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La honestidad
intelectual de
Alfonso Sastre
• El
dramaturgo español visitó a Cuba en ocasión del 11º
Festival de Teatro de La Habana
POR MIREYA CASTAÑEDA —de Granma Internacional—
ALFONSO Sastre, dramaturgo,
ensayista, poeta, ha tenido unos días vivísimos en
Cuba. Ofreció en la sala Caturla, del teatro Amadeo
Roldán, la conferencia Los intelectuales y el
teatro, y el Instituto Superior de Arte lo
distinguió con un doctorado Honoris Causa.
Creo, sin embargo, que uno de
los momentos que para él resultó especialmente
emocionante fue durante la actuación del grupo
infantil La Colmenita, que dirige Carlos Alberto
Cremata. Al finalizar la función de la puesta
Ajiaco de sueños, en una abarrotada sala
Avellaneda del Teatro Nacional, los niños lo
llamaron a escena, lo homenajearon y le entregaron
un bello cuadro.
Sastre, quien debiera estar
acostumbrado a honores, tenía una sonrisa tímida, y
muy rápido abandonó el proscenio para que los
aplausos fueran a los niños, el futuro, quién lo
duda.
Del dramaturgo (Madrid, 1926),
han escrito que desde sus primeras obras ha mostrado
su compromiso existencial y social. “Su obra
Escuadra hacia la muerte (1953) —llevada a
escena en Cuba por el grupo El Público que dirige
Carlos Díaz— junto con Historia de una escalera
(1949), de Antonio Buero Vallejo, y Tres
sombreros de copa (escrita en 1932 pero
estrenada en 1953), de Miguel Mihura, se consideran
las obras simbólicas que marcan la renovación del
teatro español tras la Guerra Civil”.
En su obra “siempre ha
buscado, en el terreno formal, la renovación acorde
con las corrientes teatrales que se estaban
desarrollando en Europa. Desde un punto de vista
ideológico ha combatido el teatro burgués y sus
obras han ido evolucionando desde planteamientos
existenciales a sociales y después revolucionarios”.
Sastre se inició con grupos
experimentales, como Arte Nuevo, y de la primera
época son Uranio 235 (1946),
Cargamento de sueños (1949), El cubo
de la basura (1951), y Escuadra hacia la
muerte (1953), y “a partir de aquí su
obra se hace más política, radical y combativa, por
lo que su teatro fue víctima de la censura
franquista, del temor de los empresarios teatrales y
también del desinterés del público burgués, que era
el que iba al teatro, convirtiéndose, pues, en un
autor maldito con grandes dificultades para
estrenar”.
A una segunda época pertenecen
obras como La mordaza (1954), Guillermo
Tell tiene los ojos tristes (1955), En la red
(1959) o La cornada (1960).
El distinguido intelectual ha
escrito, además, ensayos, libros de poemas y
narrativos (entre otros El drama y sus lenguajes,
Anatomía del realismo). Recibió el Premio
Nacional de Teatro en 1985 por La taberna
fantástica; en 1991 se le concedió el Premio
Nacional de Literatura en su modalidad teatral por
Jenofa Juncal, la roja gitana de Jaizkibel, y
este año, el comité organizador de los Premios Max
de las Artes Escénicas le concedió por unanimidad el
Premio de Honor en reconocimiento a “sus
aportaciones singulares, entrega y defensa de las
Artes Escénicas, en general”.
Sin duda, Sastre goza ya de un
reconocimiento universal como dramaturgo clave del
siglo XX y como escritor de amplísimo espectro de
géneros literarios, pero también por su inconmovible
posición política y social, que puede apreciarse,
por ejemplo, en su Mensaje del 2003 por el Día
Mundial del Teatro (27 marzo), donde señaló que la
conmemoración “ha llegado en el marco de una
tragedia mundial que estamos viviendo desde la
estupefacción al horror: el ataque —la agresión
criminal— del Imperio norteamericano y sus cómplices
a los pueblos de Iraq”.
“Quienes estamos por un
teatro comprometido —o, digamos, implicado en la
vida social y política— hemos saludado con alegría
que el mundo del teatro y del cine haya estado en la
vanguardia de la denuncia y la protesta contra este
genocidio anunciado.”
Destacó el dramaturgo que “la
historia del teatro contiene todo un tesoro de
sabiduría, y hoy podemos recordar un antecedente de
esta infamia, que a su vez tuvo un antecedente en el
bombardeo de Guernica: el empleo en 1945, por parte
del Imperio norteamericano, de bombas atómicas sobre
las ciudades de Hiroshima y Nagasaki”.
De sus ensayos, ahora fue
preparado por la Editorial cubana Ciencias Sociales,
el libro La Batalla de los Intelectuales, a
cuyo lanzamiento asistió Ricardo Alarcón, presidente
del Parlamento cubano.
La presentación, en el patio
colonial del Palacio del Segundo Cabo, sede del
Instituto Cubano del Libro, estuvo a cargo del
también escritor español Carlo Frabetti — en la Isla
junto a otros colegas, como parte de una delegación
de la Alianza de intelectuales antifascistas, en
protesta por las campañas anticubanas en Europa
—quien consideró que Sastre es “uno de los pocos
referentes de honestidad intelectual y lucha contra
la opresión”.
El propio Sastre explicó que
el libro incluye una serie de trabajos breves
publicados en los últimos dos años, en momentos en
que los intelectuales disidentes del poder no tienen
acceso a la gran prensa.
Cuando el pasado año se
presentó en España el libro de Sastre, Los
intelectuales y la utopía, se afirmó en una
reseña que el autor, en poco más de setenta páginas,
“provoca la reflexión y la inquietud. ¿Acaso no es
ésa la primera obligación del intelectual?”. Opinión
válida para el ensayo publicado ahora en La Habana.
Como colofón a la nueva
estancia habanera de Sastre —ha sido jurado del
Premio Casa de las Américas y ha visitado la Isla en
varias oportunidades— el Instituto Superior de Arte
le concedió el título de Doctor Honoris Causa en
Arte, entre otros motivos, por la excelencia
monumental de su obra, por su decisiva contribución
al desarrollo del teatro y por su amor a Cuba.
En sus palabras de
agradecimiento Alfonso Sastre afirmó que se marcha
proclamando: Cuba no se arrastra, Cuba vuela a pesar
de todo, su cultura está viva, y su teatro renace a
pesar de todas las dificultades. ¡Aleluya! |