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EDITORIAL

Cuarenta años de victorias
de las ideas revolucionarias

LA VICTORIA del Primero de Enero de 1959 tiene singular y acrecentado relieve ideológico en el contexto de las luchas de nuestro pueblo para alcanzar y mantener su verdadera y definitiva independencia.

En primer lugar, resalta su sentido de reivindicación ante la afrenta sufrida a finales del siglo pasado, cuando al glorioso Ejército Libertador, luego de 30 años de luchas y sacrificios del pueblo cubano, le fue impedido entrar a Santiago de Cuba y sus representantes quedaron excluidos de las negociaciones entre España y Estados Unidos para acordar el final de la guerra que ya habían ganado nuestros heroicos mambises.

Es también una vindicación de la lucha que libraron los revolucionarios que en la década del 30 habían logrado el derrocamiento de la tiranía machadista tras una masiva huelga general, frustrada aquella vez por la mediación norteamericana que impuso al país los gobiernos al estilo del llamado "modelo democrático", caracterizados por la corrupción, el entreguismo y la politiquería.

Cuando las fuerzas políticas más sanas del país creyeron posible el ascenso al poder por la vía electoral, amaneció la nación un día de marzo de 1952 con la noticia del golpe de Estado protagonizado por el ex sargento llamado Batista, otra vez con anuencia y aliento del gobierno de Estados Unidos. Con este artero zarpazo quedaban totalmente cerradas las ilusiones de alcanzar de modo pacífico las aspiraciones de soberanía y justicia social latentes desde finales del pasado siglo.

Solo quedaba al pueblo el camino de la lucha insurreccional, reiniciada en 1953 por los jóvenes de la Generación del Centenario con Fidel al frente. Representaba la única opción posible, que habría de ganar adeptos en dura confrontación ideológica tras los reveses iniciales del Moncada y las batallas políticas libradas por los revolucionarios desde la cárcel, el breve período de aparentes libertades políticas y en el exilio. A ella se sumarían, con el paso de los meses, miles de nuevos combatientes del pueblo atraídos por el programa de la Revolución y motivados por los mismos ideales que los hombres y mujeres del 68, el 95 y el 33.

Luego vendrían el Granma, las difíciles circunstancias del desembarco, la dispersión ante la sorpresa de Alegría de Pío, el reagrupamiento de los pequeños destacamentos de combatientes, la dura adaptación al teatro de operaciones en las montañas, las primeras acciones victoriosas, la lucha en las ciudades y la épica hazaña del Ejército Rebelde durante 25 meses de guerra revolucionaria.

La maduración y el crecimiento de la confianza de la población de que en las montañas y en las ciudades se estaba librando la segunda parte de la batalla inconclusa del 98 hizo que el Ejército Rebelde se convirtiese en la vanguardia política y militar del pueblo revolucionario, instrumento cohesionador de las fuerzas de la nación y esperanza de alcanzar los objetivos por los cuales se había derramado tanta sangre.

La capacidad de combate y resistencia evidenciada por las fuerzas rebeldes en la derrota de la ofensiva de 1958 del Ejército de la tiranía, la conversión de la Sierra Maestra en un bastión inexpugnable, la extensión de las operaciones rebeldes a todo el macizo montañoso oriental, el accionar de las fuerzas revolucionarias en el llano primero y su avance luego hacia el centro de la isla, el desarrollo exitoso de la contraofensiva bajo un bien concebido plan estratégico destinado a destruir las tropas enemigas en operaciones, cercar y rendir las principales ciudades, demostró ante todo el país la existencia de una firme voluntad de lucha y agudeza de pensamiento capaces de conducir exitosamente la Revolución hasta sus últimas consecuencias.

Cuando el Primero de Enero el tirano se vio obligado a huir del país con la derrota militar y política pisándole los talones, y la Embajada norteamericana no pudo consumar la maniobra que intentaba nuevamente escamotearle el poder al pueblo, lanzado a las calles respondiendo a la convocatoria de Fidel desde Palma Soriano a la huelga revolucionaria, se probaba fehacientemente que el valor de las ideas enarboladas durante casi 60 años había fructificado en una conciencia patriótica, revolucionaria y antimperialista.

Esta vez los mambises sí entraron a Santiago de Cuba y desde allí recorrieron en caravana triunfal todo el país llevando en sus armas insurrectas el poder de la Revolución popular victoriosa.

Habían transcurrido 61 años de la humillación que hicieron sufrir a los jefes y combatientes de la guerra de independencia y exactamente 5 años, 5 meses y 5 días desde el momento en que se reiniciara la lucha armada con los disparos del Moncada.

Con la victoria de enero, como había advertido el Comandante en Jefe Fidel Castro, sólo empezaba la verdadera Revolución:

"Se iba a poner a prueba por primera vez en la historia de Cuba el cumplimiento de las promesas que se le habían hecho al pueblo, porque durante 60 años le hicieron promesas y más promesas y jamás se cumplieron. Venía el momento de aplicar aquel programa por el cual tanto habíamos luchado."

Si hasta entonces las ideas de la Revolución se habían impuesto luchando contra todo el poder propagandístico de los gobiernos de turno, derribando fatalismos históricos hasta arrasar con la dictadura y su soporte militar y político, a partir del primero de enero de 1959 estas devinieron fuerza material que echó a andar el "motor grande" que barrería con el régimen de explotación e ignominia dejado por la intervención norteamericana.

Ese motor grande era el pueblo, protagonista excepcional de una épica epopeya que cumple ahora cuatro décadas, y cuyo papel había sido definido con precisión por Fidel en el histórico alegato de la Historia me absolverá.

La Revolución no era ni podía ser un simple programa de reformas que dejara intacto el sistema neocolonial y sus nefastas secuelas económicas y sociales, basado en la sacrosanta propiedad privada, la injusta distribución de los recursos del país en detrimento de las mayorías y el saqueo imperialista.

Las ideas de la Revolución triunfante se materializaron en los seis puntos contenidos en el Programa del Moncada: "el problema de la tierra, el problema de la industrialización, el problema de la vivienda, el problema del desempleo, el problema de la educación y el problema de la salud del pueblo", etapa inicial de un profundo proceso de transformaciones en cuya ejecución y defensa participaron desde sus inicios millones de ciudadanos a lo largo y ancho del país.

Vinieron duros momentos de peligro para la existencia de la Revolución naciente, que pusieron a prueba la unidad nacional bajo las banderas de la salvaguardia de la Patria, hostilizada y agredida desde los primeros meses de 1959.

El pueblo, soldado y miliciano, aprendió a combatir con las armas más modernas, derramó su sudor y sangre en las arenas de Girón, en la lucha contra los elementos contrarrevolucionarios y en numerosas acciones combativas; desarrolló los principios de un nuevo tipo de guerra popular y revolucionaria, se hizo internacionalista y fue a defender a otras naciones agredidas, en una convincente demostración de la materialización colectiva del principio martiano de que Patria es humanidad.

Medir la obra de cuatro décadas de incesante desarrollo de la vida nacional, pese a la continuada obstinación imperialista que no ha cejado de atentar contra ella y a las inevitables inexperiencias e imperfecciones de toda obra humana, no sería posible sin contemplar el crecimiento en flecha de un sinnúmero de indicadores económicos, sociales, demográficos y políticos.

No hay un solo aspecto en la vida de la sociedad cubana de hoy, ni un rincón de nuestra Patria, donde el paso creador de la Revolución no haya dejado una huella sustancial que permite con claridad establecer dos épocas: antes y después de 1959.

Pese a todas las mentiras y confusiones introducidas por los enemigos de Cuba, lo cierto es que solamente un pueblo y una sociedad de la estirpe forjada por la Revolución podían haber soportado el tremendo impacto de la pérdida de un 35% de su Producto Interno Bruto a principios de esta década, como consecuencia de la desaparición de la URSS, los países socialistas europeos y el criminal recrudecimiento del bloqueo, y desde allí elevarse progresivamente hasta comenzar la recuperación económica y alcanzar las cifras de crecimiento sostenido y proporcional como las que actualmente podemos mostrar.

Todo ello, sin que se acudiese a la privatización de los recursos nacionales o se dejasen de cumplir las principales obligaciones con los trabajadores (ni despidos masivos, ni rebajas de salario, como recomiendan las recetas neoliberales). Sin que cerrasen hospitales y escuelas, ni se redujesen drásticamente los presupuestos del Estado para sufragar los crecientes gastos sociales en beneficio de toda la población.

Pero si se requiere precisar en pocas palabras lo esencial ocurrido en estos cuarenta años, habría que sumar a la consolidación de una nación que ha reafirmado sus auténticos valores, el surgimiento de un tipo social de hombres y mujeres para los cuales conceptos como Patria, Revolución, dignidad, justicia social, participación, solidaridad, colectivismo, entre otros, son más que expresiones de ocasión: son un modo interior de ver la vida y de su accionar cotidiano.

Somos hoy un pueblo que goza del respeto en la vida internacional por haber creado y sostenido un sistema político ajeno al esquema basado en la explotación y la discriminación; un pueblo organizado y preparado para ejercer los derechos de participación democrática que la Revolución le ha dado; un pueblo libre y con suficiente instrucción para crear, innovar y perfeccionar todo cuanto sea necesario en cualquier campo del quehacer; un pueblo decidido a sostener por encima de cuanto obstáculo se levante sus conquistas irrenunciables; un pueblo luchador, valiente y heroico que durante más de un siglo ha sabido resistir y lo seguirá haciendo ante los intentos del poderoso vecino del Norte que aún persiste en desconocer nuestra soberanía e independencia y pretende obligarnos a introducir sus recetas ya caducas y fracasadas.

Estas ideas y los valores altruistas que las encarnan se enfrentan a la hostilidad de elementos reblandecidos en su moral, delincuentes y fomentadores del desorden, la indisciplina y la corrupción, quienes se aprovechan de las circunstancias difíciles que vive el país, en dura e incesante lucha por derrotar los efectos del bloqueo y el subdesarrollo, alentados también desde afuera por la propaganda y en no pocos casos el subsidio de los enemigos de nuestro pueblo.

Las ideas que desde 1868 han sostenido las luchas cubanas, enriquecidas con el aporte de la doctrina martiana y el pensamiento de Marx, Engels y Lenin, desarrolladas creadoramente por Fidel y nuestro Partido Comunista, constituyen el arsenal más poderoso del pueblo para enfrentar y vencer los nuevos retos que tenemos.

Consolidar y perfeccionar la Revolución, defender su obra y sus ideas para que se extiendan con la frescura renovadora de su mensaje hacia el nuevo siglo, como única alternativa humana y posible frente a la hegemonía globalizadora que amenaza con barrer toda diferencia nacional por la vía de la imposición de modelos decadentes e inhumanos: esa es la tarea que le corresponde a las actuales y nuevas generaciones de cubanos, y nuestro mayor compromiso con los héroes y mártires que han caído a lo largo de esta lucha.

Hagamos que vivan y predominen para siempre las ideas revolucionarias que germinaron el nacimiento de la nación cubana, inspiraron el heroísmo de los combatientes del Ejército Libertador y de sus continuadores en el Ejército Rebelde, aglutinaron y estimularon a los revolucionarios en los años de la República y se convirtieron en fuerza material que ha inspirado al pueblo durante estas cuatro décadas en la última y gloriosa batalla de este siglo.


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