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¿Somos iguales unos a los otros? Según la Carta
de Naciones Unidas, sí; pero según la vida real, no

INTERVENCION DEL MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES DE CUBA EN EL 54 PERIODO
DE SESIONES DE LA ASAMBLEA GENERAL DE LAS NACIONES UNIDAS

Señor Presidente:

Señor Secretario General:

Distinguidos delegados:

Felipe Pérez RoqueEn esta sala hay presentes hoy representantes de países ricos y hay también representantes —los más— de países pobres. Hay aquí Ministros y Embajadores de países cuyo Producto Interno Bruto per cápita es de 25 mil dólares, y hay otros que representan a países en los que ese indicador es de 300 dólares. La diferencia, además, aumenta de año en año.

En este recinto hay representantes de países que tienen al parecer por delante un futuro promisorio. Son los que cuentan con solo el 20 por ciento de la población mundial y controlan el 86 por ciento del PIB del mundo, el 82 por ciento de los mercados mundiales de exportación, el 68 por ciento de las inversiones extranjeras directas y el 74 por ciento de las líneas telefónicas que existen en el planeta.

Pero, ¿qué decir del futuro de los que representamos aquí al 80 por ciento de la población mundial, los que representamos a los países que fuimos durante siglos colonizados y saqueados para engrosar la riqueza de las antiguas metrópolis?

Es cierto que ha pasado el tiempo, que la historia es como fue y no como hubiésemos querido que fuera. Pero ¿debemos resignarnos a que el futuro sea igual? ¿Podemos sentirnos tranquilos sabiendo que la riqueza de las tres personas más ricas del mundo es superior al total del PIB de los 48 países menos desarrollados, con sus 600 millones de habitantes, y cuyos representantes se sientan hoy en esta sala clamando justicia?

En esta sala hay representantes de países donde la mayoría de su población, que apenas crece, tiene garantizado un nivel de vida decoroso y una parte, incluso, tiene un nivel de vida opulento. Son los que gastan cada año 12 mil millones de dólares en perfumes y 17 mil millones en alimentos para animales domésticos.

Pero hay una mayoría representada en esta sala que no puede sentirse optimista. Es la que tiene 900 millones de hambrientos y 1 300 millones de pobres. Mis hermanos, representantes de Africa que están aquí hoy, no tienen razones para sentirse tranquilos: saben que hoy el continente tiene 23 millones de infectados de SIDA, y saben también que el tratamiento de un infectado con el virus del SIDA cuesta 12 mil dólares anuales y que se necesitarían casi 300 mil millones de dólares para que los africanos puedan recibir el tratamiento que ya reciben hoy los enfermos en los países ricos.  

¿Piensan acaso mis colegas, representantes de 6 mil millones de habitantes del planeta, a los que se suman más de 80 millones cada año, casi todos en el Tercer Mundo, que una situación como esta puede perpetuarse en el próximo siglo?  

¿Cómo podremos evitar unos y otros que continúe creciendo el número de emigrantes de los países pobres que marchan en busca de un sueño a los ricos, si el actual orden económico del mundo no permite que encuentren en sus países de origen las condiciones para una vida decorosa?

En esta sala unos pocos de mis colegas representan a países que no tienen que temer ninguna amenaza militar en el próximo siglo. Algunos, incluso, tienen armas nucleares, o pertenecen a una alianza poderosa o reequipan cada año sus ejércitos con armas mejores y más sofisticadas. Son los que consideran a todos los demás simple periferia euroatlántica de la OTAN, y no tendrán, por tanto, que padecer demoledores bombardeos masivos por atacantes invisibles, en virtud de lo que se ha dado en llamar la nueva concepción estratégica de la agresiva organización militar.

Pero la inmensa mayoría de los que estamos sentados aquí hoy no tenemos esas seguridades. Vemos con preocupación que en un mundo dominado por una sola potencia militar y tecnológica, estamos hoy menos seguros que en los años difíciles de la Guerra Fría.

Si un día quisiéramos reunir al Consejo de Seguridad para discutir una situación de amenaza contra uno de nuestros países pobres, ¿creen ustedes, Excelencias, que podríamos lograrlo? Me temo que ejemplos recientes prueban lo contrario.

¿Por qué no se habla en esta sala del desarme general y completo, incluido el desarme nuclear? ¿Por qué se intenta controlar solo la existencia de armas ligeras, necesarias, por ejemplo, en el caso de Cuba, agredida y bloqueada durante cuarenta años, y no hablar siquiera de las mortíferas bombas guiadas por láser, los proyectiles de uranio empobrecido o las bombas de racimo o de grafito que Estados Unidos utilizó indiscriminadamente en los bombardeos contra las poblaciones civiles en Kosovo?

¿Alguien podría sostener que legaremos un mundo justo y seguro a nuestros hijos si no cambiamos los injustos y desiguales raseros con que hoy se miden cuestiones tan medulares para nuestra seguridad colectiva?

¿Hay también que aceptar la imposición de las reglas del libre mercado y la sacrosanta ley de la oferta y la demanda en el brutal comercio de la muerte? ¿Qué impide a la comunidad internacional intentar, de manera racional y coordinada, destinar gran parte de los 780 mil millones de dólares que hoy se dedican a presupuestos militares a fomentar el desarrollo en los países del Tercer Mundo?

Es por ello que defendemos con tanta pasión el respeto a los principios del derecho internacional que durante más de medio siglo han presidido las relaciones entre todos los países. ¿Qué quedará para nuestra defensa si en el futuro los países pobres no pudiéramos invocar principios tales como el del respeto a la soberanía y la autodeterminación, la igualdad soberana de los Estados y la no injerencia en los asuntos internos de otro país? ¿Cómo podríamos pedir el rechazo de la comunidad internacional a la amenaza contra uno de nuestros países si esos principios, hoy violados en la práctica de manera sistemática y flagrante, fueran borrados de la Carta de las Naciones Unidas?

CREEMOS NECESARIA LA DEFENSA HOY MAS QUE NUNCA
DE LA ORGANIZACION DE NACIONES UNIDAS, TANTO LA
NECESIDAD DE SU EXISTENCIA COMO DE SU DEMOCRATIZACION

En un mundo unipolar, los intentos de imponer nociones como la de limitación de la soberanía o injerencia humanitaria no favorecen la seguridad internacional y amenazan a los países del Tercer Mundo, que no tienen ejércitos poderosos ni armas nucleares. Tales intentos deben, por tanto, cesar. Violan la letra y el espíritu de la Carta.

Por otra parte, creemos necesaria la defensa, hoy más que nunca, de la Organización de las Naciones Unidas. Defendemos tanto la necesidad de su existencia como la de su democratización. El desafío que se nos plantea es el de reformar las Naciones Unidas para servir por igual a los intereses de todas las naciones.

Defendemos tanto la necesidad de que exista el Consejo de Seguridad, como la de hacerlo más amplio, democrático y transparente. ¿Por qué no ampliar sus miembros permanentes? ¿Por qué no podrían ingresar al menos de dos a tres nuevos miembros permanentes de América Latina, Africa y Asia, si hoy existen más de tres veces el número de países que fundaron las Naciones Unidas en San Francisco en 1945, y la inmensa mayoría, que son los del Tercer Mundo, no poseen uno solo?

No defendemos, sin embargo, el veto. Creemos que nadie debería tenerlo. Pero si no fuera posible eliminarlo, al menos tratemos de que esta prerrogativa esté más compartida, y aprobemos que todos los nuevos miembros permanentes tengan también derecho al veto. ¿Por qué, si no se puede ahora eliminar el veto, no se restringe a aquellas medidas que se propongan en virtud del Capítulo VII de la Carta?

Un solo país puede hoy anular la voluntad de todos los demás miembros de las Naciones Unidas. Y uno ha ejercido el derecho al veto sin límite alguno infinidad de veces: Estados Unidos. Eso no es sostenible.

En las Naciones Unidas hay que frenar la tentativa de imponernos el pensamiento único, haciéndonos creer que es nuestro, o que es superior a nuestra rica diversidad de culturas y modelos, o que es más avanzado y moderno que nuestras múltiples identidades. Para sobrevivir tendremos que oponernos a que se nos trate como simple periferia euroatlántica, y a que se consideren amenazas globales los problemas que enfrentamos como consecuencia del colonialismo, el subdesarrollo, el consumismo de los países ricos, o incluso como consecuencia de políticas recientes o actuales de estos países.

En esta sala están presentes los re-presentantes del Grupo de los Siete, países con 685 millones de habitantes, cuyas economías suman 20 millones de millones de dólares de PIB, y estamos también los otros 181 países, con más de 5 mil millones de habitantes y economías que suman apenas 10 millones de millones de dólares de PIB.

¿Somos iguales unos y otros? Según la Carta de Naciones Unidas, sí; pero según la vida real, no.

Mientras los países ricos tienen las empresas transnacionales, que controlan más de un tercio de las exportaciones mundiales, los países pobres tenemos la carga asfixiante de la deuda externa, que asciende a 2 millones de millones de dólares y no deja de crecer, mientras devora casi el 25 por ciento de nuestras exportaciones para el pago de su servicio. ¿Cómo puede concebirse así nuestro desarrollo?

Mientras se habla insistentemente en esta sala de la necesidad de una nueva arquitectura financiera mundial, se abate sobre nuestros países el flagelo de un sistema que permite se realicen cada día operaciones especulativas por valor de 3 millones de millones de dólares. Ese edificio no tiene arreglo: no se trata de reformarlo, sino de demolerlo y construir uno nuevo.

¿Alguien podría explicar la lógica de esta economía fantasma, que no produce nada y se mantiene a base de comprar y vender lo que no existe? ¿Debemos o no demoler este sistema financiero caótico y fundar sobre sus ruinas un sistema que privilegie la producción, considere las diferencias y deje de obligar a nuestras maltrechas economías a vivir permanentemente en la ilusión imposible de aumentar las reservas financieras? Estas, tarde o temprano, se evaporan en medio de la lucha desesperada y desigual para defender nuestras monedas frente a la fuerte y superfavorecida moneda del anacrónico acuerdo de Bretton Woods: el sacrosanto dólar.

Cuando se escriba la historia de estos años, será muy difícil explicar cómo un solo país pudo acumular tantos privilegios y tan absoluto poder. ¿Qué dirán los economistas del próximo siglo cuando constaten que Estados Unidos pudo vivir con un déficit de cuenta corriente que ya ronda los 300 mil millones de dólares, sin que el FMI le impusiera uno solo de los severos programas de ajuste que empobrecen a los países del Tercer Mundo? ¿Quién explicará que, gracias al privilegio de tener la moneda de reserva del mundo, los norteamericanos son los pobladores de este planeta que menos ahorran y más gastan? ¿Alguien les dirá que en 1998 pudieron importar automóviles por 124 mil millones de dólares o gastar 8 mil millones de dólares en cosméticos gracias, en buena medida, a que controlan el 17,8 por ciento de los votos del FMI, lo que les da un virtual poder de veto? ¿Y cómo explicarles a los ciudadanos de Tanzania, por ejemplo, que mientras esto ocurría ellos tenían que dedicar al servicio de la deuda nueve veces lo que a atención primaria a la salud y cuatro veces lo que a educación primaria?

EL ACTUAL SISTEMA ECONOMICO INTERNACIONAL ES, ADEMAS
DE PROFUNDAMENTE INJUSTO, ABSOLUTAMENTE INSOSTENIBLE

El actual sistema económico internacional es, además de profundamente injusto, absolutamente insostenible. No puede sostenerse un sistema económico que destruye el medio ambiente. La disponibilidad de agua potable es hoy el 60 por ciento de los niveles de 1970, y somos hoy 2 300 millones de seres humanos más que entonces. Igual ocurre con los bosques. ¿Alguien podría defender en esta sala que tal ritmo de destrucción puede perdurar indefinidamente?

No puede sostenerse un sistema económico basado en los patrones irracionales de consumo de los países ricos, que se exportan después, mediante los medios de difusión, a nuestros países. ¿Por qué no aceptar que es posible una vida decorosa para todos los habitantes del planeta con los recursos a nuestro alcance, con el grado de desarrollo tecnológico que hemos alcanzado y mediante una explotación racional y solidaria de todo ese potencial?

¿Cómo explicar que los países miembros de la OCDE, a cuyos representantes me dirijo con todo respeto en este momento, hayan retrocedido hasta alcanzar menos de la tercera parte del objetivo mínimo trazado en 1970 de dedicar el 0,7 por ciento de su PIB como Asistencia Oficial al Desarrollo?

Habiéndole preguntado a un miembro de nuestra delegación, Diputado a la Asamblea Nacional que profesa la fe cristiana, qué diría la Biblia sobre un orden económico tan injusto, contestó sin vacilaciones con las palabras textuales de un profeta de su libro más sagrado: "Isaías, capítulo X, versículos 1, 2 y 3: ¡Ay de ustedes, que dictan leyes injustas y publican decretos intolerables, que no hacen justicia a los débiles ni reconocen los derechos de los pobres de mi pueblo, que no ayudan a las viudas y ultrajan a los huérfanos! ¿Qué harán ustedes cuando tengan que rendir cuentas, cuando vean venir de lejos el castigo? ¿A quién acudirán pidiendo ayuda? ¿En dónde dejarán sus riquezas?".

Sé que en esta sala muchos comparten estas preocupaciones y sé también que casi todos nos hacemos la misma pregunta: ¿se preservará la OMC del peligro de ser convertida en un feudo de los Estados Unidos y sus aliados, como lo son hoy el FMI y el Banco Mundial? ¿Lograremos realmente que la OMC sea el foro democrático y transparente que necesitamos, o se impondrán los poderosos intereses de la minoría, en detrimento de la mayoría silenciosa que, dividida, confundida y poco alerta, no atina hoy a comprender los peligros de una liberalización fría y dogmática del comercio mundial? ¿Se acordarán de que la inmensa mayoría de los países del Tercer Mundo, dependientes de la exportación de un producto agrícola o de algunas especias, quedarán barridos del comercio mundial y aplastados por la competencia feroz de unas cuantas transnacionales? ¿Deberíamos o no tener en cuenta estas realidades y aceptar la necesidad de que se preserven los intereses de los países subdesarrollados, tan siquiera para garantizar su sobrevivencia?

¿Cómo vamos a competir los países pobres si nuestros profesionales marchan a las naciones ricas en busca de mejores oportunidades, si ni siquiera nos permiten conservar a nuestros atletas y vemos con dolor cómo compiten bajo la bandera de otro país?

¿Cómo vamos a competir económicamente las naciones pobres si los diez países más desarrollados controlan el 95 por ciento de las patentes expedidas en los últimos veinte años, y la propiedad intelectual, lejos de liberalizarse, es cada vez más protegida?

Hablarnos a los países pobres de comercio por Internet resulta casi una broma, cuando se sabe que el 91 por ciento de los usuarios de Internet viven en países de la OCDE. ¿Podrá algún día transformarse la situación actual en que, mientras en Estados Unidos, Suecia y Suiza existen más de 600 líneas telefónicas por mil habitantes, en Cambodia, Chad y Afganistán hay un teléfono por cada mil habitantes?

Señor Presidente, Excelencias:

En medio de este cuadro dramático para la inmensa mayoría de los países del mundo, me veo obligado a hablar de mi país. Si existe un ejemplo elocuente de lo que no debiera ocurrir en el mundo en las relaciones entre poderosos y pequeños, ese ejemplo es lo que está ocurriendo con Cuba.

Durante más de cuarenta años, mi pueblo ha estado sometido a una política brutal de hostilidad y agresiones de todo tipo por parte de Estados Unidos, destinada confesamente por las máximas autoridades de esa potencia a destruir el sistema político y económico que por su libre voluntad el pueblo cubano ha construido, y a restablecer el dominio neocolonial sobre Cuba que definitivamente esa potencia perdió el 10 de Enero de 1959 con el triunfo de la Revolución Cubana. Como ha quedado demostrado por los hechos y por las propias declaraciones públicas de voceros norteamericanos y documentos secretos ya desclasificados en Estados Unidos, esa política agresiva se ha valido de medios que van desde las acciones políticas, diplomáticas, propagandísticas, de espionaje y subversión, el aliento a la deserción y la emigración ilegal, hasta la ejecución de actos terroristas, de sabotaje y de guerra biológica, la organización y apoyo de bandas armadas, la realización de incursiones aéreas y navales contra nuestro territorio, la organización de más de 600 planes para asesinar al líder de nuestra Revolución, la invasión militar por un ejército mercenario, la más grave amenaza de un conflicto nuclear mundial que hemos conocido, en el mes de octubre de 1962, y, finalmente, un brutal bloqueo comercial y financiero y una feroz guerra económica contra mi patria que ha durado ya cuarenta años.

Sin incluir el aspecto económico de la agresión contra Cuba, y ciñéndose únicamente a las agresiones físicas y acciones bélicas llevadas a cabo por el Gobierno de Estados Unidos, recientemente las organizaciones sociales cubanas presentaron, en nombre de todo el pueblo de Cuba, una demanda de carácter civil reclamando al Gobierno de Estados Unidos la reparación de daños e indemnización de perjuicios por la vida de 3 478 ciudadanos cubanos que han muerto y otros 2 099 sobrevivientes que han quedado incapacitados como consecuencia de los planes encubiertos y la guerra sucia de Estados Unidos. En la demanda se solicita la condena al Gobierno de Estados Unidos, en su condición de responsable de esos daños humanos, al pago de una suma total de 181 100 millones de dólares por concepto de reparación e indemnización, como mínima y simbólica compensación por algo que es sin duda insustituible e imposible de valorar, que es la vida y la integridad física de más de 5 500 cubanos que han sido víctimas de la política obsesiva de Estados Unidos contra Cuba.

En el proceso abierto y público seguido para la consideración de esta demanda, televisado a toda la nación, quedó claramente probada la responsabilidad directa del Gobierno de Estados Unidos en esta continuada agresión, el hecho de que la guerra no declarada contra Cuba ha constituido una política de Estado, desarrollada nada menos que por nueve sucesivas administraciones norteamericanas durante los últimos cuarenta años.

¿Qué podrán decir a sus nietos aquellos dirigentes, funcionarios y agentes del Gobierno de Estados Unidos que llevan sobre sus conciencias el peso de la planificación y ejecución de esta guerra sucia contra Cuba, y la carga moral de la responsabilidad por la muerte de miles de cubanos?

¿Podremos permitir que perdure en el próximo siglo un sistema internacional en virtud del cual acciones monstruosas de esta naturaleza, perpetradas de manera sistemática y flagrante por una gran potencia, permanezcan completamente impunes?


II PARTE


         Réplica de Peter Burleigh, representante permanente alterno de Estados Unidos ante la ONU

         Contrarréplica de Hassán Pérez ante la 5ta Asamblea de la ONU


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