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El siglo de Fidel
Cruce de civilizaciones y culturas fusionadas
a lo largo de muchos siglos, Cuba y su revolución
arrojaron sobre la mesa los naipes marcados de un
continente que durante 470 años venía en pos de su
destino
POR JOSÉ STEINSLEGER
Creada
y recreada con el paso de los años, Cuba se ha
convertido en ejemplo de lo que los pueblos son
capaces de conseguir cuando saben de dónde provienen
y a dónde quieren ir. Nutrida de poderosas raíces
culturales y de un espíritu nacional que por sus
logros devino universal, 45 años de revolución bien
pueden resumirse en la sentencia de Martí: “Al
salvarse, [Cuba] salva.”
Cabe
la celebración. Sin embargo, también cabe la
reflexión. ¿Por qué las patrias chicas de la América
triétnica, padecen de lo que Cuba ya no padece,
aquel no saber adónde ir, aquel no saber por dónde
seguir? ¿Qué resortes les impide a sus dirigencias
políticas verse tal como son? ¿El alivio del
sufrimiento en asuntos de salud, alimentación,
educación, vivienda y vestido conlleva
necesariamente el imperativo de hacer una
revolución?
Patéticamente maquilladas con las fórmulas políticas
de importación (tales como las que hoy revisten las
distintas modalidades del “neoliberalismo”), las
dirigencias políticas de América Latina persisten
una y otra vez en copiar lo que da en llamarse
“democracia moderna”, sin reparar en la adversidad y
en los costos que esta actitud representa para
salvaguardar sus propios intereses nacionales.
Los
resultados de la alienación saltan a la vista: en la
mayor parte de nuestros países, la “democracia
moderna” engendró un auténtico Frankenstein
ideológico que ha mercantilizado el pensamiento
liberal y clericalizado el pensamiento conservador,
haciendo de la igualdad mito y de la fraternidad
filantropía. Dicho de otro modo, ¿creen las
dirigencias de América Latina lo que suponen ser,
“pragmáticas”, “modernas”, “globalizadoras”,
“tolerantes”, ...“democráticas”?
Vista como ejemplo antes que “modelo”, la
experiencia de Cuba indica que la empresa de una
revolución social es una tarea difícil pero
factible. Naturalmente que la “toma del poder” ya es
algo más difícil y menos factible. Pero de 1959 a la
fecha, Cuba ha demostrado que las dificultades
reales empiezan cuando hay que sostener y defender
una revolución.
Acontecimiento políticamente caótico en sus inicios,
no deja de ser curioso que la revolución social sea
el hecho conservador por excelencia. Caótico porque
al empezar sus efectos se disparan en múltiples y
entrecruzadas direcciones. Conservador porque sus
ideales buscan, justamente, preservar el trío de
valores que Francia consagró durante la “Gran
Revolución”: libertad, igualdad, fraternidad.
¿Qué
quiso decir Martí cuando con tono de advertencia
señaló que “… ¡ni de Rousseau ni de Washington viene
nuestra América, sino de sí misma!”? Creo que Martí
dio a entender que poca es la paja que puede
separarse del trigo sin valorar el sentido de
libertad profundo que palpitaba en los mal llamados
pueblos “indios” y “negros” del periodo colonial,
virreinal y republicano.
¿Es
que podemos subestimar, o negar, que fueron
precisamente las rebeliones constantes de los indios
y de los negros de este continente durante tres
siglos ininterrumpidos, las que de par en par
abrieron las puertas de la etapa posterior de
emancipación colonial, independencia republicana y
formación de los Estados nacionales que configuran
la geografía política de América Latina y el Caribe?
Desafortunadamente, ayer y hoy son legión los
dirigentes y pensadores de América Latina que, sin
inmutarse, hicieron y hacen gala de su minucioso
conocimiento de la historia, la filosofía, las
artes, las lenguas y la cultura europea, lo que no
está mal, mas tienen serias dificultades para
siquiera tener ordenado qué fuerzas políticas,
sociales y culturales gravitaron en América de 1492
a 1810.
De
Roma, Santo Tomás, Oliver Cromwell y la caída de
Constantinopla saben todo. Pero de cómo estaba
constituido el Tahuantinsuyu hace 600 años, o de la
contribución de los negros de Haití a la
independencia de Estados Unidos, nada. Bien. Antes
de irme por las ramas, me interesa señalar que al
empezar las luchas por la independencia muchos
hombres y mujeres hincaron el diente en el meollo
del asunto. Me refiero a quienes con Simón Bolívar
al frente, supieron avizorar el rol del imperialismo
norteamericano en el siglo XX.
Hijo de América
De
aquella epopeya de luchas e ideas que en el siglo
XIX se combinaron con la acción, brotaron,
precisamente, pensamientos como el de Fidel Castro.
La Revolución Cubana y Fidel recogieron la espada
que Simón Bolívar dejó en San Pedro Alejandrino
(1830), José Artigas en Ibiray (1850), José Martí en
Dos Ríos (1895) y Augusto César Sandino en Managua
(1934). No solo esto. Cruce de civilizaciones y
culturas fusionadas a lo largo de muchos siglos,
Cuba y su revolución arrojaron sobre la mesa los
naipes marcados de un continente que durante 470
años venía en pos de su destino.
La
Revolución Cubana bien pudo haber optado por el
nacionalismo liberal de México, (1910), el
nacionalismo revolucionario de Bolivia (1952), el
liberalismo a secas de Costa Rica (1948) o bien pudo
adoptar el sistema partidocrático de Chile y
Uruguay. De hecho, estas corrientes participaron en
1959. Pero todas, menos la de Fidel, subestimaron al
imperialismo norteamericano.
En
su afán de acabar con las anacrónicas dictaduras de
América Central y el Caribe, Estados Unidos toleró,
hasta cierto punto, la irrupción de un movimiento al
que veía como “radical” sin más, conducido por un
“caudillo” que, en todo caso, podía ser eliminado
como tantos otros de la historia. No obstante,
Washington no pudo entender que el Movimiento 26 de
Julio descendía en línea directa del grito pegado en
el ingenio azucarero de La Demajagua en octubre de
1868: ¡Viva Cuba Libre! O sea, de una memoria
popular y nacional que once años antes de la llegada
de Carlos Marx al mundo y 119 años antes del
nacimiento de Fidel Castro, abominaba de las
palabras enviadas en 1807 por el presidente Thomas
Jefferson al embajador inglés en Washington: ...en
caso de guerra con España, Estados Unidos se
apoderará inmediatamente de Cuba, posesión
indispensable para la defensa de la Florida y el
Golfo de México.
Mediatizada por la “Enmienda Platt” (1901), que a
Estados Unidos permitía la intervención, de
estimarlo necesario, la independencia de Cuba fue
firmada en ausencia de quienes pelearon por ella:
los cubanos. Así nació la “seudorepública”, vigente
hasta el triunfo del movimiento que hace 45 años
concitó la simpatía de todos los partidos,
ideologías y movimientos antidictatoriales de la
isla antillana.
Cuando es auténtica, una revolución se vuelca a
quienes más la necesitan. A los “condenados de la
tierra”, como decía Fanon. En Cuba, estos condenados
integraban las mayorías del país, por gravitación
natural. No obstante, quienes creían ver en la
revolución la versión renovada de sus tejes y
manejes, creían también que podían conducir a estas
mayorías de un modo conveniente a sus intereses. La
demagogia, en primer lugar. Después de todo, hambre
y miseria no garantizan necesariamente el éxito de
una revolución. Cuando mucho, son flagelos que
causan revueltas, golpes de mano, conspiraciones,
ingobernabilidad o efímeras tomas del poder.
La
Revolución Cubana necesitaba de dirigentes capaces
de conducir y organizar, de orientar y asegurar que
la sangre derramada contribuyese al renacimiento de
un nuevo tipo de sociedad. Y, por sobre todo, que la
sangre no iba a ser negociada por un plato de
lentejas. Aquí es donde las dirigencias suelen
perderse o, por el contrario, aquilatar las
verdaderas dificultades de una revolución. Aquí es
donde afloran las ambiciones y mezquindades
naturales que los ideales buscan erradicar. Aquí es
donde el altruismo corre peligro de congelarse o
torcer su propósito. Aquí es donde surgen el
dogmatismo y el sectarismo, el oportunismo y la
traición.
La
Revolución Cubana desnudó a muchos dirigentes que
parecían ser buenos y acabaron al servicio de lo
peor y potenció a quienes, sin haber sido
necesariamente los mejores del combate, se pusieron
al frente con el propósito de afrontar el desafío
verdadero. De no haber cumplido con lo prometido, la
intuición, historia y temple rebelde del pueblo
cubano, hace mucho hubiese acabado con Fidel Castro.
Hasta hoy, ningún dirigente político ha inventado la
represión perfecta y ninguno ha podido sostenerse
indefinidamente en el poder. Ahí están las
dictaduras de América Latina que apoyadas interna y
externamente por el imperialismo fueron derrotadas
por sus pueblos. Por esto, cuando con ligereza se
dice que Cuba se sostuvo únicamente con el apoyo de
la ex Unión Soviética, deberíamos exigir
consecuencia con la inquietud: ¿y qué la sostiene
desde la caída del “bloque socialista”? Si como
muchos creen, Cuba pudo subsistir únicamente por el
apoyo del ex campo socialista, podríamos también
preguntar a dónde fueron a parar los miles de
millones de dólares que Estados Unidos canalizó
hacia más de 300 gobiernos constitucionales o
dictatoriales de América Latina en 45 años de
revolución.
¡Ah!... nos dicen: ¡pero es que en Cuba no hay
“libertad”! ¿Y qué es libertad? ¿La mía, la tuya o
la de 300 millones de latinoamericanos que a diario
naufragan en la desnutrición, la criminalidad, la
desesperanza, la pobreza relativa y extrema? Que en
Cuba no hay “democracia”. ¿Y quiénes dictan sus
presupuestos? Que Cuba es dirigida por una
“nomenklatura” de funcionarios privilegiados. ¿Y
cómo se llaman los banqueros y empresarios que a
expensas del Estado saquean países enteros sin que
los “demócratas” digan pío?
Que
más de un millón de cubanos han abandonado su país y
muchos perdieron la vida en el mar. ¿Y cuántos
mueren día tras día al cruzar las fronteras del
Mediterráneo o el Río Bravo sin que la noticia
conmueva? ¿Cuántos millones hacen cola en las
embajadas de los países ricos para trabajar de lo
que venga? Que Fidel se mantiene por la “obcecación”
de Washington en combatirlo, dice el escritor Carlos
Fuentes. ¿Y entonces por qué no lo derroca de una
vez? ¿Por qué no acaba con el bloqueo que, según los
tartufos, sería causa determinante de su permanencia
en el poder? ¿No será que el fin del bloqueo y la
normalización de relaciones con Estados Unidos sería
prueba de que en América Latina y el mundo es
posible la resistencia antimperialista?
Los
unos abandonan la lucha por el socialismo y los
otros huyen del capitalismo neoliberal, que cultiva
la lucha de todos contra todos y borra la
solidaridad entre los seres humanos. Pero quienes en
Cuba deploran, por ejemplo, la libreta de
racionamiento suelen olvidar que la mayoría absoluta
de los pobres de América Latina sueñan con poseer
una libreta que quizá no alcance para todo el mes,
pero existe.
Por
lo demás, el socialismo nada tiene que ver con el
racionamiento. Mas... ¿qué hacer cuando las guerras
del capitalismo combaten con ferocidad el desarrollo
del socialismo? En estas condiciones, el socialismo
solo puede encararse como opción de conciencia y
solidaridad. ¿Existe la “tercera vía”? Sí, existe:
el escepticismo socarrón de los cansados y el
oportunismo individualista son la “tercera vía”.
Hablar de Fidel Castro resulta difícil. Puede caerse
en el ditirambo y la exégesis, la obsecuencia
acrítica o esa moral zalamera que el propio Fidel
sería el primero en deplorar. Asimismo, podemos caer
en la tentación de hablar de un hombre superdotado
por la naturaleza. Mas entonces deberíamos concluir
que la Revolución Cubana fue obra y milagro de un
ser extraterrestre.
No
es verdad. El mérito de Fidel Castro ha consistido
en conducir y orientar la resistencia popular ante
la agresividad de Estados Unidos y el de levantar a
una sociedad que en todas las disciplinas es digna
de ejemplo y estímulo para todos los pueblos del
mundo. Sin la voluntad política del pueblo cubano,
dispuesto a defender y sostener a conciencia lo
suyo, ningún superdotado de la especie hubiese
podido llevar a buen puerto el desafío implícito de
una conducción que, desde el arranque, tenía las de
perder.
Fidel ha dicho: El socialismo ha sido el auténtico
héroe nacional del pueblo cubano. Y es por esto que
la relación entre conducción política y revolución
ha sido lúcidamente dialéctica. Sin embargo, cuando
se analizan las cosas desde posiciones
privilegiadas, se incurre en el error de creer que
los pueblos no necesitan de dirigencias lúcidas,
abonándose el terreno para doblegarlos y sepultarlos
en la más cruda y desesperante resignación.
Para concluir estas notas escritas al vuelo,
ensayemos un ditirambo razonado. La civilización
occidental desciende de Pericles, quien vivió en el
siglo V antes de Cristo (495-429). A los 34 años,
Pericles se erigió en jefe del partido democrático.
Reelegido estratega durante 30 años, Pericles
democratizó la vida política de Grecia, permitiendo
el acceso de todos los ciudadanos a las altas
magistraturas. Y a su alrededor se agrupó un equipo
de artistas y pensadores que le valió pasar a la
historia como “el siglo de Pericles”.
Dijo
Martí: “Conocer es resolver. Conocer el país, y
gobernarlo conforme al conocimiento, es el único
modo de librarlo de tiranías [...] Los políticos
nacionales han de reemplazar a los políticos
exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo;
pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas.”
En
200 años de vida independiente, los pueblos de
América Latina han soportado cerca de mil cien
gobiernos que solo han conseguido lamento y
frustración; 40 millones de indígenas que viven peor
que en los tiempos de la colonia, encabezan la tabla
de los padecimientos. Por esto, creo que el día en
que seamos ciudadanos de una patria común, el siglo
que pasó bien podría ser recordado como “el siglo de
Fidel”.
José Steinsleger, escritor y
periodista argentino; cronista de La Jornada. Autor
de varias obras que abordan temas políticos y de la
realidad latinoamericana e internacional
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