ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
El francés Michel Platini(izquierda) ha sido uno de los últimos en sumarse a la lista de dirigentes suspendidos de la FIFA, por su implicación con Joseph Blatter.

El día que alguien se decida a hacer un filme sobre los escándalos que envuelven a la FIFA —se dice que Ben Affleck y Matt Damon ya barajan la idea— de seguro encontrará material suficiente para rodar uno más interesante que United Passions, la sosa cinta biográfica del ente rector del fútbol, a la que el diario británico The Guardian tachó sin contemplaciones de “excremento cinematográfico puro” y The New York Times como “una de las películas más insufribles de las que tengamos memoria”.

El llamado Fifagate, a fin de cuentas, sigue siendo un affaire de proporciones voluminosas (acaso insondables) que día sí, día también, salpica las portadas de los periódicos. Así que no sería descabellado pensar que cualquier filme en torno a él sería un éxito seguro.

Si no imagine tan solo la teórica escena en la que el actor que encarne al rechoncho estadounidense Chuck Blazer repite en una habitación oscura, frente a las escuchas del FBI, la famosa frase “Follow the money” (“Sigan la pista del dinero”) —con que Garganta Pro­funda guió las pesquisas de los periodistas Bernstein y Woodward en el famoso caso Watergate—, para levantar la veda de caza sobre la mafia fifera. Un “efecto dominó” que, por cierto, aún no termina de caer por completo, pues hasta la fecha ya suman 20 los dirigentes suspendidos.

Uno de los últimos en verse “arrastrado al lodo” —como él mismo reconoció en una entrevista publicada esta semana en el diario francés Le Monde— ha sido el vicepresidente y máximo mandatario de la UEFA Michel Platini, inhabilitado durante 90 días por el Comité de Ética de la FIFA, al igual que el presidente dimisionario Joseph Blatter, y el secretario general de la organización, Jérome Val­cke, este último separado con anterioridad de su cargo.

La razón, según quedó señalada, obedece al generoso pago (casi dos millones de euros) que recibió Platini del propio Blatter en el 2011, por unos supuestos trabajos que el francés ejecutó como asesor entre 1998 y el 2002, sin que de ello exista ninguna constancia escrita. Una transacción que ahora mismo investiga la justicia suiza y sobre la que Blatter no arrojó mayor luz tampoco en sus declaraciones, al afirmar que fue, más que nada, “un pacto de caballeros” entre ambos.

Lo que sí es seguro, en cualquier caso, es que para Platini la sanción ha supuesto un duro varapalo, porque llega cuando se daba por seguro que el tres veces Balón de Oro sería el nuevo mandamás de la entidad rectora del fútbol mundial tras las elecciones del próximo 26 de febrero y de persistir le impediría concurrir a las mismas. El Comité Ejecutivo del organismo ha optado por dejarle una puerta abierta, permitiéndole seguir adelante con su candidatura mientras intenta limpiar su imagen ante las autoridades competentes. Hasta el 26 de octubre es el plazo también fijado para que se presente el resto de los aspirantes a la presidencia.

Por el momento, solo otros dos se han registrado: el príncipe jordano Alí bin al-Hussein y el exfutbolista de Trinidad y To­bago, David Nakhid, pues el surcoreano Chung Mong Joon, exvicepresidente de la FIFA, que había manifestado su intención, ha sido suspendido igualmente por seis años.

De todas maneras los avatares del Fifagate no paran ahí, toda vez que otra leyenda del fútbol como Franz Beckenbauer y el actual presidente de la Federación Alemana, Wolfgang Niersbach, también se encuentran ahora mis­mo en el ojo del huracán por una investigación interna, luego de que el semanario Der Spiegel acusara al comité organizador de Alemania 2006 de incurrir en irregularidades —en este caso la compra de votos— para obtener su elección, como ocurriera con los Mundiales de 1998 y el 2010, y los sobornos que Chuck Blazer confesó haber aceptado.

Tantas son las ramificaciones de la corrupción que continúan destapándose bajo las alfombras en Zúrich, que aun en medio de la reforma interna que vive la FIFA, lo plausible no es ya preguntarse cómo extirpar la podredumbre sin sacrificar juntos la paja y el trigo, si no descubrir por fin si en su seno todavía existe alguien que no se haya dejado contagiar por la anomia institucional que durante años ha minado al organismo.

Que hubiese un miembro —aunque sea uno— libre de culpa a estas alturas sería, sin duda, un milagro digno de otra película.

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