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DIGITAL. La Habana. Cuba
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Hablando deportivamente, en pelota se
llamaría un
no hit, no run; en boxeo se diría que todos los puntos
fueron de coincidencia, ningún juez votó en contra.
El ganador, en la esquina roja: Cuba, 20 a 0
Comparecencia del Presidente Fidel
Castro, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista
de Cuba y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de la República de
Cuba, en el
Programa Especial sobre el Movimiento Deportivo Nacional e Internacional, en los
Estudios de la
Televisión Cubana. 2 de septiembre de 1999, Año del 40 Aniversario de la
Revolución
Estimados televidentes;
Distinguidos invitados:
El 9 de agosto, al finalizar los Juegos
Panamericanos de Winnipeg, el Gobierno de Cuba a través del INDER se comprometió a
realizar una investigación profunda sobre la imputación de dopaje a dos atletas del
Equipo Nacional de Pesas que habían sido sancionados y despojados de las medallas de oro
obtenidas, a fin de esclarecer si se trataba de una canallada más contra nuestro país o
efectivamente existía la presencia de una sustancia anabólica en el organismo de los
mencionados deportistas, la causa de esa presencia y la responsabilidad que podía
corresponder al entrenador, al médico o a los propios atletas. Que tal como había sido
siempre nuestra invariable línea de conducta, los resultados de una investigación que
estábamos ya realizando sobre los atletas de pesas a los que se les retiró la medalla,
serían informados oportunamente a la opinión pública nacional e internacional.
Esa investigación, después de intensos esfuerzos, ha concluido y procederemos de inmediato a cumplir la promesa que hicimos.
Como las imputaciones y sanciones a nuestros atletas estaban estrechamente relacionadas y sirvieron de base a una colosal campaña contra ellos y contra el deporte revolucionario, hablaré con toda claridad y franqueza no solo de los integrantes de nuestro equipo de pesas, sino también de Javier Sotomayor, recordista mundial, campeón olímpico y varias veces campeón mundial, figura insigne de nuestro deporte, y lo ocurrido con estos atletas en las competencias panamericanas de Winnipeg.
Todo comenzó de la siguiente forma:
El 2 de agosto de 1999, diez días después de iniciados los Juegos Panamericanos, a las 5:25 de la tarde, desde mi oficina me informan que Christian Jiménez, vicepresidente del INDER, comunicaba lo que a continuación se expresa textualmente:
"Llamó Humberto (Presidente del INDER y jefe de la delegación cubana en Winnipeg), para que trasladara con urgencia un mensaje para el Comandante.
"Todo parece indicar que como parte de la maniobra quieren vincular a Javier Sotomayor con un problema de dopaje. Todavía no se ha hecho público.
"Por tal motivo, mañana salen para Montreal, donde está el laboratorio que se encarga de estos análisis, el director del Instituto de Medicina Deportiva (Mario Granda), el doctor Alvarez Cambras y el doctor Quintero (médico de atletismo).
"Dice Humberto que la propuesta que él tiene es que si logramos demostrar que es una maniobra más, mañana haríamos pública esta información como una condena.
"En opinión de Humberto, esta es la más grande y desesperada maniobra de todas cuantas nos han hecho.
"De todas formas, él considera que hay que esperar el contacto de mañana para conocer los resultados y en consecuencia hacerlos públicos."
Según todas las normas, una información de esta índole no se anuncia oficialmente hasta después de ser analizadas, en el laboratorio destinado a esos fines, las muestras de orina contenidas en dos frascos, A y B, con el código del atleta. En el caso de Sotomayor, casi de inmediato la noticia, evidentemente filtrada desde el propio laboratorio, corrió como pólvora por todas partes apenas analizada la primera muestra.
El 3 de agosto un despacho cablegráfico de la agencia AFP informaba desde Winnipeg:
"El presidente de la ODEPA, Mario Vázquez Raña, se negó a confirmar el martes si el plusmarquista cubano Javier Sotomayor dio positivo en un primer control antidopaje, pero reconoció la existencia de un caso pendiente y pidió 'paciencia' a 'nuestros amigos los cubanos'.
"La bomba estalló en la misma rueda de prensa en que Vázquez Raña anunció el retiro de la medalla de oro a la atleta dominicana Juana Arrendel, campeona panamericana de salto de altura femenino.
"Interrogado directamente si 'Javier Sotomayor había dado positivo' en el primer test, el presidente de la organización Deportiva Panamericana, Vázquez Raña, respondió: 'hay un atleta en estudio. Le salió positivo a un atleta. No puedo decir nombres, pero usted lo dijo'".
A partir de ese instante se desató el pandemónium a través de todos los medios de prensa escrita, radial y televisiva. El Departamento de Versiones Taquigráficas del Consejo de Estado recogió un volumen de 277 páginas de noticias, despachos cablegráficos, artículos y comentarios relacionados con la presencia de altas dosis de cocaína, según el laboratorio de Montreal, en la orina de Javier Sotomayor, publicados en solo 6 días, entre el 3 y el 9 de agosto. El volumen contenía una insignificante parte de lo emitido por escrito en el mundo.
Si exceptuamos las declaraciones de sus compañeros y de personas que a lo largo de muchos años conocían a fondo la vida deportiva, los hábitos, normas y comportamiento del atleta, cuya insuperable cadena de triunfos y su imponente récord eran objeto de admiración entre niños, jóvenes y aficionados de todo el mundo, ningún despacho cablegráfico o noticia emitida por cualquier medio expresaba la menor duda sobre la transparencia del proceso antidoping, la objetividad e infalibilidad de la prueba y la justeza absoluta de un juicio sumarísimo, implacable e inapelable, que en cuestión de horas convertía en polvo la vida, el honor y la gloria de un extraordinario deportista.
A Sotomayor, atleta humilde que despreció ofertas millonarias, su esposa, su madre y sus hijos no les quedaría más que cargar por el resto de su vida el estigma de "vicioso incorregible", "consumidor habitual de cocaína", como lo calificaran con cinismo algunos de sus verdugos.
En Winnipeg, nuestra propia gente, es decir dirigentes y técnicos principales de la Delegación cubana, realmente se desconcertaron. En medio de un ambiente de hostilidad, difamación y acoso desatado contra ella desde el primer día Åcomo no había ocurrido nunca en una competencia deportiva de alto rango internacional, y en vísperas del Campeonato Mundial de Atletismo en Sevilla y de los próximos Juegos Olímpicos en SidneyÅ, y que con firmeza y valentía soportaron hasta el final, no imaginaban siquiera semejante golpe contra su más prestigioso atleta.
Aunque todos estaban absolutamente seguros de que era imposible que Sotomayor hubiese incurrido en semejante falta, el proceso de toma, codificación, transporte y análisis de las muestras, el secreto total de la identidad del atleta donante, la honradez cabal e incorruptible honestidad de los que dirigían y participaban en el mismo, era algo intocable y sagrado que a nadie se le ocurría poner en duda. Existía además un reglamento riguroso, inviolable, aunque a los compañeros les constaban las incesantes violaciones de todas las normas establecidas, y que con lo indicado por el reglamento muchas veces ocurría lo mismo que con las señales de tránsito. Lo que dijera el laboratorio había sido siempre la última palabra como un dogma o una verdad revelada. Allí estaban simplemente los sofisticados equipos mostrando la presencia de cocaína en las muestras de la real o supuesta orina de Javier Sotomayor en el análisis del frasco B, un segundo, infalible y definitivo testimonio de la verdad absoluta.
Nunca nadie había cuestionado el sacrosanto testimonio de un laboratorio; no era siquiera concebible, aun cuando todo el mundo conociera la creciente corrupción y la deshonestidad que la comercialización y el mercantilismo han traído al deporte; y como si no existieran variadas posibilidades de predeterminar el contenido de esas muestras desde que el propio atleta se instala en la villa olímpica, donde ingiere alimentos y líquidos que otros le preparan y suministran, hasta el momento mismo en que su orina es recogida, manipulada, envasada, codificada y transportada hasta el laboratorio, donde incluso a juzgar por las irregularidades que en el de Montreal se vieron, puede ser contaminada por un funcionario venal que conozca la identidad del atleta que la suministró, revelada por cualquier otro tan venal como él, de los varios que la conocen, incluido el que toma la muestra y llena la primera planilla con los datos del atleta y el número de las muestras para después remitirla a sus jefes superiores.
Me contaron que en Canadá esta tarea era realizada por voluntarios. Basta un poco de memoria para guardar en la mente una cifra de seis dígitos, más fácil de recordar que el teléfono, en la Ciudad de La Habana, de una joven simpática. Con un nombre tan conocido como el de Javier Sotomayor, si alguien sobornara a un tomador de muestras, éste no tendría que realizar gran esfuerzo para recordarlo. En cuestión de minutos, nombre y clave estarían en manos de quien estuviera dispuesto a pagar ese servicio. Sería más justo afirmar que lo más posible es que la información pudiera ser suministrada por alguien de más jerarquía, que recibe las claves pertinentes, entre quienes hay gente conocidamente corrupta.
Había desorden. Todos los atletas de pesas refieren textualmente que "durante la notificación del control doping, posterior a la competencia, en Winnipeg, les entregaron agua, refresco dirigido en el área de calentamiento. No lo hicieron en el área de control de doping ni les dieron a escoger la bebida refrescante al azar de un refrigerador," como está establecido.
También refieren que "las pruebas de doping de los cubanos se las hacían siempre en un cuarto específico, diferente al lugar del resto de los atletas extranjeros."
Carlos Hernández, pesista de la categoría de 94 kilogramos, ganador de la medalla de oro, cuenta que "con posterioridad a la ingestión de la bebida refrescante que le entregaron, le dio un descenso de la presión arterial."
Todos los entrenadores de esta disciplina relatan que "a los atletas cubanos les hacían las pruebas en un cuarto aparte y además eran obligados a tomar la bebida refrescante en un lugar determinado y dirigido, en ocasiones caliente."
A pesar de la manifiesta hostilidad, arbitrariedades, irregularidades y trampas que nuestra delegación tenía que soportar cada día, nuestra gente no analizó las hipótesis mencionadas anteriormente. El equipo señalaba que había cocaína. Por tanto, aunque Sotomayor jamás hubiese ingerido de modo consciente la fatídica y deshonrosa sustancia, había que buscar cómo justificarlo. Había salido ya para Cuba tan pronto terminó la competencia, no podía siquiera tomársele de inmediato otra muestra de orina; la cocaína desaparece en cuestión de días, casi de horas. La competencia había sido el día 30 de julio. Era ya el 3 de agosto en la noche. Los "expertos" del laboratorio y de la Comisión Médica de la ODEPA afirmaban con presuntuosa y autosuficiente seguridad que el atleta había ingerido una buena dosis de cocaína dos días antes. Algunos me aseguran que si tal dosis fuese cierta, Sotomayor no habría podido levantarse de la cama, mucho menos saltar dos metros 30 centímetros sin rozar la varilla en el primer intento.
Cualquiera puede comprender la amargura y la angustia de los responsables y los técnicos de nuestra delegación. Estaban convencidos de la inocencia del noble y prestigioso atleta. Tenía que haber consumido alguna infusión o té. ¿Cómo saberlo? No había tiempo siquiera para averiguarlo. La Comisión se reuniría para tomar una decisión en la mañana siguiente. Si no había otra alternativa, estaban dispuestos a sacrificar su honor e incluso su propia vida para salvar el honor de Sotomayor y su derecho a seguir compitiendo, a participar en el Mundial de Atletismo y culminar invicto su colosal carrera deportiva en Sidney. Recordaron que en Atlanta u otro lugar las autoridades habían sido benévolas con atletas distinguidos juzgados por dopaje, si aparecía una explicación banal y piadosa como la de una medicina o una bolsita de té.
Esa misma noche del día 3 de agosto, a las 10:30 p.m., le comunicaron sus puntos de vista al ilustre Presidente de la Comisión Médica de la ODEPA, el doctor Eduardo de Rose, quien se mostraba aparentemente consternado, comprensivo y amistoso. No fueron pocos los groseros insultos y las sarcásticas burlas con que más tarde, ante los medios masivos de difusión, atacó a Sotomayor y a nuestro personal técnico. El gesto y el móvil de nuestro equipo técnico, cuya influencia y prestigio resultaron determinantes en la decisión tomada,eran altruistas, desinteresados y generosos. Por ello me duele tener que hacerles esta crítica; pero en ese instante olvidaron que allí en Winnipeg no se estaba lidiando con gente honrada, que contra nuestros atletas y nuestro país se libraba una sucia y mezquina guerra política y que no podíamos enfrentar esa batalla con tales tácticas, que no era cuestión de argumentos y justificaciones de carácter técnico. De nada valdría lo que voy a exponer más adelante si no tenemos el valor de reconocer nuestros propios errores y exponerlos públicamente.
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