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La más extraordinaria página de gloria y firmeza
patriótica y revolucionaria ha sido escrita en estos
años de período especial

Discurso pronunciado por el presidente Fidel Castro Ruz, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros en el acto central por el cuadragésimo aniversario del triunfo de la Revolución, efectuado en el Parque Céspedes, Santiago de Cuba, el día 1ro. de enero de 1999, "Año del 40 aniversario del triunfo de la Revolución".

(Versiones Taquigráficas-Consejo de Estado)

Santiagueros;
Compatriotas de toda Cuba:

Fidel Castro RuzTrato de recordar aquella noche del Primero de Enero de 1959; vivo y percibo de nuevo las impresiones y detalles como si todo estuviera ocurriendo en este mismo instante. Parece irreal que el destino nos haya deparado el raro privilegio de volver a hablarle al pueblo de Santiago de Cuba desde este mismo sitio cuarenta años después.

Antes del amanecer de ese día, al llegar la noticia de la fuga del tirano y los principales jefes de su oprobioso régimen ante el avance incontenible de nuestras fuerzas, sentí por algunos segundos una extraña sensación de vacío. ¿Cómo había sido posible aquella increíble victoria en solo algo más de 24 meses a partir del instante en que volvimos a reunir siete fusiles, el 18 de diciembre de 1956, después del durísimo revés que prácticamente aniquiló nuestro destacamento, para reanudar la lucha contra un conjunto de fuerzas militares que contaba con 80 000 hombres sobre las armas, miles de cuadros de mando con preparación académica, moral elevada, atractivos privilegios, mito de invencibilidad jamás cuestionado, asesoramiento infalible y suministros seguros de Estados Unidos? Ideas justas que un pueblo valiente hizo suyas obraron el milagro militar y político. Los intentos ulteriores, baldíos y ridículos, para salvar lo que restaba de aquel sistema explotador y opresivo, fueron barridos por el Ejército Rebelde, los trabajadores y el resto del pueblo en 24 horas.

Nuestra pasajera tristeza en la victoria era la nostalgia de la experiencia vivida, el recuerdo fresco de los compañeros caídos a lo largo de la lucha, la conciencia plena de que aquellos años tan extraordinariamente difíciles y adversos nos obligaron a ser mejores de lo que éramos y a conver-tirlos en los más fructíferos y creadores de nuestras vidas. Teníamos que abandonar nuestras montañas, nuestros campos, nuestras costumbres de absoluta y obligada austeridad, nuestra vida tensa de perenne guardia frente a un enemigo que podía aparecer por tierra o por aire en cualquier instante de los 761 días que duró la guerra; la vida sana, dura, pura y de grandes sacrificios y peligros compartidos que hermana hombres y hace que florezcan sus mejores virtudes, la infinita capacidad de entrega, desinterés y altruismo que cada ser humano puede llevar en sí.

La enorme diferencia en medios y fuerzas entre el enemigo y nosotros, nos obligó a realizar imposibles. Baste decir que con fusiles y minas antitanques ganamos la guerra, luchando siempre en cada acción importante contra la artillería, los blindados y, en especial, la aviación enemiga, siempre presente de inmediato en cualquier acción de guerra.

Los fusiles y otras armas semiautomáticas y automáticas de infantería ligera eran los que arrebatábamos al enemigo en combate, y el explosivo con que fabricábamos en rústicos talleres las minas contra blindados y la infantería acompañante provino siempre de la lluvia de bombas que lanzaban contra nosotros, algunas de las cuales no estallaban. La táctica infalible de atacar al enemigo en movimiento fue factor clave. El arte de provocarlo a moverse de sus bien fortificadas y, por lo general, invulnerables posiciones, se convirtió en una de las mayores habilidades de nuestros mandos.

Las unidades enemigas de operaciones o sus guarniciones eran cercadas, destruidos los refuerzos y obligadas a rendirse por hambre y sed bajo el fuego constante de nuestros tiradores, que día a día estrechaban el cerco sin ataques frontales, costosos en vidas, al no contar con los medios y armas adecuados para ello. Lo que se aprendió en las montañas y cerrados bosques terminó aplicándose en pleno llano junto a carreteras asfaltadas, a la sombra de plantaciones de cítricos, arboledas de frutales e incluso cañaverales que servían de enmascaramiento a las tropas, por lo general bisoñas, dado el acelerado crecimiento de nuestras filas a medida que se ocupaban las armas, aunque siempre bajo la dirección de combatientes más experimentados, para asestar los golpes sorpresivos a los refuerzos. Terminó aplicándose el mismo método dentro de las propias ciudades, aislando las diversas posiciones de la guarnición.

Así se tomó en solo tres días la ciudad de Palma Soriano, y así se concibió el plan de atacar y rendir la guarnición de 5 000 hombres de la plaza de Santiago de Cuba con el empleo de 1 200 combatientes rebeldes. A través de la bahía de Santiago se habían introducido ya cien armas de las ocupadas en Palma para iniciar el levantamiento, al quinto día del inicio de las operaciones que cercarían sucesivamente a los cuatro batallones que defendían la periferia. Omito detalles más precisos de la idea concebida. Solo señalo que había un combatiente rebelde por cada cuatro soldados enemigos. Jamás habíamos contado con una correlación de fuerzas más favorable.

En Guisa, a pocos kilómetros de Bayamo, se iniciaron los combates con 180 hombres, que debieron luchar contra los refuerzos enviados por una carretera asfaltada y otras vías desde esa ciudad donde se ubicaban la jefatura de operaciones del ejército enemigo y miles de sus mejores soldados con apoyo de tanques pesados. Después de once días de intensos combates, en que nuestras fuerzas fueron creciendo con las armas que se ocupaban y algunos pequeños refuerzos, el 30 de noviembre de 1958 Guisa cayó en nuestras manos.

Esta batalla fue una demostración más de la extraordinaria combatividad que adquirieron nuestros soldados y de la celeridad con que actuaban. Cinco meses antes, en junio de ese mismo año, el enemigo había lanzado su última y aparentemente imbatible ofensiva contra la Comandancia General de La Plata, en la Sierra Maestra. Mas no éramos ya los bisoños combatientes que desembarcamos el 2 de diciembre de 1956. Tampoco éramos tan numerosos. La defensa fue iniciada con 170 hombres aproximadamente. Reunidas las tropas, todavía muy reducidas, de Che, Camilo, Ramiro y Almeida, que recibieron instrucciones previas de moverse hacia las posiciones de la Columna 1, objetivo estratégico de la ofensiva enemiga -es decir, todas nuestras columnas excepto las fuerzas del Segundo Frente Oriental, al mando de Raúl, demasiado distante en las montañas del noreste para apoyar nuestro frente-, sumamos cuatro semanas más tarde alrededor de 300 combatientes. Cientos de jóvenes voluntarios sin armas se entrenaban en la escuela de reclutas de Minas del Frío.

Honor y gloria eterna, respeto infinito y cariño para los que entonces cayeron

Después de 74 días de intensos combates, los batallones enemigos sufrieron cerca de mil bajas entre muertos, heridos y prisioneros, de las cuales quedaron en nuestro poder más de 440 prisioneros, que fueron devueltos breves días después a través de la Cruz Roja Internacional. Escribo lo que recuerdo. Tal vez los historiadores puedan precisar mejor estos datos a partir de documentos nuestros que se conservaron y los que más tarde fueron encontrados en los archivos del enemigo. Sí puedo afirmar que fueron capturadas más de 500 armas con las que fueron siendo equipados los alumnos de la escuela, a medida que las íbamos arrebatando al enemigo, y finalizados los combates, sin pérdida de tiempo, con solo 900 hombres armados, avanzando en distintas direcciones, las columnas rebeldes invadieron el territorio dominado por el enemigo hasta el centro del país, con excepción de la extensa zona oriental ya controlada firmemente por el Segundo Frente Oriental Frank País, y crearon nuevos frentes de guerra que rápidamente se desarrollaron. Yo quedé en el puesto de mando con unos pocos hombres. Fue en el desarrollo de aquellas operaciones cuando el Che y Camilo, con aproximadamente 140 hombres el primero -según mis recuerdos, sin consultar documento alguno- y alrededor de 100 el segundo, realizaron una de las más grandes proezas entre las muchas que he conocido en los libros de historia: avanzar más de 400 kilómetros desde la Sierra Maestra, después de un huracán, hasta el Escambray, por terrenos bajos, pantanosos, infestados de mosquitos y de soldados enemigos, bajo constante vigilancia aérea, sin guías, sin alimentos, sin el apoyo logístico de nuestro movimiento clandestino, débilmente organizado en la zona de su larga ruta. Burlando cercos, emboscadas, líneas sucesivas de contención, bombardeos, arribaron a su meta. Tal era nuestra confianza en los combatientes que derrotaron la ofensiva enemiga; y lo más importante de todo, tal era la infinita confianza en ellos mismos y en sus legendarios jefes. Eran hombres de hierro. Recomiendo a los jóvenes leer y releer las hermosas narraciones contenidas en los Pasajes de la guerra revolucionaria escritos por el Che.

Y ya que casi involuntariamente he caído en estas reflexiones de nuestras luchas en la Sierra, para completar la historia de los acontecimientos que me condujeron de nuevo a esta querida ciudad aquel Primero de Enero, cuyo aniversario cuarenta conmemoramos hoy, les diré que el 11 de noviembre salí de La Plata con 30 hombres armados y 1 000 reclutas desarmados.

Aquellos valerosos y abnegados jóvenes estaban más entrenados en hambre, bombardeos y carencia de todo que en las armas, ya que nunca había una sola bala disponible para entrenamiento en tiro real. Llegaban en oleadas entusiastas a la escuela, de todas partes; mas en aquellos tiempos solo uno de cada diez soportaba aquellas condiciones. Ellos nutrían nuestras filas, eran más temerarios que nuestros viejos combatientes. Inspirados ya en las tradiciones y las historias que escuchaban, querían escribir en un día lo que otros hicieron en años.

Recogiendo pequeñas unidades rebeldes a lo largo de la marcha, más las armas de dos pelotones del ejército enemigo que se pasaron a nuestras filas, persuadidos por el entonces comandante Quevedo, quien fuera nuestro digno y valiente adversario en la batalla del Jigüe, y bajo el acuerdo de que no combatirían contra sus antiguos compañeros de armas, reunió nuestra larga columna una vanguardia de 180 hombres con armas de guerra. En Guisa, Baire, Jiguaní, Maffo y Palma Soriano, escenarios de numerosas acciones, ya con el apoyo de otras fuerzas a medida que avanzábamos, los reclutas colmaban sus sueños de lucha. Cubriendo en parte bajas por muerte, heridas o enfermedades de otros combatientes ya equipados, y con las armas capturadas, calculo que alrededor de 700, tomada Palma, todos los reclutas que salieron conmigo de La Plata seis semanas antes estaban armados y constituían una formidable tropa. Solo en Palma se ocuparon 350 armas.

Debo señalar el hecho de que no todas las armas que ayudaron a convertir en soldados de primera línea a los jóvenes de nuestra escuela de las Minas del Frío, fueron fruto exclusivo de nuestros trofeos. A mediados de diciembre recibimos lo que a mi juicio constituyó la más apreciada ayuda en armas desde el exterior: 150 fusiles semiautomáticos y un FAL automático para mí, enviados en nombre del pueblo venezolano por el contralmirante Larrazábal y la junta revolucionaria que había tomado el poder en Venezuela meses antes del triunfo cubano. Como es de suponer, esas armas entraron rápidamente en acción y participaron en los combates de Jiguaní, Maffo y Palma Soriano.

Por eso, al caer en nuestro poder Palma y Maffo, las armas no solo alcanzaron sino que sobraron para armar a los combatientes desarmados, y pudimos enviar para el levantamiento de Santiago las 100 mencionadas y un número importante a Belarmino Castilla, con instrucciones de cortar la retirada al batallón ubicado en Mayarí.

Ya que mencioné la ayuda venezolana, debo expresar que en nuestra lucha revolucionaria no recibimos suministros de armas y municiones del exterior, salvo en muy contados casos, de los cuales, con mucho, el más numeroso, casi tanto como los demás que recuerde o he oído mencionar, fue el de Venezuela. Más del 90% de las armas y municiones con que hicimos y ganamos la guerra, fueron arrebatadas al enemigo en combate. Eran solo unos pocos miles, pero por principio inviolable todas absolutamente estaban siempre en primera línea.

Durante todo el año que acaba de transcurrir, han sido conmemorados los hechos que solo en parte muy reducida he recordado.

Honor y gloria eterna, respeto infinito y cariño para los que entonces cayeron para hacer posible la independencia definitiva de la patria; para todos los que escribieron aquella epopeya en montañas, campos y ciudades, guerrilleros o luchadores clandestinos, a los que después del triunfo murieron en otras misiones gloriosas, o entregaron lealmente su juventud y sus energías a la causa de la justicia, la soberanía y la redención de su pueblo, a los que ya murieron y a los que aún viven, pues si aquel Primero de Enero podía hablarse del triunfo alcanzado a cinco años, cinco meses y cinco días del 26 de julio de 1953, en este aniversario es preciso hablar, tomando el mismo punto de partida, de una lucha heroica y admirable de 45 años, cinco meses y cinco días (Aplausos).

Para las generaciones más nuevas, la Revolución apenas comienza

Aún hoy, para las generaciones más nuevas, la Revolución apenas comienza. Un día como este no tendría sentido si no se habla para ellas.

¿Quiénes son los que están aquí presentes? En su inmensa mayoría no son los mismos hombres, mujeres y jóvenes de aquel día. El pueblo al que me dirijo no es el pueblo de aquel Primero de Enero. No son los mismos hombres y mujeres. Es otro pueblo distinto, y a la vez el mismo pueblo eterno (Aplausos).

El que así se expresa desde esta tribuna tampoco es exactamente el mismo hombre de aquel día. Es solo alguien mucho menos joven, que se llama igual, que viste igual, que piensa igual, que sueña igual (Aplausos).

De los 11 142 700 habitantes que constituyen la población actual del país, 7 190 400 no habían nacido todavía; 1 359 698 tenían menos de 10 años de edad; la inmensa mayoría de los que entonces tenían 50 años y ahora tendrían como mínimo 90 -aunque son cada vez más numerosos los que sobrepasan esa edad- han fallecido.

Un 30% de aquellos compatriotas no sabían leer ni escribir; pienso que tal vez otro 60% no alcanzaba el sexto grado. Existían solo algunas decenas de escuelas técnicas, institutos preuniversitarios, no todos al alcance del pueblo, y centros para la formación de maestros, tres universidades públicas y una privada. Profesores y maestros, 22 000. ¿Acaso un 5% de los adultos, es decir, más o menos 250 000 personas, podían tener más desexto grado?

Hay algunos datos que recuerdo.

Hoy, maestros con mucho mayor nivel y profesores en activo, hay más de 250 000; médicos, 64 000; graduados universitarios, 600 000. No existe un analfabeto, es rarísimo que alguien tenga menos de sexto grado. Es obligatoria la enseñanza hasta los nueve grados; todos los que la alcanzan, sin excepción, pueden continuar gratuitamente estudios de nivel medio superior. No vale la pena acudir a datos absolutamente precisos y absolutamente exactos. Hay hechos que nadie se atreve a negar. Somos hoy, con orgullo, el país del mundo con mayor índice per cápita de educadores, médicos y profesores de educación física y deporte, y la más baja tasa de mortalidad infantil y materna entre todos los del Tercer Mundo.

No me propongo, sin embargo, hablar de estos y otros muchos avances sociales. Hay cosas mucho más importantes que estas. Lo absolutamente real es que no existe comparación posible entre el pueblo de hoy y el de ayer.

El pueblo de ayer, analfabeto y semianalfabeto, sin apenas una verdadera y mínima cultura política, fue capaz de hacer la Revolución, defender la patria, alcanzar después una extraordinaria conciencia política e iniciar un proceso revolucionario que no tiene paralelo en este hemisferio ni en el mundo. Lo digo no por ridículo espíritu chovinista, o con la absurda pretensión de creernos ser mejores que otros; lo digo porque la Revolución que nacía aquel Primero de Enero, quiso el azar o el destino que fuese sometida a la más dura prueba a la que haya sido sometido proceso revolucionario alguno en el mundo.

Nuestro pueblo heroico de ayer y de hoy, nuestro pueblo eterno, con la participación ya de tres generaciones, ha resistido 40 años de agresiones, bloqueo, guerra económica, política e ideológica de la más poderosa y rica potencia imperialista que ha existido jamás en la historia del mundo. Su más extraordinaria página de gloria y firmeza patriótica y revolucionaria ha sido escrita en estos años de período especial, cuando nos quedamos absolutamente solos en medio de Occidente a 90 millas de Estados Unidos, y decidimos seguir adelante.


II PARTE


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