|
De
Nicaragua a Iraq
Washington ha sancionado 150 años
de tortura militar
Por: Pastor Valle-Garay
Profesor, Universidad de York
(Especial para GRANMA Internacional)
Toronto 3 de junio. “El mundo dejó de mirar”
(Canadá, 2003) es uno de los documentales más
impactantes del VII Festival de Cine
Hispanoamericano de Toronto (Mayo 27-Junio 4, 2004).
Producido por el renombrado director canadiense
Peter Raymont, “El mundo dejó de mirar” actualiza
-15 años después- la galardonada cinta “Todo el
mundo está mirando” (Canadá, 1988) conque Raymont
documentó el papel de la prensa internacional
durante la insurrección y triunfo de la revolución
Sandinista.
En “El mundo dejó de mirar” Raymont analiza la
indiferencia de los medios internacionales de
comunicación ante la miseria en que se encuentra
sumida Nicaragua como resultado de la guerra de la
Contra y de las atrocidades cometidas contra su
población civil por los mercenarios entrenados,
armados y financiados por Washington para derrocar
al gobierno popular Sandinista en la década de los
’80.
Lo más espeluzanante es el macabro paralelo entre
las masacres acarreadas por los invasores en la
Nicaragua en esos días y la ocurrida quince años
después en Iraq.
En Makaradeeb, una aldea iraquí situada cerca de
la frontera con Siria, los americanos bombardearon
un casamiento pueblerino el pasado 18 de mayo. Acto
seguido incendiaron la aldea de los convidados. El
ataque genocida exterminó a 42 personas, todos
miembros de la boda. Catorce de las víctimas eran
niños. Once eran mujeres. Un reportero le señaló al
General James Mattis, de la Primera División de los
Infantes de Marina, que la televisión árabe había
mostrado cadáveres de niños, víctimas de la masacre,
siendo bajados a sus sepulturas. “No he visto las
fotos,” respondió el General Mattis, “pero en toda
guerra ocurren cosas malas. No tengo que disculparme
por la conducta de mis hombres.”
En el documental “El mundo dejó de mirar” un
segmento capta gráficamente el preciso instante en
que una cuadrilla de la Contra acababa de asesinar a
18 campesinos y se disponía a exterminar al resto de
los invitados a una boda en las montañas del norte
de Nicaragua. Gilles Paquin, periodista
francocanadiense y su equipo de televisión,
interrumpió la masacre y filmó los cadáveres de las
víctimas expuestos al sol. Arriesgando su seguridad
personal Paquin le advirtió al comandante de
asesinos, entrenados por el ejército americano, que
suspendiera la matanza. Según Paquin, las
sangrientas imágenes captadas por las cámaras serían
contraproductivas para la Contra.
A regañadientas el líder Contra ordenó la
retirada de sus hombres no sin antes informarle a
Paquin que “en una emboscada se cometen errores. Los
combatientes son muchachos jóvenes y no saben
distinguir (entre Sandinistas y campesinos).” Al
igual que el General Mattis, su homólogo en Iraq, el
Contra tampoco se disculpó por el macabro genocidio
de inocentes. Hoy es Diputado en la Asamblea
Nacional de Nicaragua (Congreso).
Los sucesos de Iraq duplican la saña que
caracterizó las intervenciones militares de las
tropas y mercenarios de los Estados Unidos en
Nicaragua. Diametralmente opuesto a los huecos
reclamos del Presidente George W. Bush, jamás hubo
respeto a los derechos humanos de parte del
militarismo estadounidense. Burda e injustamente se
lo reclaman a Cuba ignorando convenientemente su
larga e institucionalizada historia de violaciones.
Solamente en Nicaragua, la historia de crímenes
americanos sobrepasa los 150 años.
En 1855 soldados de fortuna gringos encabezados
por William Walker se aprovecharon de disputas
internas entre los tradicionales partidos políticos
para invadir Nicaragua. Walker se apoderó de la
nación y se autonombró presidente. Su gobierno se
convirtió en un reinado de terror y sangre. Walker
pretendía sentar bases para facilitarle una ruta
transocéanica a travéz de ese país al magnate gringo
Cornelius Vanderbilt. No lo logró.
Al cabo de un año, patriotas centroamericanos
atacaron a Walker. Sintiéndose asediado, el
usurpador gringo incendió Granada, una de las más
antiguas reliquias coloniales de América, para
escapar con vida. En las afueras de la ciudad dejó
un rótulo que decía “Aquí fue Granada.” Un año
después Walker intentó regresar, fue capturado en
Honduras. Un pelotón de fusilamiento le ajustició en
1857.
No sería la última invasión americana de la
nación. En 1912 el ejército gringo volvió a ocupar
Nicaragua. Una táctica común de la fuerza de
ocupación consistía en degollar a la oposición y
violar mujeres nicaragüenses. Algunos, como el
Teniente Remington de los Infantes de Marina de los
Estados Unidos, posaban para las cámaras americanas
sosteniendo como trofeos las cabezas de los
degollados. (Véase fotografía de Remington con la
cabeza de Silvio Herrera, de Matagalpa, publicada en
los Estados Unidos en 1930).
La sangrienta ocupación duró hasta 1933 cuando
Augusto César Sandino, el General de Hombres Libres,
derrotó a los Marinos americanos expúlsandoles de
Nicaragua. Al marcharse el ejército gringo nombró al
General Anastasio Somoza García Director de la
Guardia Nacional. Somoza invitó a Sandino al Palacio
Presidencial para firmar la paz. Inmediatamente
después de cenar un pelotón de la Guardia escoltó a
Sandino a las afueras de la ciudad. Le fusilaron
junto con su Estado Mayor. Los asesinos de Sandino
cumplían órdenes de Somoza y del Ministro americano
en Managua.
La traición somocista dio comienzo a la
sangrienta dinastía que regiría brutalmente la
nación hasta el triunfo del Frente Sandinista de
Liberación Nacional en Julio de 1979. Durante esos
46 años más de medio millón de nicaragüenses fueron
asesinados por Somoza y sus dos hijos, el último
-Anastasio Jr.- egresado de la Academia Militar de
West Point.
En una ocasión, al reclamarle un congresista
americano al Presidente Franklin Delano Roosevelt
que no apoyara al criminal dictador, Roosevelt le
respondió que si bien “Somoza era un hijo de puta,
es NUESTRO hijo de puta.” Fin del reclamo.
Clara prueba de que a los Estados Unidos jamás se
le ocurrió darle mayor importancia a las violaciones
de los derechos humanos de los nicaragüenses. La
razón es obvia: la Casa Blanca nunca se tomó la
molestia de inventar su curiosa interpretación de
los derechos. Jamás le preocupó al presidente de
turno. Dejaría los detalles a sus consejeros y
voceros que reaccionarían ante seleccionados hechos
sangrientos y presentarían la versión oficial a
conveniencia de Washington.
Ni modo. Con raras excepciones cada Presidente de
los Estados Unidos ha funcionado como un pelele de
sus consejeros. Hijo de marioneta. Padre
ventrílocuo. Al igual que el loro, no articula
palabra a menos que los escribanos a sueldo se las
prepare de antemano. Es más. El presidente no actúa
hasta que el titiritero de turno le dé el consabido
guiñón y les enseñe a escupir mecánicamente las
cansadas sandeces de la Casa Blanca sobre el respeto
a los derechos humanos mientras campantemente
someten al “enemigo” a inconcebibles y diabólicas
torturas. Luego las niegan. Pobres imitaciones de
Pinocho hasta en su extraordinaria capacidad de
mentir.
De ahí que los crímenes americanos se repitan a
lo descocido. Bush, la más reciente versión del
lobotomizado muñeco de palo, ejemplifica la
insensata tradición. Según Don Bush los crímenes
cometidos en Iraq y Guantánamo por la soldadesca
bajo su mando son incidentes aislados, “indignos del
noble establecimiento militar” estadounidense.
En el colmo del cinismo, el Pinocho de la Casa
Blanca se hace el desentendido en el departamento de
memoria histórica. Inútilmente intenta darle vuelta
al pastel acusando a Cuba precisamente del rosario
de atrocidades cometidas por su “disciplinado”
ejército de angelitos durante los últimos 150 años
en el Caribe, en el resto de la América Latina y
ahora en Afganistán e Iraq.
Señor Bush: ni su prepotencia ni su ignorancia
cultivada ocultan la realidad de los crímenes de su
nación contra una humanidad inocente e indefensa.
Quizá, parafraseando el documental de Raymont, por
un instante el mundo dejó de mirar pero la historia
jamás perdona. Nicaragua no perdona. Cuba no
perdona. Vietnam no perdona. Afganistan no perdona y
definitivamente Iraq no perdona.
MAS
INFORMACION |