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El debate de los problemas económicos está
obligado
a salirse de los círculos académicos y corregir
definitivamente el error de plantearse fórmulas técnicas
que desestiman el costo humano
Palabras de bienvenida al Encuentro Internacional de Economistas sobre Globalización y Problemas del Desarrollo pronunciadas por el doctor Roberto Verrier Castro, presidente de la ANEC y de la AEALC
Compañero Presidente Fidel Castro,
Estimados colegas de nuestra región y de otras regiones del mundo:
Hace más de un siglo, angustiado por la falta de estudio de los asuntos más graves de su época y la predisposición natural de los hombres en general a pensar solo en la fortuna propia y el aseguramiento de los días presentes, José Martí se dolía al decir:
"Recházase hoy y desdéñase todo lo que se ocupa en examinar hondamente males cuyos resultados no se palpan en lo visible de la situación actual: olvídase en mala hora que la lava de los volcanes se engendra en las entrañas de la tierra."
Pasada una centuria, es justo preguntarse si aún tenemos tiempo de evitar que el alud de lava inunde todos los espacios construidos en siglos de experiencia humana. Y sin duda nos acompañará una sola certeza: Cada minuto que dejemos pasar sin hacer algo para evitar o corregir ese alud, equivale a alimentar la posibilidad de que la respuesta sea NO, ya no hay tiempo.
Esa es la razón de que los hayamos convocado en tan pocos meses. Quiero recordar ahora que fue hace menos de seis, en una sala pequeña de este propio Centro de Convenciones, cuando un hombre, tan angustiado como José Martí por los problemas de su época y la necesidad de estudios previsores, espoleó la dignidad del talento de todos los intelectuales y en primer lugar de los economistas, al recordarnos que de nuestras filas deben salir los teóricos que los pueblos necesitan para enfrentar situaciones cada vez más nuevas.
Hablo de las sesiones de Economía 98. Y hablo, por supuesto, de Fidel Castro, un hombre cuya angustia por el futuro, tiene mucho que ver con el conocimiento que le da el estudio constante de los problemas del presente, alguien que supo ver bien temprano que las ideas habían sido superadas por la velocidad que el propio desarrollo les imprimió a los hechos y desde esa certeza nos alentó a poner las situaciones presentes a nuestro favor.
La propuesta de discutir sobre Globalización y problemas del desarrollo salió de aquella reunión de julio, permeada de la voluntad de entender, en primer lugar, su urgencia y de resolver luego esa demanda, desde la esquina más bondadosa del globo pequeño en que la tecnología ha transformado a nuestro planeta.
No sabría decirles hoy cuántos cientos de faxes, correos electrónicos o simples llamadas telefónicas, se trasmitieron desde y hacia nuestra sede desde septiembre de 1998 hasta este mismo minuto en que abrimos el evento.
Como sujetos de la globalización, nos servimos de sus ventajas y lo primero que advertimos en ese arduo camino hasta aquí, fue el creciente interés que el asunto despierta no solo ya a nivel de políticos y académicos, sino de los más sencillos habitantes de este mundo, pendientes de lo que esta reunión pueda sacar en claro en cuanto a estrategias de sobrevivencia posible.
El hecho de que en tan poco tiempo hayan solicitado acreditarse alrededor de 600 economistas de 50 países nos dice que fue bien acogida la idea. Y que la globalización es una suerte si se le emplea con objetivos humanos no excluyentes.
Relevantes personalidades de las Ciencias Económicas, incluidos varios premios Nobel en la materia, lamentaron tener compromisos inaplazables que les impiden asistir a nuestra cita y enviaron sus deseos de que resulte exitosa. Otras nos acompañan, para honor y suerte del debate que queremos propiciar.
Los organizadores, por nuestra parte, nos hemos permitido la alegría de suponer que este primer intento servirá para unir a comunidades científicas encontradas, antagónicas y a veces solo desconocidas entre sí.
En el tiempo de Cuba al frente de la Asociación de Economistas de América Latina y el Caribe nos ha dolido constatar frecuentemente la división y hasta el enfrentamiento entre colegios de un mismo país y la falta de acciones concretas que promuevan estudios y visiones comprometidas con las realidades de la región hacia el contexto más universal donde se decide el destino planetario cada minuto. Podríamos volver a decir con Martí que lo que quede en América de aldea, ha de despertar. Porque es la hora del recuento y de la marcha unida y hemos de andar en cuadro apretado como la plata en las raíces de los Andes.
De la unidad pequeña nacen las grandes. La humanidad que ha creado un mundo tan interdependiente, demanda enfoques que tomen en cuenta esa interdependencia. La unidad tampoco niega la discrepancia útil, más bien se afirma en ella.
No vamos a ser presuntuosos para suponer que de esta reunión saldrán las soluciones a los problemas de nuestra época. Pero si finalmente logramos sobrepasar la vanidad de suponernos dueños de la verdad y aceptamos que puede haber más de una o que incluso la única cierta es la suma de muchas verdades, habrá valido el desafío de la urgencia y la renuncia a otros compromisos asumidos con antelación.
Debo explicarles además la intensidad del programa que les proponemos. En el interés de que se exponga el mayor número posible de ponencias y de que estas se debatan con amplitud, se concibieron cada día tres sesiones de trabajo. Sabemos las largas jornadas de investigación que hay detrás de cada tesis. No sería justo reunirnos tantas personas venidas de tan distantes puntos del planeta para repetir una de las prácticas más penosas de los eventos de este tipo: escucharnos a nosotros mismos y desdeñar todo lo que podría mejorar nuestras perspectivas desde las perspectivas de los otros. Nuestra propuesta es justamente atendernos y aportarnos al máximo mutuamente.
Colegas:
En julio del pasado año, el Presidente Fidel Castro, a quien vuelvo a citar porque es el primer inspirador de este encuentro y ha sido también su más importante promotor, nos decía que esta es la época en que los economistas tienen que ser políticos y los políticos tienen que ser economistas. La frase preside desde entonces el vestíbulo de nuestra Casa de los economistas. En ella se resume la comprensión de todo lo que significa el vínculo entre ambas misiones.
El debate de los problemas económicos está obligado a salirse de los círculos académicos para no degenerar, como las comunidades endogámicas, reciclándose en una misma corriente, y debe corregir definitivamente el error de plantearse fórmulas técnicas que desestiman el costo humano. Y los políticos, urgidos de instrumentos científicos para orientar la acción de sus gobiernos, tendrán que valerse de los aportes de esas investigaciones si quieren responder a las demandas de los pueblos a los que se deben.
Juntos tenemos la responsabilidad de trabajar incansablemente con la misma pasión con que otros actores de la Ciencia, buscan la vacuna contra el SIDA o la cura del cáncer, tras el objeto de nuestra obsesión: correcciones, remedios y curas definitivas para el mundo que legaremos a nuestros hijos.
Ambos estamos ante la posibilidad de ahora o nunca, de actuar coordinadamente. Según José Martí, la inteligencia tiene dos fases distintas: la de creación y la de aplicación (...) y una y otra mezcladas son el germen escondido del bienestar de un país, ¿por qué no aspirar a que lo sean también a una escala mayor?
La historia ha demostrado fehacientemente que las crisis son las madres de las guerras más terribles, pero también de las soluciones.
En esta época de crisis marcadas por incertidumbres de todo tipo, los más brillantes exponentes de la investigación económica en el mundo, coinciden en que se necesita ya una completa revisión de los modelos económicos tradicionales. Los dogmas van cayendo bajo el peso de acontecimientos que no supimos prever. Y faltan propuestas alternativas, sobre todo a dogmas que permanecen vigentes a costos impagables por la Humanidad.
El Premio Nobel de Literatura José Saramago se ha lamentado de las tecnologías de la comunicación que se regodean en su capacidad de darnos los desastres de este mundo hasta el detalle que nos insensibiliza y termina por matar nuestra emoción. Quizás por eso nadie se escandaliza cuando en una de las revistas globales de nuestros días se publica una foto a todo color de un habitante de Irian Jaya, en la mitad occidental de la isla de Nueva Guinea. Vestido con un escueto taparrabos y con un saco de boniato a las espaldas, el hombre salido literalmente de la Edad de Piedra, mira, acaso sin entender, el gran cartel que junto con el cine, la globalización ha llevado a su tierra invitándolo a "la cama con Madonna".
Esa misma revista nos informa sin rubor, que en ese pedazo olvidado del mundo, hay una montaña que fue sagrada, donde las transnacionales explotan el depósito de oro más fabuloso del planeta, con un valor calculado de 80 mil millones de dólares, y que miles de papúes han muerto sólo a principios del pasado año por la sequía que arrasó sus cosechas y les dejó hambruna y malaria.
Contrastes tan apabullantes e injustos signan cada día de nuestras vidas a través de los medios de comunicación y hasta de incomunicación más diversos. Ellos son la expresión concreta de la gran desigualdad que opera como fuente de todos los problemas de una etapa de la Historia que se nos presenta engañosamente como igualada por la globalización. Es sólo un ejemplo de lo que en el Informe de Desarrollo Humano del PNUD aparece en una dimensión global: tres hombres tienen más que 48 países juntos.
Los economistas tenemos la responsabilidad de conmovernos profundamente, ante cada golpe de la injusticia y proponernos revertirlos en un acto de justicia. Las emociones no disminuirán nuestra objetividad. En todo caso, nos harán más objetivamente sensibles y en consecuencia más eficaces a la hora de plantearnos las posibles soluciones a tantos problemas.
El camino comienza donde confluyen las ideas. La Asociación Nacional de Economistas de Cuba y la Asociación de Economistas de América Latina y el Caribe se congratulan de tenerlos entre nosotros con esa voluntad y declaran el debate formalmente abierto.
Muchas gracias.
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