ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Cada ejemplar concebido por Callejas es único. Foto: Cortesía del autor

Un libro impreso es más, mucho más, que las palabras que contiene. Y no porque sea caro y fino su papel o de brillo seductor su portada. Aunque sea modesta la factura, existe una relación casi mágica entre la belleza de lo que se lee, las ilustraciones, las texturas e incluso el olor.

Así se les define el alma, y por eso los dispositivos electrónicos –si bien una panacea para todo lector voraz– no pueden competir con la experiencia sensorial de palpar una cubierta, hojear, subrayar o apretar contra el pecho las páginas que estremecen.

Profundizando en ese camino, los ejemplares, entendidos como libros-objetos, pueden convertirse en obras de arte en sí mismos. Pautas en ese sentido ha establecido, en el mundo editorial cubano, Ediciones Vigía; una editorial matancera que gesta exquisitos libros manufacturados, con materiales cotidianos que de pronto se vuelven extraordinarios.

También en esta Isla literaria, aunque en tierras espirituanas, un reducido grupo de muchachos enamorados «del amor al arte», busca crear volúmenes singulares y gestan, mediante el Proyecto Cultural-Editorial Callejas, hermosas realizaciones donde lo artesanal se funde con la letra impresa.

Tal es el caso de Hojas de papel volando, de Patricia Ariza, dramaturga, actriz, directora teatral, poeta, de cuya antología de versos tengo el ejemplar único 191, de 2016.

«No soy una heroína, pero sé escuchar a los que se ahogan de tristeza», declara la autora en uno de sus poemas; y se entienden mejor las palabras introductorias donde se califican los suyos como «versos altos como sombras», y se dice además que este libro «es un acto poético, es decir político, porque no se puede separar política y poesía para entender la vida y el destino del hombre».

Al inicio se afirma también que «luchar contra la indiferencia puede ser a esta hora una batalla crucial», porque «todo será posible si la poesía no muere».

Y esa es la fe que alumbra a Patricia Ariza, basta leerla y sentir sus desgarros por una guerra que no termina, en su país, de hacerse paz y sangra: «Hecha para detener un pelotón / de hombres / no sabía que estaba siendo accionada / por un niño». (El ak).

O su feminismo, dolido por tanta mujer que quiere ser y no encuentra los senderos, o a la que asesinan los prejuicios y el inmovilismo: «Por si se te ocurre lavarme / no me vayas a quitar el barro / del que estoy hecha». (Limpieza). «La libertad es una mujer / que no ha podido liberarse / porque debe coser y planchar sus banderas». (Costura).

La poesía de Ariza es directa como cruel es la realidad y sus designios: «A los muertos / los repartimos como el botín de los ladrones / despedazamos sus pensamientos / ocupamos sus lugares / con sus ahorros se pagaron algunos gastos. / Repartimos sus trajes entre sus amigos. / Nos apropiamos de sus últimas palabras / y sin embargo somos más / pobres todavía». (Nuestros Muertos).

Sin embargo, hay en su decir la esperanza, sin la cual es absurdo luchar contra los sentidos comunes: «Montaña: por plantada que estés, / ante mis ojos, pasas». (Haiku). Y ese regusto a posibilidad, después de cerrar la última página, hay que agradecérselo a la poeta y a Callejas por llevarla de Colombia a Trinidad y de ahí a nosotros.

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