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GINEBRA
Nuestra victoria moral
Pese a las más grandes presiones y amenazas de los últimos 40 años sobre estados del Tercer Mundo, 32 de los 53 países miembros de la CDH en Ginebra, que agrupan holgadamente a más de la mitad de la humanidad, no se alinearon junto al deseo expresado en Washington de sancionar políticamente a Cuba
POR NICANOR LEON COTAYO
como es sabido, y luego de haber ejercido las más grandes presiones y amenazas que hayan tenido lugar durante los últimos 40 años sobre estados del Tercer Mundo que se resistían a cumplir sus órdenes, el Gobierno estadounidense logró, con 21 votos por 20, imponer una resolución contra nuestro país en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU.
A pesar de la poderosa maquinaria puesta a disposición de ese objetivo, y de que funcionarios de todas las instancias oficiales norteamericanas participaron en esa confabulación, 32 de los 53 países miembros de la referida Comisión, que agrupa holgadamente a más de la mitad de la humanidad, no se alinearon junto al deseo expresado en Washington de sancionar políticamente a Cuba.
Veinte de ellos lo hicieron de manera directa, valiente y soberana, votando en contra de la resolución engendrada por Estados Unidos, y 12 a su manera recurriendo a la abstención para no sumarse al documento de la Casa Blanca que, por encargo, tuvo como principales promotores a los gobiernos de la República Checa y Polonia.
La mayor parte de los que argumentaron su voto desaprobó con firmeza la resolución, y medios de prensa resaltaron, entre ellas, las palabras del enviado de la República Popular China, así como lo dicho por los re-presentantes de México, Venezuela y Qatar. Evidentemente, aún existe una considerable cuota de dignidad en el mundo.
Si tomamos en cuenta las circunstancias podemos llegar a la conclusión de que el viernes pasado Estados Unidos sufrió un traspié moral y político, pues movilizó a cara descubierta todos sus recursos, incluida la participación de las más altas figuras de su gobierno, con el ánimo de propinar un gran golpe diplomático a La Habana, y tuvo que conformarse con una victoria pírrica, infame y deshonrosa.
Nuestro país logró un voto más que el año pasado y la apretadísima diferencia reportada ahora en la votación reiteró el desgaste de esa cruzada, como se probó en 1998 cuando, al ser derrotado el proyecto de resolución presentado por la Casa Blanca, la Comisión de Derechos Humanos de la ONU puso fin al procedimiento extraordinario sobre la titulada Situación de los derechos humanos en Cuba.
¿Debido a qué? Entre otras cosas porque el reiterado maltrato de Wa-shington, para obligarlas a alinearse contra Cuba en Ginebra y otros foros, ha llevado a naciones del Tercer Mundo a rebelarse diplomáticamente, al tiempo que, y no obstante las patrañas de Washington, el prestigio de Cuba se ha elevado en la arena internacional.
Luego que después de siete años de victorias impuestas a fuerza de burdos chantajes, el año pasado la resolución de Estados Unidos fuese derrotada en Ginebra, la extrema derecha norteamericana y sus aliados de origen cubano de Miami decidieron ir a la revancha, no dejar morir "el caso Cuba".
El plan incluyó variar la forma. Una nueva resolución que no incluiría, como antes, al Relator Especial, funcionario de la ONU que, como los que han informado sobre Estados Unidos, atiende situaciones de extrema y sostenida violación de los derechos humanos; a la vez que buscarían uno o dos gobiernos extranjeros que se prestaran, como vulgares golfas de la diplomacia, a fungir como supuestos auspiciadores del documento.
La intención era alcanzar en Ginebra un acuerdo que significase un golpe político para Cuba. ¿En qué circunstancias? Cuando Estados Unidos, aún más que el año pasado, valora los asuntos del mundo con mentalidad de propietario, de granjero que dispone sobre sus tierras.
De ahí que Washington haya adoptado un comportamiento tan desembozadamente irrespetuoso, grosero e intimidador hacia países que se resistían a obedecerle, que supera la ya de por sí brutal actitud que le ha caracterizado en momentos similares.
Nunca como en los días que precedieron la votación del viernes, tanto en las capitales de países miembros de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, como en Washington y Ginebra, el alto mando norteamericano había desplegado un operativo "diplomático" tan descomunal, agresivo y sostenido.
Con total desfachatez, para consolidar sufragios a favor o tratar de modificar los adversos, fueron esgrimidas amenazas económicas, financieras y de otros tipos, a la vez que promesas de hacer favores. Y todo, precisamente, cuando Estados Unidos estaba enviando otro mensaje paralelo: la agresión a Yugoslavia llevando de la mano a la OTAN sin tomar en cuenta al Consejo de Seguridad de la ONU.
A pesar de lo apuntado, ya fue visto el resultado de Ginebra. En un mundo unipolar, que Washington administra cada vez más a su antojo, ese balance está muy por debajo de lo que esperaba, mientras que representó un claro logro político y moral para Cuba, de su política de resistencia, de su adhesión sin quiebra a los principios.
Resulta irónico que la votación en Ginebra sobre la resolución de Wa-shington contra Cuba, vinculada al tema de los derechos humanos, tuviese lugar el mismo día que aviones norteamericanos y de la OTAN bombardeaban y destrozaban las instalaciones de la radio y la televisión en Belgrado, local donde, en ese horario, se encontraban laborando unos 150 periodistas, técnicos y otros empleados.
Las bombas asesinaron allí a 10 personas, hirieron a 18, y 70 eran reportadas como atrapadas entre los escombros, trágico saldo que engrosó el incomparablemente mayor que ya sufre el pueblo yugoslavo, mientras que en Ginebra la delegación estadounidense y quienes le hicieron eco hablaban sin el menor pudor sobre los derechos humanos y criticaban duramente a Cuba por, supuestamente, infringirlos.
Como un símbolo, el mismo día que tenía lugar la votación, ningún avión cubano estaba bombardeando a otra nación del mundo, por el contrario, en ese momento más de mil médicos y cientos de enfermeras y técnicos de nuestro país atendían la salud de muchas personas y salvaban la vida de niños, adultos y ancianos del Tercer Mundo.
Agencias cablegráficas reportaron que el enviado de la República Popular China defendió a nuestra Isla y afirmó: "El país que debería ser condenado es Estados Unidos, no Cuba".
Tiene toda la razón del mundo. El expediente sobre violaciones de los derechos humanos en ese país es tan voluminoso que, de ser desdoblado en libros, podría conformar una biblioteca no precisamente pequeña.
Baste señalar, a manera de ejemplo, que el Departamento de Agricultura de Estados Unidos ha reconocido, y órganos de prensa lo han divulgado, que en el país capitalista más poderoso del planeta hay once millones de personas mal nutridas, y que dos millones de ellas "sufren hambre".
Algo así parece contradictorio en un lugar donde, según dijo el pasado 19 de abril el presidente de la Comisión de Presupuesto de la Cámara de Representantes, William Young, la guerra impuesta a Yugoslavia les venía costando hasta ese momento 46000 dólares por minuto.
Informes de Relatores Especiales de la ONU y de expertos de esa organización han vuelto a poner al desnudo las graves violaciones que sufren cotidianamente los derechos humanos en Estados Unidos, en no pocas ocasiones con matices sencillamente escandalosos.
El 2 de abril del año pasado, un grupo de expertos de Naciones Unidas que integran el panel sobre tortura y desapariciones forzadas, envió un documento a la Comisión de Derechos Humanos donde subrayó el trato "inhumano y degradante" que sufren miles de presos en cárceles norteamericanas.
Según este colectivo, encabezado por Nigel Rodley, una parte de los reclusos es encadenada y llevada a realizar trabajos forzados, mientras que a otros les colocan cinturones especiales capaces de lanzar descargas eléctricas para restringir sus reacciones y movimientos durante los procesos judiciales.
El Relator Especial sobre formas contemporáneas de racismo, Maurice Glélé-Ahanhanzo, después de visitar a Estados Unidos informó a la Comisión: "Las consideraciones de tipo racial influyen en el proceso judicial desde el momento de la detención hasta el juicio".
Otro Relator, el abogado senegalés Bacre Wally Ndiaye, encargado de la cuestión de las ejecuciones extrajudiciales, sumarias o arbitrarias, dio a conocer que en ese país ha sido violada en reiteradas ocasiones la Convención de Viena sobre Relaciones Consulares.
Unos 60 extranjeros, dice Wally Ndiaye, fueron sancionados a muerte sin haber recibido asistencia de su Consulado, y ejemplifica, entre otros, con el caso del ciudadano canadiense Patrick Jeffries, condenado a muerte en 1983, en el estado de Washington.
En otra parte de su informe hace re-ferencia a la brutalidad que caracteriza a la policía de Estados Unidos en su trato con la ciudadanía, y en particular subraya que "todos los casos de personas muertas por la policía que señalaron a la atención del Relator Especial concernían a miembros de minorías étnicas, sobre todo afronorteamericanos e hispanos".
En sus recomendaciones al gobierno de Estados Unidos, Bacre Wally enumera, entre otras cuestiones, que cese allí la práctica de condenar a muerte a delincuentes juveniles y retrasados mentales, no reanudar las ejecuciones de mujeres, y enseñar a la policía en qué consisten las normas sobre derechos humanos.
Está claro que Estados Unidos no tiene moral para juzgar a alguien en lo que atañe a esos derechos, pero lo hace, incluso todos los años cuando en un voluminoso documento se atreve a calificar la situación que existe al respecto en cada una de las naciones del mundo.
De ahí que lo sucedido en Ginebra haya que analizarlo no como un hecho aislado sino como un comportamiento generalizado, en el que cada vez se cuidan menos las formas y se emplea con más desenfado la fuerza, expresada en agresiones militares, bloqueos, sanciones económicas unilaterales y otras variantes.
Eso explica los salvajes bombardeos contra Yugoslavia, comandados por Washington, sin que hayan apelado a la bendición del Consejo de Seguridad de la ONU, y explica las abiertas presiones y duras amenazas que fueron ejercidas sobre gobiernos de estados independientes y soberanos para hacer aprobar en Ginebra una resolución contra Cuba.
O sea, que nuestros enemigos, de forma creciente, actúan como un poder ajeno al derecho internacional y cuando se trazan alcanzar un objetivo no tienen escrúpulos para lograrlo. En ese contexto general odian a Cuba porque no la pueden domesticar, y además, porque su verdad resulta subversiva en medio de un mundo como este.
Entonces, ¿cuál es uno de los mensajes que se desprende de Ginebra y de las circunstancias que le rodean? La necesidad de mantener nuestra unidad nacional como el tesoro mayor, y la convicción de que la batalla sobre este asunto no corresponde a una institución cubana en particular, sino a todos.
Hemos aceptado el reto, y con la frente en alto estamos dispuestos a continuar librando la lucha a la que nos convocan. Si Estados Unidos quiere debatir sobre derechos humanos, será complacido, en Ginebra y en cuanto lugar de la Tierra nos encontremos.
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