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C U L T U R A

La Habana. 30 de septiembre de 2003

La honestidad intelectual de
Alfonso Sastre

• El dramaturgo español visitó a Cuba en ocasión del 11º Festival de Teatro de La Habana

POR MIREYA CASTAÑEDA —de Granma Internacional—

ALFONSO Sastre, dramaturgo, ensayista, poeta, ha tenido unos días vivísimos en Cuba. Ofreció en la sala Caturla, del teatro Amadeo Roldán, la conferencia Los intelectuales y el teatro, y el Instituto Superior de Arte lo distinguió con un doctorado Honoris Causa.

 Creo, sin embargo, que uno de los momentos que para él resultó especialmente emocionante fue durante la actuación del grupo infantil La Colmenita, que dirige Carlos Alberto Cremata. Al finalizar la función de la puesta Ajiaco de sueños, en una abarrotada sala Avellaneda del Teatro Nacional, los niños lo llamaron a escena, lo homenajearon y le entregaron un bello cuadro.

 Sastre, quien debiera estar acostumbrado a honores, tenía una sonrisa tímida, y muy rápido abandonó el proscenio para que los aplausos fueran a los niños, el futuro, quién lo duda.

 Del dramaturgo (Madrid, 1926), han escrito que desde sus primeras obras ha mostrado su compromiso existencial y social. “Su obra Escuadra hacia la muerte (1953) —llevada a escena en Cuba por el grupo El Público que dirige Carlos Díaz— junto con Historia de una escalera (1949), de Antonio Buero Vallejo, y Tres sombreros de copa (escrita en 1932 pero estrenada en 1953), de Miguel Mihura, se consideran las obras simbólicas que marcan la renovación del teatro español tras la Guerra Civil”.

 En su obra “siempre ha buscado, en el terreno formal, la renovación acorde con las corrientes teatrales que se estaban desarrollando en Europa. Desde un punto de vista ideológico ha combatido el teatro burgués y sus obras han ido evolucionando desde planteamientos existenciales a sociales y después revolucionarios”.

 Sastre se inició con grupos experimentales, como Arte Nuevo, y de la primera época son Uranio 235 (1946), Cargamento de sueños (1949), El cubo de la basura (1951), y Escuadra hacia la muerte (1953), y “a partir de aquí su obra se hace más política, radical y combativa, por lo que su teatro fue víctima de la censura franquista, del temor de los empresarios teatrales y también del desinterés del público burgués, que era el que iba al teatro, convirtiéndose, pues, en un autor maldito con grandes dificultades para estrenar”.

 A una segunda época pertenecen obras como La mordaza (1954), Guillermo Tell tiene los ojos tristes (1955), En la red (1959) o La cornada (1960).

 El distinguido intelectual ha escrito, además,  ensayos, libros de poemas y narrativos (entre otros El drama y sus lenguajes, Anatomía del realismo). Recibió el Premio Nacional de Teatro en 1985 por La taberna fantástica; en 1991 se le concedió el Premio Nacional de Literatura en su modalidad teatral por Jenofa Juncal, la roja gitana de Jaizkibel, y este año, el comité organizador de los Premios Max de las Artes Escénicas le concedió por unanimidad el Premio de Honor en reconocimiento a “sus aportaciones singulares, entrega y defensa de las Artes Escénicas, en general”.

 Sin duda, Sastre goza ya de un reconocimiento universal como dramaturgo clave del siglo XX y como escritor de amplísimo espectro de géneros literarios, pero también por su inconmovible posición política y social, que puede apreciarse, por ejemplo, en su Mensaje del 2003 por el Día Mundial del Teatro (27 marzo), donde señaló que la conmemoración “ha llegado en el marco de una tragedia mundial que estamos viviendo desde la estupefacción al horror: el ataque —la agresión criminal— del Imperio norteamericano y sus cómplices a los pueblos de Iraq”.

  “Quienes estamos por un teatro comprometido —o, digamos, implicado en la vida social y política— hemos saludado con alegría que el mundo del teatro y del cine haya estado en la vanguardia de la denuncia y la protesta contra este genocidio anunciado.”

 Destacó el dramaturgo que “la historia del teatro contiene todo un tesoro de sabiduría, y hoy podemos recordar un antecedente de esta infamia, que a su vez tuvo un antecedente en el bombardeo de Guernica: el empleo en 1945, por parte del Imperio norteamericano, de bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki”.

 De sus ensayos, ahora fue preparado por la Editorial cubana Ciencias Sociales, el libro La Batalla de los Intelectuales, a cuyo lanzamiento asistió Ricardo Alarcón, presidente del Parlamento cubano.

 La presentación, en el patio colonial del Palacio del Segundo Cabo, sede del Instituto Cubano del Libro, estuvo a cargo del también escritor español Carlo Frabetti — en la Isla junto a otros colegas, como parte de una delegación de la Alianza de intelectuales antifascistas, en protesta por las campañas anticubanas en Europa —quien consideró que Sastre es “uno de los pocos referentes de honestidad intelectual y lucha contra la opresión”.

 El propio Sastre explicó que el libro incluye una serie de trabajos breves publicados en los últimos dos años, en momentos en que los intelectuales disidentes del poder no tienen acceso a la gran prensa.

 Cuando el pasado año se presentó en España el libro de Sastre, Los intelectuales y la utopía, se afirmó en una reseña que el autor, en poco más de setenta páginas, “provoca la reflexión y la inquietud. ¿Acaso no es ésa la primera obligación del intelectual?”. Opinión válida para el ensayo publicado ahora en La Habana.

 Como colofón a la nueva estancia habanera de Sastre —ha sido jurado del Premio Casa de las Américas y ha visitado la Isla en varias oportunidades— el Instituto Superior de Arte le concedió el título de Doctor Honoris Causa en Arte, entre otros motivos, por la excelencia monumental de su obra, por su decisiva contribución al desarrollo del teatro y por su amor a Cuba.

 En sus palabras de agradecimiento Alfonso Sastre afirmó que se marcha proclamando: Cuba no se arrastra, Cuba vuela a pesar de todo, su cultura está viva, y su teatro renace a pesar de todas las dificultades. ¡Aleluya!

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