ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

«Así no se lavan las manos, periodista», me dice el Fabu y con el cuerpo va empujando poco a poco hasta que logra apartarme. «Cuando estaba en Liberia, teníamos que hacer esto todos los días».

Engurruña los dedos de la derecha y se raspa la palma izquierda para hacer espuma.

Luego limpia el dorso y se restriega desde las muñecas hasta el codo. Repite la operación con la otra mano y al final enjuaga la pila.

Por un instante, lo imagino con el traje blanco y la máscara de respiración bajo el sol del África occidental. Se ríe.

Lo conozco hace menos de un mes, tiempo suficiente para saber que el Dr. Luis Enrique Lemus –el Fabuloso, el Asesino del Ébola– puede mirar a la muerte y reírse en su cara.

Cuando llegué a Dominica, dos semanas después de que los vientos de María borraran el verde de la isla, ya Lemus desandaba las montañas del pueblo de Saint Joseph, a unos 20 kilómetros de la capital, Roseau.

El Contingente Henry Reeve se activó en cuestión de horas tras conocerse el nivel de devastación en el Caribe. El avión ATR 72 de Cubana aterrizó tres días después en el aeropuerto Melville Hall sin contacto con la torre de control y con algunos tramos de la pista inundados.

Los diez médicos de la brigada, entre ellos Lemus, se quedaron varados en el aeropuerto porque no había forma de llegar por tierra al resto de las ciudades. Comían galletas, spam y compotas de mango.

El Dr. Raúl Conrado, especialista de primer grado en epidemiología, se ganó por esos días el sobrenombre de «Papá de los Ositos». Con seis pies de estatura y un hambre a prueba de desastres, se tomaba de dos en dos las cajitas de compota que llevan estampados los dichosos animales.

Cuentan los médicos que de noche no se veían ni las manos y lo único que se escuchaba, cuando no aterrizaban aviones, era el sonido de Conrado ajusticiando compotas debajo de las sábanas.  

A quien no logro imaginar en el fango o bañándose con agua de río es a Zayas. Criado en La Lisa, es de esos mulatos cubanos que andan siempre arreglados como para una fiesta y no hay viento que los despeine ni polvo que los ensucie.

Pero el doctor José Ángel Zayas Power, subdirector de Asistencia Médica del Hospital Fructuoso Rodríguez, es especialista de primer grado en ortopedia, la parte de la medicina que más se parece a la carpintería. Y, según cuentan, es de los mejores, de esos que reacomodan un hueso con un solo movimiento de muñeca.

Zayas es muy malo en la pelota. No como el Dr. Michel Cabrera, el jefe de la misión, un zurdo de peligro.

Michel era el hombre de las preguntas. ¿Cuántos van? ¿Dónde se quedan? ¿En qué condiciones? ¿Cuál es el riesgo? Y también el hombre de las respuestas.

A sus 40 años aparenta mucho menos, pero lleva ese don de los líderes que sale a relucir en cualquier contexto, ya sea al frente de una misión médica o a la hora de escoger los equipos de pelota.

A diferencia de los médicos que viven en casas a lo largo de la isla, los periodistas y los nuevos colaboradores forestales y eléctricos fuimos a parar al Windsor Park, un estadio de críquet recién construido por los chinos. Una avanzada de seis personas ocupamos los camerinos y creamos condiciones para los 40 colaboradores que habían embarcado en La Habana y tardarían dos semanas en llegar.

Intentamos sumarnos al críquet, pero nos rendimos pronto. Terminamos jugando al taco con un latón de basura, pelota de trapo y bate de madera.

Michel se nos unía las tardes en que el trabajo lo dejaba y también el Fabu, cuando se daba un salto por la capital, cogía sus ponches en el Windsor Park.

Solo hace falta estar un par de horas con Lemus para saber de dónde viene lo de Fabuloso.  No tiene un carro, tiene el mejor Rambler del 58 de Cuba. No se compra una bocina, busca una corneta que suena como un pato ronco y despierta a todo Güira de Melena.

«Ustedes son los asesinos del Ébola», le dijo un día el chofer de su brigada en Liberia, donde fue a combatir la peor epidemia del virus en este siglo. Cuando regresó a Cuba, mandó a poner la frase en el parabrisas trasero de su Rambler y ahora muchos lo conocen así.

Pocos médicos en el mundo respondieron al llamado de la OMS para contener el brote.

El Fabu no lo pensó dos veces. «Lo hice y lo vuelvo a hacer», me dice.

«Qué diferencia a los médicos cubanos», pienso. Recuerdo la historia de Lianet González, una enfermera cubana que pasó el huracán en Portmouth, al norte de Dominica. Vivía en bajos y su cuarto comenzó a inundarse. Sentía la fuerza del viento afuera y no se atrevía a salir. A lo único que atinó, cuenta, fue a dejar abierto el pestillo de la puerta: «Si me muero, por lo menos que me encuentren y que me lleven para Cuba».

Nuestro regreso a La Habana es atropellado. Lo que debía ser un viaje de 12 horas con dos escalas se convierte en una odisea de tres días con cambio de avión incluido por desperfectos técnicos.

Lo único bueno es el tiempo para repasar las historias y conocer un poco más a los miembros de la brigada con los que viajo.

Trato de poner en orden mis recuerdos previos sobre la Henry Reeve. Me vienen a la mente las batas blancas y las mochilas de campaña verde olivo el día de septiembre del 2005 en que se reunieron por primera vez en el Palacio de Convenciones de La Habana.

Ya había decidido estudiar periodismo, pero estaba lejos de una sala de redacción el día que Fidel habló de crear un contingente especializado en situaciones de desastre para ayudar a los damnificados por el huracán Katrina en el sur de Estados Unidos.

No fue sorpresa que Washington rechazara la ayuda. De haber aceptado la propuesta cubana, George W. Bush podía haber descontado alguno de los más de 1 800 fallecidos que dejó el paso del huracán.

Su prueba de fuego llegó al otro lado del mundo, en los picos nevados de Pakistán que fueron removidos por un poderoso terremoto. Desde entonces, han cumplido misiones en una veintena de países y salvado más de 80 000 vidas.

Todo eso lo sabía antes, pero algo cambió en el último mes. Estoy seguro de que la próxima vez que vea a la Henry Reeve los rostros serán distintos y el escenario se habrá transformado. Pero yo buscaré al Fabu, con sus manos limpias, a Conrado y su apetito voraz por las compotas, a Zayas y a Michel, el zurdo al que le di un jonrón en el Estadio Nacional de Dominica.

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Miguel Angel dijo:

1

17 de noviembre de 2017

02:54:23


Excelente crónica, conozco muy de cerca a alguno de estos excelentes galenos, personas simples, alegres, campechanas, muy profesionales y con grandes sentimientos de humanismo y solidaridad. Algunos de ellos han cumplido varias misiones. Un gran viva para estos maravillosos profesionales.

Mariamat dijo:

2

17 de noviembre de 2017

08:50:56


Felicidades para esa compañía de batas blancas. A usted Periodista gracias tambien por tan merecido relato de reconocimiento. Dr. Michael excelente profesional y dirigente de Salud.

Wilfredo dijo:

3

17 de noviembre de 2017

15:42:26


Mu bueno el escrito ameno, coloquial!! Me gustó!Felicidades al contingente y a Sergio también!

diego dijo:

4

21 de noviembre de 2017

16:42:13


Sergito, tu eres mi amigo y compañero de guerra en Dominica, pero yo estuve allí y no recuerdo el jonrón al Miche!!! jajaja