ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Escena de El irrepresentable paseo de Buster Keaton. Foto: Ramón Pacheco Salazar

El irrepresentable paseo de Buster Keaton prosigue su andadura desde su estreno en 2014. Recién estuvo en Gotemburgo, Suecia, desembarcó en La Habana para la jornada por el Día Internacional del Teatro, que tuvo universal acento cubano por el hermoso mensaje firmado por nuestro director Carlos Celdrán para ese 27 de marzo. Y en la sala Pepe Camejo abrió el domingo 9 de abril el Encuentro Internacional Retablo Abierto (EIRA), nuevo espacio donde Rubén Darío Salazar y su Teatro de Las Estaciones se proponen abrir camino a nuevas experiencias en torno al teatro de animación de figuras o, como prefiere nombrarlo Shaday Larios, la profesora mexicana invitada a este taller, teatro de formas animadas.

Muy orgánica selección porque este espectáculo se ubica en zona de riesgo al renunciar por completo al consabido seguimiento de una historia, al vulnerar el fácil movimiento dramático pendular entre causa y efecto.

El responsable en origen es Federico García Lorca con el texto El paseo de Buster Keaton, al que Rubén Darío Salazar, como creador de la puesta en escena, suma otros textos del propio Lorca, y también de Alberti, Neruda y Buñuel, bañados todos por la efervescencia surrealista de finales de los años 20 del siglo pasado.

Algún espectador puede, en inicio, desconcertarse, pero busca con rapidez apresar el código. El teatro se da a sí mismo su espacio, su esencia. Dos personas juegan frente a nosotros, en un «tiernísimo diálogo para actores, objetos y artefactos», como señala el programa de mano. El escenario y el acto que sobre él transcurre es lo que hace el Teatro, aunque parezca redundante. Su vehículo absoluto es el actor y su acción, el modo en que todo se verifica en una imantación.

Los objetos, que podemos reconocer pero en apariencia incoherentes, despiertan incontenibles asociaciones. Los viejos zapatos, en primer término, pueden transformarse en cualquier cosa, mientras actriz y actor persiguen a la vaca Georgina que nunca vemos.

María Laura Germán, con su vestido rosado de precioso corte, es mecánica muñeca a veces, libre bailarina otras, discutidora contraparte siempre, todas las imágenes de la mujer para Buster. E Iván García, a lo atildado de la época, coronado con su sombrerito, es ¡Buster Keaton!, un personaje inefable, la

gracia inspiradora, y también burlona, el célebre actor cómico del cine silente de aquella época.

En escena el cromatismo finísimo de Zenén Calero, el gran diseñador siempre al servicio del espectáculo, no de su estilo. Sin dejar de ser él, crea para la puesta con la síntesis particular que ella le exige.

A la manera del surrealismo, o el dadaísmo, en que se tiraban al sombrero las palabras recortadas de la prensa para luego componer poemas dejando actuar el azar, este equipo lanza a la escena ideas, canciones, imágenes, locuras… Pero, como decía Carpentier de los precursores, salían poemas del sombrero porque las manos que extraían las palabras eran de poetas.

Así termina el juego y nos vamos a dormir con la extraña sensación de que la poesía puede habitar sobre el escenario y que nada está prohibido en el reino de la imaginación.

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