ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Las centrales del Mariel, Santa Cruz del Norte, Cienfuegos y Felton han emprendido inversiones millonarias. Foto: Julio Martínez Molina

Las termoeléctricas cubanas pujan para recuperar el terreno que las fuentes renovables de energía amenazan con robarle. Las centrales del Mariel, Santa Cruz del Norte, Cienfuegos y Felton han emprendido inversiones millonarias para renovar tecnología, ganar eficiencia y ampliar en más de un 30 % la capacidad de generación de electricidad a partir de petróleo.

Los parques de energía fotovoltaica y eólica y las plantas de biocombustible han entrado en escena, entretanto, con el sueño de aportar en el 2030 el 24 % de la electricidad en Cuba, aunque esa proporción sigue en torno al 4,6 % en que se encontraba cuando se anunció este programa hace cuatro años.

Por una u otra vía, el país amplía su capacidad energética. Es condición imprescindible del desarrollo, tanto como la expansión de otras industrias. La siderurgia, con Antillana de Acero y Acinox Las Tunas a la cabeza, ha iniciado un fuerte programa de inversiones, para poner mayor cantidad de producciones de acero en los proyectos de construcción. De lo contrario, el país tiene que importarlas.

La industria agroalimentaria también madura planes de crecimiento, con aspiraciones exportadoras incluso, y desde otras fábricas surgen novedades en forma de bienes, piezas y equipos, en apoyo del transporte, la agricultura, el consumo interno y el turismo. La industria electrónica, a su vez, comienza a multiplicar la producción de laptops, computadoras y tablets, en una alentadora senda de altas tecnologías que recorre ya la industria biotecnológica y farmacéutica.

En la mayoría de los casos se trata apenas de una arrancada. La lista de planes y proyectos en cartera supera por amplio margen la capacidad de financiamiento conseguida. Son millonarios los costos en moneda dura para modernizar fábricas con tecnologías muchas veces obsoletas e incursionar en líneas de producción de renovación dinámica.

Para encontrar el capital para ese desarrollo, Cuba ha apostado a incrementar sus ingresos por exportaciones, las inversiones extranjeras y los créditos externos. Quizá el paso más importante lo dio al renegociar deudas con otros países, y el glacial Club de París. Ganó credibilidad financiera internacional frente a empresas y bancos extranjeros. Pero desde entonces, se ha visto obligada a ejecutar pagos que han incrementado las presiones financieras sobre la caja central de la nación, en momentos en que las exportaciones y las inversiones foráneas avanzan a un ritmo inferior al que se soñó cuando entró en vigor en el 2014 la actual Ley de Inversiones Extranjeras y la Zona Especial de Desarrollo Mariel (ZEDM).

Aunque bajo esa sombrilla tiende a crecer el capital extranjero inyectado en la economía cubana, todavía permanece en escalas muy reducidas: apenas el 5,6  % de todas las inversiones, de acuerdo con las previsiones del 2018 anunciadas en diciembre por el ministro de Economía, Ricardo Cabrisas.

Lo titánico, y a la vez preocupante, es que las inversiones han aumentado vigorosamente en general, a pesar de la baja participación extranjera. De acuerdo con los reportes gubernamentales, en el 2017 el monto total de inversiones trepó más de un tercio sobre el año anterior hasta 8 827 millones de pesos y este año, de acuerdo con el Plan de la Economía presentado en diciembre, ascendería a 10 800 millones. El peso mayor de esos planes descansa, entonces, sobre las cuentas de empresas cubanas y sobre el Presupuesto del Estado, en una jugada osada de financiamiento de inversiones con gasto público que implicó un incremento del déficit fiscal a 10,9 % del PIB en el 2017 y se prevé de 11,4 % en el presente año.

Pese al esfuerzo visible por desarrollar obras estratégicas como trasvases, frigoríficos, centros para almacenamiento de combustibles, hoteles e infraestructura del turismo, las inversiones todavía permanecen en niveles bajos. Equivalen al 9,2 % del PIB según estimados, cuando el consenso recomienda como norma del desarrollo un gasto equivalente al 20 % del PIB o más.

¿Qué hacer, entonces? Reportes diversos revelan tropiezos para ejecutar créditos por demoras en pagos, atrasos en importaciones de suministros para inversiones e incumplimientos de fechas en la ejecución de obras. La cultura inversionista continúa entre las deudas del modelo económico cubano consigo mismo.

Pero también habrá que preguntarse si no será necesario ya ascender un nuevo escalón en la política de inversiones extranjeras y en el modelo de gestión financiera y bancaria. La autonomía empresarial para emprender estos negocios es terreno tan polémico como la preparación de sus directivos para disponer de facultades. Trámites que continúan más lentos que lo deseado por la parte extranjera y el anfitrión cubano indican, de cualquier manera, que los cambios introducidos no bastan.

Valdría la pena estudiar también, y ensayar, la creación de fondos o fórmulas financieras aplicadas en otros países, para propiciar la participación de capital nacional y extranjero en el financiamiento de negocios no estatales de Cuba.

La industria levantada durante décadas de Revolución aguarda. La inteligencia cubana que anida en ella también.

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