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DIGITAL. La Habana. Cuba
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Cuba ha desarrollado una verdadera
y sana cultura deportiva
Discurso pronunciado por el
presidente Fidel Castro Ruz, Primer Secretario del Comité Central del
Partido Comunista de Cuba y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, durante
el encuentro
con representantes de la delegación deportiva que asistió a los Juegos Panamericanos de
Winnipeg,
el 13 de agosto de 1999, complementado con argumentos y datos adicionales elaborados por
él.
(Versiones Taquigráficas - Consejo de Estado)
Queridos atletas;
Queridos compañeros del Comité Olímpico y del INDER;
Queridos compañeros invitados:
Este es un acto pequeño en volumen, en el número de personas presentes, pero grande en su significado, y no porque ustedes hayan querido hacerme el honor de un homenaje con motivo del cumpleaños, sino porque, en primer lugar, me dan oportunidad de agradecerles este gesto tan amistoso, fraternal y cariñoso.
Como ustedes saben bien, a lo largo de mi vida revolucionaria, constituida por más de las dos terceras partes de mi vida, especialmente después que la victoria nos llevó a la dirección del país, nunca he celebrado públicamente los cumpleaños.
Esta vez me informaron que nuestros atletas querían invitarme a un sencillo acto. Vi la ocasión de expresarles una vez más mi gran admiración por las proezas que ustedes han sido capaces de realizar siguiendo las tradiciones del deporte revolucionario que se inició hace algo más de 40 años, y, en particular, la oportunidad de hablar sobre un tema que considero de mucha importancia, no de las glorias deportivas pasadas y presentes, sino de las glorias futuras.
Del pasado reciente, de lo que acaba de ocurrir en las competencias panamericanas, hablaron larga y brillantemente un grupo de compañeros a los que tuvimos la posibilidad de escuchar a través de los canales de nuestra televisión. No diré una palabra sobre todo lo ocurrido en Winnipeg; prefiero otra cosa, referirme a tres puntos que fueron ya anunciados en la mesa redonda del miércoles, sobre dos de ellos muy brevemente y con más amplitud sobre el tercero.
Allí los compañeros informaron tres cosas: Héctor, moderador del programa, trasmitió unas palabras que le dije durante una conversación en la que le expresé cuánta pena y dolor nos causaba que en los momentos más emocionantes de esas competencias, momentos de gran pasión patriótica, de enorme interés, durante los eventos, en los tiempos que se solicitaban en cada partido, o entre inning e inning, la atención se viese interrumpida por propaganda comercial en el más puro estilo capitalista, en el más puro estilo de las sociedades de consumo, algo que se produjo como consecuencia de la situación tan difícil en que nos vimos envueltos durante los peores años del período especial, en que si no buscábamos fondos a través de la publicidad, no era posible trasmitir los eventos deportivos a nuestro pueblo que, como ustedes conocen, son seguidos por millones de personas en nuestro país. En estas competencias, especialmente importantes, duras y difíciles, nos dolían aún más aquellos anuncios comerciales, cuando precisamente estábamos sufriendo allí, en Winnipeg, las más desagradables consecuencias de la comercialización de algo tan puro como es el deporte. Le dije que nunca más habría anuncios comerciales en la trasmisión de las competencias deportivas; esos minutos servirán para explicaciones, comentarios acerca del evento, del comportamiento de los atletas, sus méritos, que ayuden a enriquecer aún más la gran cultura deportiva de nuestro pueblo.
En segundo término, se anunció por el compañero Humberto, Presidente del Instituto Nacional de Educación Física y Deportes, que Cuba procedería de inmediato a crear un laboratorio, para apoyar el deporte y defender a nuestro país de cualquier trampa, de cualquier suciedad, de cualquier bajeza que nos puedan hacer en unas competencias cada vez más comercializadas; pero, además, proteger el honor de nuestros atletas y de nuestra patria, aun en el caso de que algún atleta o su entrenador cometiera el error de buscar ventaja con algún producto o sustancia anabólica, lo que no se corresponde en absoluto con la dignidad, el honor y el coraje de nuestros atletas, con los cuales realmente hemos ganado muchas medallas.
Un buen laboratorio nos protegería de cualquier contingencia de esa índole, serviría de apoyo a los hermanos países del Caribe, de Centroamérica y Suramérica, que no tienen o no disponen de ningún laboratorio que permita detectar tales sustancias y tienen que acudir a otros países muy desarrollados para pagar carísimo cualquier prueba. Nosotros, excepto cuando los panamericanos, en que arrendamos algunos equipos para esos fines, no disponemos de esos laboratorios y tenemos que enviar también las muestras al exterior.
Crearemos ese laboratorio y sin un gran costo, porque lo más importante son los técnicos y los científicos, de los que disponemos en elevadísimo número y de gran calidad. Los equipos de laboratorio serán muy modernos, nos ayudarán a ahorrar gastos que hacemos actualmente, y su valor o costo podrá irse recuperando progresivamente con servicios que prestemos a otros países a precios mínimos, muy por debajo de lo que les puedan cobrar en esos laboratorios del mundo desarrollado y rico.
Ellos contarán con muchos recursos financieros, pero nosotros tenemos un capital humano extraordinario, los científicos necesarios, seriedad y prestigio, como para que se tenga en nuestro país confianza plena, más importante, incluso, que la recuperación del costo de los equipos, que a pesar de la calidad de los mismos es bastante modesto. Estaremos protegidos contra canalladas y errores, las dos cosas. Uno que falle mancha en parte las glorias y los méritos de todos los demás, y sirve de material para infames y groseras calumnias.
El tercer punto que me falta, y en este me voy a extender un poco más, es la noticia informada ese mismo miércoles, al final de la trasmisión, por el compañero Fernández, Presidente del Comité Olímpico, comunicando que nuestro país comenzará la batalla para ser sede algún día de unas Olimpiadas, y esa batalla la comenzamos desde ahora mismo, y con la vista puesta en el año 2008, puesto que ya la del 2004 está concedida a Atenas, de lo cual no nos quejamos ni mucho menos, porque allí mismo se inició, hace más de 20 siglos, la historia de los Juegos Olímpicos.
Allí nacieron. Pensamos que al cumplirse el centenario del resurgimiento de las Olimpiadas en 1896, debió otorgársele a Atenas la sede de las mismas, si en el mundo imperara un poco de dignidad, honor y justicia; en cambio, fueron a parar a Atlanta, en el país rico, poderoso, donde las trasmisiones y la publicidad generan más fondos y más recursos. En consecuencia, recibieron la sede por cuarta vez en este siglo y relegaron a Atenas, a la cual finalmente se le hizo justicia.
Confiemos en que, aun en este mundo de tantas injusticias, la moral y la razón terminan por imponerse. Por ello aplaudimos la sede de Atenas; asistiremos a esa competencia con nuestros mejores atletas, cada vez más preparados, a luchar allí por un lugar de honor.
Vendrán luego los Juegos del 2008. Digo que la batalla se inicia desde ahora, ¡hay que iniciarla! Ya se inició el día en que se anunció nuestra legítima aspiración. No quiere esto decir que vaya a resultar fácil que se nos haga justicia en el año 2008, que la moral y la razón triunfen ese día; pero si no los alcanzamos en el 2008, los alcanzaremos en el 2012, y no creo que rebase el año 2016 si luchamos bien y continuamos esforzándonos. Casi podríamos afirmar que sería el plazo máximo para alcanzar la meta.
Quería explicarlo para que conozcan ustedes y conozca nuestra población qué significa luchar por ser sede de unas Olimpiadas, batalla que se inicia ahora y que, para comenzar, girará en torno a la sede del año 2008.
¿Cuáles son los argumentos por los cuales nosotros estamos ya solicitando, aunque no se hayan realizado todavía trámites formales, la sede de las Olimpiadas? Se los voy a explicar, y no creo que nadie, dentro o fuera del país, nadie en el mundo, pueda rebatir nuestros argumentos y nuestro derecho.
Les diré, en primer término, que ni en la segunda mitad de este siglo, ni en la primera, ni en alguna otra época de la historia, un país, y en este caso un país pequeño del Tercer Mundo y, además, bloqueado económicamente por la potencia más poderosa y más rica de la Tierra, hostigado, agredido de mil formas diferentes, hizo por el deporte ni alcanzó los logros que, en un brevísimo período de tiempo, hizo y alcanzó Cuba.
Desapareció el profesionalismo y dejó de ser el deporte privilegio exclusivo de elites minoritarias para convertirse en un derecho de todo el pueblo. Ese derecho y el de competir con dignidad y prestigio en la arena internacional lo defendimos con heroísmo, particularmente aquel día en que el gobierno de Estados Unidos nos negó arbitrariamente la visa para participar en una competencia centroamericana y caribeña que tenía por sede un vecino y hermano país colonizado, que es Puerto Rico. Aquella vez con nuestro valor consagramos ese derecho, escribiendo, realmente, una página de honor y de gloria.
Se masificó en nuestra patria la educación física y el deporte como en ningún otro país del mundo: llegó a todos los niños, de todas las edades, de todas las escuelas del país, a todos los jóvenes, a todos los trabajadores y a todo el pueblo. Quien no lo practicaba sistemáticamente, lo disfrutaba a plenitud como espectáculo emocionante, atractivo y sano.
Las pocas páginas de nuestros periódicos no alcanzan para hablar, por ejemplo, de los cientos de equipos de pelota que los trabajadores azucareros han creado y sus constantes competencias, en todas las fábricas de nuestra principal industria agrícola, y hablo de un solo sector y un solo deporte.
Cuba es hoy uno de los pocos países en el mundo, entre los de cierto desarrollo en ese campo, donde no existe la comercialización ni la profesionalización del deporte.
Cuba jamás ha competido utilizando atletas extranjeros, siempre ha competido con sus propios atletas, sin una sola excepción, a lo largo de 40 años.
Cuba jamás ha robado un atleta o un talento deportivo; por el contrario, hemos formado aquí profesores, atletas que han ido a competir por sus países. Recuerdo, entre ellos, un joven boxeador puertorriqueño que quería mucho a Cuba, se hizo aquí licenciado en educación física y deportes, era un buen boxeador, y al terminar sus estudios volvió a su tierra natal para competir con el equipo de su país, como era su deber.
En las muy numerosas competencias de carácter internacional, de las más diversas disciplinas, en las que Cuba ha sido sede, jamás un atleta, un miembro de la delegación o un periodista, ha sido agredido físicamente; por el contrario, han gozado de todas las consideraciones y absoluto respeto. Y tampoco un atleta o un miembro de alguna delegación ha sido nunca agredido moralmente, jamás ha recibido un insulto.
Un buen ejemplo es el hecho de que a pesar de ser Estados Unidos nuestro gran adversario en el terreno deportivo, cientos de atletas norteamericanos participaron aquí en los Panamericanos de 1991, y nadie en absoluto puede hablar de un solo insulto, de una sola ofensa a un atleta norteamericano, pese a diferencias políticas, diferencias ideológicas y los enormes agravios que hemos recibido de Estados Unidos. Somos un pueblo de pensamiento, un pueblo que razona, portador de una elevada conciencia y cultura revolucionaria, no un pueblo de ciegos fanáticos políticos; jamás de la boca de un ciudadano de nuestro país, para orgullo de nuestra patria y nuestra Revolución, ha salido siquiera una palabra ofensiva para un atleta o una delegación visitante.
Jamás nuestra prensa ha ultrajado o ha calumniado a un atleta norteamericano u otro atleta extranjero. Muchas veces he ido a saludar a un equipo de voleibol o a un equipo de boxeo o de pelota norteamericano, que han competido en la Ciudad Deportiva u otras instalaciones y he conversado e incluso felicitado a destacados atletas de esa nacionalidad.
Puede venir cualquier atleta a nuestro país, de cualquier nacionalidad, y sentirse tranquilo, seguro, sin que nada lo perturbe, sin que ocurran cosas tan repugnantes como el hecho que tuvo lugar en aquel partido en que se decidían las glorias de no se sabe cuántos años de ininterrumpidos triunfos en uno de los deportes que más distingue y apasiona al pueblo porque es no solo un deporte nacional, sino que también sirve de recreación y entretenimiento a nuestro pueblo durante casi seis meses del año, me refiero a la pelota y al partido decisivo entre los equipos de Cuba y Canadá en los últimos Juegos Panamericanos que acabamos de celebrar en Winnipeg, cuando se había cumplido el out 25. Y todos ustedes saben que en un juego en el último inning, que está 5 a 1, a favor de un equipo que exhibe una moral altísima y el pitcher dominando, en su momento más alto, en su mejor momento psicológico, cuando cae el out 25 no hay la menor esperanza para el adversario, enseguida viene el 26 y el 27, y detrás el anuncio: "¡Se acabó el juego!", que nuestros narradores deportivos anuncian, incluso, unos cuantos segundos antes de que la pelota de rolling fácil o fly elevado llegue a manos del shortstop, la segunda base o el fielder: "Fly alto; lo está esperando, ¡se va a acabar el juego!" Tal es su confianza. Y no recuerdo ningún fly que se haya caído en el out 27. ¿Qué ocurrió allí? Una descarada, planeada, consciente y tolerada provocación, en ese preciso instante, que realmente afectó al pitcher, al catcher y a otros atletas claves.
Por la televisión no podíamos ver lo que pasó, porque la televisión, que era del país sede, no trasmitió una sola vista de lo que estaba ocurriendo. Nuestros canales solo podían exhibir aquella trasmisión, independientemente de que nuestros reporteros con sus cámaras estaban filmando. Aquello no apareció en las pantallas, no sabíamos cuándo entró el provocador, ni hasta dónde llegó, ni qué pasó, solo que se paraliza el juego y nuestros narradores que estaban allí hablaban, pero no veíamos nada. Solo después, en Cuba, gracias a nuestras propias cámaras de televisión que tomaron las vistas de lo que ocurrió, pudo el pueblo conocer todo lo que había pasado allí. Eso provocó a todo el equipo, lo apartó del juego, lo desconcentró: el catcher, que desempeña un papel tan importante, tuvo que ir allí en defensa del honor de su país y de su bandera, en respuesta a aquella grosera provocación, y el de segunda, el otro y todos. El pitcher que iba a lanzar para el out 26 y 27 tuvo que esperar veinte minutos o más, quién sabe cuánto duró aquello. Los árbitros estuvieron a punto de suspender a nuestro equipo, arrebatándonos la victoria, bajo la fuerte presión del manager del equipo de Canadá, mientras el público, compuesto en su inmensa mayoría por canadienses dignos, repudiaba la vil provocación y nos daba la razón.
Así fue como después se embasó un tipo en aquel partido que era decisivo. Si lo perdíamos quedábamos eliminados del primer lugar e igualmente eliminados de participar en Sidney; era peor perder el penúltimo juego que perder el último; en este caso, no perdíamos el boleto en este deporte para las Olimpiadas, aunque jamás nos habríamos consolado si perdíamos el último (Aplausos).
Hubo que relevar al pitcher que estaba realizando hasta aquel instante una excelente labor. Al final, sirvió para mayor gloria, porque a pesar de eso vino el out 26 y el 27, hasta podíamos regalar un par de outs adicionales, sumar 29 y no llegaban a segunda, mucho menos a home. Lo sabemos, lo sabemos muy bien.
Nuestros atletas a lo largo de 40 años han escrito una hermosa página de desinterés material
Eso jamás puede pasar en nuestro país. No hay un solo hecho semejante en 40 años de la historia de nuestro deporte. El respeto al atleta, la consideración máxima al atleta, a su integridad física y moral, que es parte esencial de nuestras mejores tradiciones deportivas, dice mucho de nuestro país, de nuestro pueblo, capaz de luchar valientemente contra cualquier injusticia o agresión a nuestros derechos deportivos, y capaz de rendir tributo al mérito de un atleta adversario y aplaudirlo; capaz de respetar lo máximo que pueda respetarse un atleta que nos visite.
Cuba ha desarrollado una verdadera y sana cultura deportiva, no es fácil que otro pueblo haya alcanzado tal nivel, en especial cuando el deporte se ha prostituido y mercantilizado, sin que importe para nada su papel como instrumento para la salud y bienestar del pueblo.
Como ustedes saben, nuestro pueblo en deporte sabe de todo, y las peñas deportivas lo demuestran, porque en cada una de ellas polemizan los más variados estrategas de béisbol, boxeo, voleibol y todos los deportes habidos y por haber. Es una realidad que todos conocemos, fruto de una gran cultura y pasión deportiva. Los aficionados conocen las reglas mejor que nosotros.
Nuestros atletas a lo largo de 40 años han escrito una hermosa página de desinterés material, han vivido modestamente, humildemente, apreciando por encima de todo el afecto y la admiración de su pueblo. Por sus méritos, por sus valores, por los servicios que prestan a nuestro país, por el placer que le ofrecen, por las glorias que le aportan, consideramos y estamos ya comenzando a aplicar una política de mayor atención al deporte y en especial a los deportistas.
Un día se me ocurrió preguntar cuánto recaudábamos en los estadios de pelota. Realmente, ustedes saben bien que lo que se paga por la entrada es puramente formal: un peso Héctor, tú debes saber, si lo cambian en una de nuestras casas de cambio, equivale a cinco centavos de dólar. Pregunté cuántos pesos recaudábamos, y comprendí que realmente lo que recaudamos neto, con lo que se cobra yo pensaba que hasta podíamos aumentar un poquito el precio; pero aumentándolo un poco, hasta a 20 centavos ó 50 centavos más, es decir, a lo que equivaldría a 7,5 centavos de dólar, según esos cambios, no daba para mejorar, en el grado que merecen, la vida de nuestros atletas en ese deporte, que participan sistemáticamente en las series nacionales.
Y, claro, nosotros no hacemos distinción, si mejoramos la vida de los atletas en una rama deportiva, debemos mejorar la de todas las demás, porque ese es el sentido de la justicia que debe reinar en nuestro país. A todos, a los que corren, a los que saltan, a los que practican arco y flecha, a los que participan de forma individual o colectiva en cualquier deporte, tenga o no tenga este la misma popularidad y divulgación que otros, porque todos son atletas que se sacrifican, que se entrenan con rigor, que dan el máximo por el país. Irá parejo siempre en lo que el país pueda hacer para mejorar las condiciones de vida material de los atletas que lo representan, sin diferenciar un deporte de otro. Pero entendemos y estamos muy conscientes, y cada vez más conscientes, de que la nación debe hacer más por sus atletas y ya venimos aplicando esa política.
He enumerado unas cuantas razones, pero faltan otras tal vez más contundentes.
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