan de que la Administración de Bush —fundamentalmente los halcones de la Casa Blanca y de la Secretaría de Defensa— necesitaba de un 11 de septiembre o algo similar, por trágico que fuera.

Era el detonador buscado para prender la mecha de una gran cruzada que ha llevado al mundo al borde del Apocalipsis, y cuyo objetivo era consolidar el liderazgo estadounidense en el mundo unipolar.

Era el momento de la puesta en práctica de una filosofía letal, fascista, de predominio hegemónico por encima de razones, de ocupación, colonización y de horror y mentiras.

Es esto lo que puede explicar por qué no se hizo caso a que en una fecha tan temprana como marzo de 1999, dos años y medio antes de los ataques del 11-9-2001, los servicios de Inteligencia de Alemania habían entregado a sus homólogos norteamericanos la identidad y otras informaciones del terrorista Marwan al-Shehhi, después de haber monitoreado una conversación de este con Osama bin Laden.

Y más aún, este hombre, que radicaba en Hamburgo, se trasladó a vivir en la Florida (EE.UU.), donde se entrenó junto a otros 14 de los 19 terroristas que participaron en los fatídicos atentados.

Por su parte, el diario británico The Independent publicó textualmente que "ciertos responsables norteamericanos sabían meses antes del 11 de septiembre que la red terrorista Al Qaeda proyectaba utilizar aviones para cometer ataques en territorio de Estados Unidos".

Un año después de aquellas acciones, en octubre del 2002, se informó que una comisión conjunta de Inteligencia de la Cámara de Representantes y el Senado había determinado que en agosto de 1998 el FBI y la Dirección Federal de Aviación estaban informados de que los grupos terroristas planeaban volar con un avión lleno de explosivos y estrellarlo contra las Torres Gemelas de Nueva York

¿Por qué no se detuvo a Al-Shehhi? ¿Por qué no se siguieron sus pasos en territorio estadounidense? ¿Qué motivos había para no hacer caso a esa información de la Inteligencia de un Gobierno aliado como el alemán?

Esas preguntas, tres años después, siguen sin respuestas.

PRIMERA CRUZADA

El emperador Bush, aun cuando el pueblo norteamericano no había terminado de enterrar a los casi 3 000 muertos en aquellos actos demenciales, desató las cuerdas que daban luz verde a su plan de terrorismo de Estado, al que bautizó como "antiterrorista".

Afganistán, uno de los países más empobrecidos del planeta, fue el destino de la primera cruzada, mientras se amenazaba a otros 60 estados soberanos, que el Presidente yanki denominó "60 oscuros rincones del planeta".

En busca del jefe de Al Qaeda, de los talibanes, de un mulah Omar casi ciego y que ejercía como jefe de Gobierno, y de cuanto el imperio tildara de terrorista, fueron los halcones del Complejo Militar Industrial estadounidense, que necesita de las guerras para obtener cifras multimillonarias de dólares, no importa el costo humano de cada contienda, y de comprobar sobre el terreno la nueva tecnología, lo que le da ventajas competitivas en el mercado de armas.

Todavía están frescas aquellas imágenes de una aviación norteamericana que se propuso pulverizar las montañas de Tora Bora, en la frontera afgana con Paquistán, donde el Pentágono aseguraba que se habían escondido Bin Laden y sus seguidores.

Fue el momento en que George W. Bush hizo aprobar un presupuesto de guerra de casi 400 000 millones de dólares, equivalente al 36% de lo que en el 2002 gastaba en armas todo el mundo.

La primera cruzada ha dejado, además de decenas de miles de civiles afganos masacrados (quizás nunca se sepa la cifra exacta), y de ciudades y pueblos devastados, el descrédito de la Administración estadounidense que nunca encontró a Bin Laden, ni al mulah Omar, ni acabó con el movimiento talibán.

Hoy, tres años después, los "mayores logros" de la invasión y ocupación del suelo afgano son que esa nación esté más empobrecida, la producción y consumo de opio se han multiplicado varias veces, la inestabilidad reina y el país está ocupado por fuerzas militares foráneas, pero no controlado por ellas.

SEGUNDA CRUZADA

El olor a petróleo iraquí hizo fabricar a un enemigo que —según el propio presidente Bush— "tenía armas nucleares y químicas, estaba fuertemente vinculado con Al Qaeda y representaba un peligro para la seguridad nacional de Estados Unidos".

Hacia el lejano Golfo Pérsico se movió la maquinaria de guerra imperial, esta vez acompañada como nunca antes por el poder mediático con la misión de engañar al mundo y principalmente al pueblo estadounidense, para que secundara el genocidio bajo el prisma del antiterrorismo.

A la par con la invasión y la ocupación, las masacres y la destrucción de Iraq avanzan en esta nueva cruzada en la que hay involucrados más de 140 000 soldados, en su gran mayoría estadounidenses y en menor escala ingleses y de otros estados que han secundado a Washington, sobre todo para evitar caer en la lista de "enemigos" del imperio.

En esta nueva acción de terrorismo de Estado, los halcones impusieron ante el Congreso un presupuesto récord para fines militares: 416 000 millones de dólares, de los cuales, de manera inmediata, 25 000 millones se usan en las guerras de Afganistán e Iraq.

Pero, en mayor medida de como ha ocurrido en tierra afgana, a los norteamericanos se les ha complicado la situación en suelo iraquí, y además de las bajas que, según cifras oficiales suman más de 1 000 muertos y casi 
10 000 heridos en las filas estadounidenses, van perdiendo cada vez más el control de una situación que nunca llegaron a tener por completo bajo sus riendas.

La resistencia iraquí aparece en mayor frecuencia atacando objetivos precisos y avanzando en varias direcciones a la vez, de manera que no se pierda el terreno ganado y sean mayores las pérdidas de las fuerzas ocupantes y sus colaboradores.

El petróleo iraquí arde y se dificultan las apetencias imperiales por apoderarse del recurso estratégico.

Tres años después del 11 de septiembre del 2001 y de la guerra lanzada por el presidente George Bush contra el mundo, la humanidad se siente más insegura, los conflictos lejos de resolverse se agravan, los pueblos se organizan y avanzan en su lucha por un mundo mejor y posible, y el imperio, aunque acude a las más despiadadas formas de represión y muerte —y de terrorismo de Estado—, podrá invadir y ocupar territorios, pero no controlarlos ni someterlos, como lo han demostrado estas y otras experiencias.
 

 

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