ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Lo que sí resulta innegable es que como nunca el arte saltó por encima de los espacios convencionales para insertarse vivamente en la vida pública. Foto: Ariel Cecilio Lemus

Durante un mes la capital cubana ha sido testigo de una auténtica fiesta de la visualidad más avanzada. La XIII Bienal de La Habana cumple con creces su objetivo: proponer una mirada múltiple a la creación contemporánea y adelantar cómo desde las artes plásticas se debe y puede construir lo posible y hasta lo imposible con tal de favorecer una plataforma para el pensamiento y el diálogo sobre cómo el arte refleja las preocupaciones de los seres humanos en la actualidad.

Las cifras de participación y el número de exposiciones son elocuentes, pero no suficientes para explicar lo que dejó la Bienal. El alto nivel de convocatoria internacional, con presencia de artistas, curadores, críticos y promotores de 52 países de todos los continentes, fue una señal del prestigio sostenido del evento. La diversidad de temas, tendencias y lenguajes constituyó un referente inequívoco del carácter inclusivo de la Bienal.

¿Qué se debe pensar y repensar en lo que se logró o quedó en el camino? Ese es deber del equipo curatorial y de las instituciones implicadas. La preocupación del artista y crítico Manuel López Oliva acerca de la necesidad de deslindar «junto a estilos y operatorias de lenguajes sustanciales, la presencia de una suerte de tejido de araña que nos atrapa, en muchos casos con realizaciones amparadas por la falsa justificación de que se trata de “arte contemporáneo”, o simples reproducciones, no por todos conocidas, de lo que una vez se hizo de nuevo y quedó como patrón en libros y catálogos o revistas», no solo es legítima, sino imprescindible.

Coincido, sin embargo, en la observación de la crítica Carina Pino Santos al afirmar que la Bienal ofreció «oportunidades muy especiales para apreciar la capacidad del arte para incidir en los procesos de la vida sociocultural, máxime cuando podemos hallar creaciones, en su espíritu más amplio, que generalmente desbordan el sentido más limitado proveniente de las privatizaciones del sistema del arte internacional, y de la mercantilización más banal».  

Esto se corresponde con un principio defendido por la Bienal desde sus tiempos fundacionales, el cual fue certeramente expresado por Lliliam Llanes, a quien nunca será posible dejar de mencionarse por su larga consagración al despegue y consolidación del evento. Ella argumentó su proyección como espacio para la problematización del arte, que fuera más allá de la simple suma de exposiciones, talleres y sesiones teóricas, para dar paso a una concepción integral y transversal, mediante la cual «cada Bienal debía poner la lupa sobre algún problema de actualidad, no a la manera tradicional de un tema, sino como objeto de reflexión que permitiera apreciar los diferentes puntos de vista existentes en relación con un asunto de interés común».

No puede dejar de tomarse en cuenta el contexto en que el evento se organizó, caracterizado por la intensificación de la hostilidad económica hacia Cuba y sus consecuencias en la vida nacional. Esto se manifestó en dificultades materiales y logísticas objetivas, e incumplimientos puntuales, en los que también tuvieron que ver en buena medida las imprevisiones organizativas. Estas últimas, por supuesto, tendrán que ser motivos de análisis.

Lo que sí resulta innegable es que como nunca el arte saltó por encima de los espacios convencionales para insertarse vivamente en la vida pública.

Detrás del muro, a lo largo del Malecón y  áreas aledañas; Ríos intermitentes, en Matanzas; y Mar adentro, en el Muelle Real de Cienfuegos, son ejemplos plausibles de cuánto se puede hacer a favor de compartir experiencias estéticas. Queda por potenciar el Corredor Cultural de la calle Línea, activado durante la Bienal.

Resulta muy conveniente conocer que muestras expuestas durante la Bienal, tanto las pertenecientes al programa oficial como colaterales, se mantendrán para disfrute de quienes por diversos motivos se vieron imposibilitados de frecuentarlas.

Por último, y no menos importante, fue el papel de la Bienal como vitrina del arte cubano. Tanto en la muestra principal como en la abultada agenda colateral y los estudios abiertos se vio lo que hacen nuestros artistas, sus inquietudes y aspiraciones, sus logros y carencias. Ningún termómetro mejor para saber dónde estamos; una buena tarea para la crítica y las instituciones.

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