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Michael Moore y su Palma de Oro
ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
La
ovación más grande en toda la historia del Festival
de Cannes la recibió Michael Moore la noche del
sábado al obtener la Palma de Oro, máximo galardón
del evento. Nueve minutos de un público puesto en
pie y dando vítores al director por lo que fue capaz
de exponer en su largometraje documental,
Fahrenheit 9/11, un trabajo en el que la
política y el arte —esa a veces difícil comunión—,
se entrelazan para gritarle al mundo que la
manipulación y la mentira, amasadas desde los feudos
de un incapaz, están cobrando demasiadas víctimas
como para que se les deje pasar sin al menos
ponerles una zancadilla.
La decisión de
un jurado presidido por Quentin Tarantino, un
director talentoso, pero muy lejos de la línea
expresiva de Moore, esos nueve minutos de ovación la
noche de la entrega de los premios, a los que hay
que sumar el entusiasmo resaltado por la prensa,
tanto el día en que el filme se exhibió para la
crítica, como después, en su noche de estreno,
permiten preguntarse: ¿Qué sucedió este año en
Cannes?
Considerado el
más mundano de los pocos Festivales que ostentan la
categoría A-1, regularmente inclinado a laurear
obras de ficción en las que prevalezcan un fuerte
aliento artístico, sin demasiado interés por "lo
político", Cannes no le concedía su Palma de Oro a
un largometraje documental desde que en 1956 lo
obtuvieran el profesor Costeau y un muy joven Louis
Malle por El mundo del silencio, acerca de
las profundidades marinas.
¡Cuarenta y
ocho años con solo ojos para los temas de ficción! Y
de pronto el Festival se vira en redondo y al
otorgarle el máximo galardón a Fahrenheit 9/11,
en un evento en el que participaron varios pesos
pesados del cine con excelentes obras, logra lo que
hace mucho tiempo no consigue: el casi imposible
sueño de la unanimidad en el terreno de las
decisiones artísticas.
Y con un tema
político.
¿Politizado
Cannes? El estar a miles de kilómetros de allí
aconseja no plasmar cuños. Pero es evidente que la
película de Michael Moore, lo que ella plantea y los
recursos artísticos en que se apoya, tuvieron un
pasmoso poder de convocatoria en un año en el que
también se vieron otras cintas de contenido
político, como La vida es un milagro, de
Kusturica, sobre la guerra en Bosnia; la también
aclamada Diarios de motocicleta, de Walter
Salles, que tiene al Che como figura central, y un
filme de Sean Penn que aborda la "era" del
presidente Nixon.
Al recibir el
premio, un emocionado Michael Moore dijo que la
Palma de Oro será un magnífico impulso para que su
filme pueda verse en los Estados Unidos, donde la
Casa Disney le sacó el cuerpo a la distribución por
miedo "al que dirán" de la Casa Blanca en un año de
elecciones. "No estoy solo —aseguró Moore mientras
apretaba el galardón contra su pecho— hay millones
de norteamericanos como yo, y yo soy como ellos".
Cannes y su
máximo premio abren un primer capítulo para una
historia que recién comienza. Fahrenheit 9/11
habla, entre otros aspectos, de la manipulación
electoral que llevó a Bush a la presidencia, de
verdades escamoteadas tras el 11 de septiembre, de
los fines económicos que motivaron la invasión a
Iraq (al tiempo que se recogen en el escenario de la
contienda testimonios inéditos de un equipo que
Moore pudo infiltrar), de los negocios secretos de
los Bush con la familia de Osama bin Laden, de las
contradicciones y mentiras detectadas en los
discursos del Presidente de los Estados Unidos y del
origen de la inmensa mayoría de los soldados
destacados en Afganistán e Iraq: hijos de familias
pobres o procedentes de minorías raciales.
Un primer
capítulo de Fahrenheit 9/11 con muchas
páginas de triunfos artísticos por recorrer y una
pregunta que ya algunos se aventuran a responder:
¿Qué sucederá cuando el espectador norteamericano,
finalmente, se asome ante la película? |