
Cae la tarde de domingo y nos da por hablar del pasado. Les cuento de un Martí diferente que encuentro por estos días en una biografía sublime y, como yo, se estremecen con las anécdotas del muchacho que se enamoró e hizo el ridículo, tan único y tan igual a nosotros en su humanidad que instiga.
A mi amigo se le ocurre preguntar: ¿Si tuviesen una máquina del tiempo, a qué momento irían? Playitas de Cajobabo, dice primero, para verlos bajar a él y a Gómez… y mirar sus rostros al poner los pies sobre la arena prometida, y con olor a Isla.
Por el camino de la historia vamos, sin orden cronológico, de los ojos arrancados de Abel a la tos de Villena; del perfil de Mella a Celia, férrea y eficiente organizadora; de Fidel, sagaz líder, adalid de la unidad, a la carta de despedida del Che, tan cubano. De Raúl, defensor de la bandera única, la del respeto inmenso para todos los mártires; a Pablo de la Torriente, periodista tremendo, y a Guiteras, masacrado en El Morrillo.
Nos robamos la palabra unos a otros para recordar aquel hecho, el otro testimonio… alzamos la voz, nos apasionamos. Tenemos menos de 30 años y la historia nos parece algo tan hermoso como serio; por eso nos rondan otras interrogantes: ¿Qué hay grande para hacer en esta Cuba? ¿Cuál machete mambí empuñaremos? ¿Dónde está la Sierra de hoy?
Nuestro debate dominical en la última fila de asientos de un ómnibus interprovincial nos ofrece las pistas. «Ellos en su momento no sabían que estaban haciendo historia», apunta alguien, y concordamos. Pero la épica de este tiempo no puede ser ciego presentismo. La de ellos no lo fue, siempre hubo deudas con la sangre precedente. Y esa deuda persiste y se acrecienta, lo sabemos.
Ahí está la obra, rebelde y vital, de los hombres y mujeres de la nación: en honrar, con el deber limpio y la palabra honda, los sucesivos sacrificios, los hombros miles que han sostenido el país y sus destinos. Y en fundar siempre, porque el pasado nuestro punza en las comodidades.
Como nosotros, más jóvenes dialogan con el ayer, inquiriéndolo, y que andemos en la búsqueda de un Moncada propio habla de la llama viva que prendió un día 26 de un julio martiano. Revolucionar siempre es el modo de fortalecer la Revolución de sincera raíz.
De ahora en adelante todo será más difícil, dijo una vez un cubano gigante en medio del triunfo que parecía total y la gente entendió que empezar de nuevo cada mañana era el precio de no ser lacayos.
Y ahora pareciera que nos lo repite, poniendo en el reto la única opción digna y amorosa, en una Isla de victorias encaramadas sobre montañas de utopías y burladora de presagios grises. Poder, casi 60 años después, pasar de manos firmes a manos prestas, la conducción del sueño común, es la más cierta de esas victorias. ¡Tanto y tan grande tenemos que hacer! El precio de no entenderlo sería muy alto.



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xiomara dijo:
1
19 de abril de 2018
08:13:43
Xiomara dijo:
2
19 de abril de 2018
08:40:25
Xiomara dijo:
3
19 de abril de 2018
08:42:21
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