ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Ramiro Guerra in memoriam. Foto: Ismael Batista

En las artes, Cuba tiene el privilegio de contar con una serie de figuras emblemáticas. De esas que suelo llamar «nuestros Patriarcas». En la danza –sin dudas, una de las manifestaciones más importantes de nuestra cultura–, sobresalen cuatro nombres esenciales: Alicia Alonso, Fernando Alonso, Alberto Alonso y Ramiro Guerra.

Ramiro nos dejó recientemente. Falleció de un paro cardiorrespiratorio, en su apartamento marcado con el número 3, del piso 14 del edificio de Infanta y Manglar, en El Cerro, alrededor de las 10:15 de la mañana, del lunes 1º de mayo.

«Ponme el pullover de Rosario (haciendo referencia a su antigua y muy querida discípula Rosario Cárdenas) y llévame a buscar buganvilias», le había pedido, segundos antes de su muerte, a su fiel colaborador Emilio Navarro, que lo cuidaba con mano amorosa. Faltaban pocas semanas para que cumpliera 97 años de edad.

De larga e intensa trayectoria como profesional de la danza, en Ramiro Guerra se conjugaba la rara virtud de ser, al mismo tiempo, bailarín, coreógrafo, maestro, teórico y director artístico.

Había nacido en La Habana, el 29 de junio de 1922. Estudió ballet con profesores de la escuela rusa y hasta llegó a actuar como bailarín profesional en varios escenarios internacionales como integrante de los célebres Ballets Rusos de Montecarlo.

De repente, descubrió las técnicas danzarias que propugnaban Martha Graham, José Limón o Doris Humphrey y, según las propias palabras del Maestro: ahí encontró su verdadero camino. Por eso no cejó en su empeño de estudiar y aprender directamente de la Graham. Y regresó a Cuba. Y bailó muchas veces en solitario, casi siempre de manera incomprendida, aplicando en sus primeras coreografías lo que había aprendido de la gran bailarina y coreógrafa estadounidense.

Siempre ávido de profundizar y aprehender nuestras raíces, se unió a otros artistas e intelectuales que tenían sus mismas inquietudes. Y así, junto a Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Alberto Alonso, Fernando Alonso, Carlos Enríquez, José Ardévol, Bola de Nieve, y otros amigos interesados en estos temas, caminaba por las calles de Guanabacoa, en busca de nuestras manifestaciones más autóctonas y el folklore, especialmente las referidas a la música y a los bailes de origen africano. De esas búsquedas surgieron, entre otras, dos obras creadas en 1952, especialmente para el hoy Ballet Nacional de Cuba: Toque, con música de Argeliers León, y Habana 1830, la primera obra con música del Maestro Ernesto Lecuona que se incorporó al repertorio de nuestra gran compañía. Y fue esa experiencia acumulada, la que vertió Ramiro Guerra en muchas de sus coreografías posteriores de incuestionable autenticidad afrocubana.

Ramiro es el precursor y el padre de la danza moderna cubana, a la que realizó aportes significativos en el campo de la coreografía, la enseñanza y la teoría. No puede olvidarse que fue Ramiro el primero en dar a conocer en Cuba esas técnicas modernas: bien desde la Sociedad Musical Nuestro Tiempo, bien desde la escuela creada por la Asociación Cubana de Artistas, con su sede en Perseverancia y Lealtad; o bien desde la Escuela Nacional de Ballet Alicia Alonso.

Fue, también, el creador de la primera compañía profesional de danza-moderna en nuestro país: el conjunto asociado al Departamento de Danza Moderna del Teatro Nacional de Cuba, hoy Danza Contemporánea de Cuba, agrupación que desde su etapa genésica (1959), y durante doce años consecutivos, tuvo a Ramiro como director general, coreógrafo y maestro. Para esta compañía, creó algunas de sus obras más notables: El milagro de Anaquillé y La rebambaramba, ambas con libreto de Alejo Carpentier; Mulato, Mambí, Suite yoruba, Orfeo antillano, Medea y los negreros; Entreacto barroco, Chacona (que en 1980 montó, también, en el Ballet Nacional de Cuba, complaciendo una petición de Alicia Alonso), Impromptu galante, sin olvidar, por supuesto, su polémica y hoy mítica Decálogo del Apocalipsis, que alcanzó apenas el ensayo general.

Otro de los aportes más importantes de Ramiro Guerra lo podemos encontrar en la esfera de la investigación, que ha dado como resultado importantes textos sobre la danza universal y cubana: Apreciación de la danza, Teatralización del folklore y otros ensayos, Calibán danzante; El síndrome del placer, Eros baila. Danza y sexualidad y De la narratividad al abstraccionismo en la danza, por citar sólo algunos.

Inesperadamente, me convertí en su vecino. Lo veía, con su pelo y barba completamente blancos, enérgico, vital, emprendedor, siempre listo para enfrentar mil y una batallas. Muchas veces, cuando coincidíamos en el ascensor o nos cruzábamos en el camino, me repetía, como si me estuviera dando un consejo: «Lo primero que yo hago, ¡en ayuna!, son mis ejercicios». Vestía, por lo general, muy deportivamente, con camisas floreadas o de vivos colores.

A veces la vida procura coincidencias inexplicables. Nos tiende trampas sospechosas. Precisamente el mismo año que la compañía creada por él, arriba a su aniversario 60, se nos va Ramiro Guerra. Y allí, en el mismo edificio que en 1959 fundó y vio crecer Ramiro Guerra su obra más importante, fueron las exequias del Maestro.

Le rindieron tributo desde Alpidio Alonso, nuestro Ministro de Cultura, hasta jóvenes estudiantes de danza, ballet y otras manifestaciones coreográficas. Desde sus discípulos más fieles (Santiago Alfonso, Rosario Cárdenas, Luz María Collazo, Isidro Rolando, Miguel Iglesias…) hasta el pueblo que Ramiro nunca (ni aún en las circunstancias más adversas) quiso abandonar.

Y se danzó en el vestíbulo de la Sala Avellaneda, del Teatro Nacional, debajo de la bandera cubana y ante las cenizas de Ramiro… ¡no faltaba más!

Cumpliendo su última voluntad, a la caída de la tarde del jueves 2 de mayo, sus cenizas fueron esparcidas en el mar, por la zona donde se ubicaba el antiguo fuerte de Santa Dorotea de la Luna de la Chorrera, más conocido por los habaneros como «el Torreón de la Chorrera».

Ramiro Guerra ya no está entre nosotros. Ya no podrá defender sus puntos de vistas con la vehemencia que lo caracterizaba, ni podrá aconsejar, ni enseñar, ni hacernos reír o, incluso, enfadar… Es cierto. Sin embargo, como declaró Danza Contemporánea de Cuba, ¡la compañía de Ramiro!, en su sitio web: «la danza cubana está hoy de luto, pero celebra su inmensidad. Nuestros salones respiran su trabajo, su esencia, su virtud».

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