ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Fidel Galbán Ramírez, fundador del teatro Guiñol de Remedios. Foto: Carolina Vilches

Lo conocí en mi primer año de la carrera, antes de eso solo había visto sus obras desde la distancia de un niño, cuando iba de la mano de mi padre al teatro Guiñol Rabindranath Tagore. El olor que despedían los telones y el tabloncillo de esa sala de la ciudad de Remedios inundaba también aquella casa a la que accedí, con 19 años, para entrevistar a Fidel Galbán Ramírez, ese remediano de adopción que vivía una especie de refugio en su propia casa, entre la creación, la poesía y el silencio.

Ese mismo olor, que él comparaba con el aire entre las hojas de los árboles, lo describía Fidel en las innumerables conversaciones que desde entonces sosteníamos, como si fuésemos hermanos de toda la vida.

Uno a veces halla puntos de encuentro con cualquier persona, pero no con cualquiera se tiene la sensación de ese conocimiento eterno. Platón diría que es una anagnórisis, un paso hacia el autoconocimiento, que a través del diálogo nos muestra las vidas anteriores.

Fidel, o el Fide como le decimos, era un místico, y esa parte de su vida es aún desconocida incluso para los más allegados. No sé por qué me escogió para contarme acerca de los encuentros con lo que él llamaba «lo insólito», algo que a veces era un ser y otras una situación, pero que siempre mostraban un paisaje revelador e invisible de la vida presente y futura. Según me dijo Fide, ese ente fue quien le dictó al oído una de las obras y puestas en escena más famosas en el teatro para niños, El gato simple. Esa misma voz lo despertó una noche y le hizo ver literalmente un poema vivo, el mismo que luego Fide llevó al papel.

Lo «insólito» se hizo más presente en su vida a medida que pasaban los años y pasó de ser una sombra al acompañamiento; primero Fide pensó que se trataba de una voz de otro mundo y luego –me confesó– se dio cuenta de que se trataba de una de las encarnaciones del bien y en particular, de Dios. Y sí, en las últimas décadas de su vida, Galbán se entregó a la comunión divina, al misticismo más sano y sincero, ese que reivindicaba el lado revolucionario del Nazareno.

El proceso de encuentro con Fidel Galbán fue también un autoconocimiento, porque de entrada me hizo replantearme muchas de las ideas que se tienen a los 19 años. Aunque mi interés era en un inicio la literatura, me di cuenta de que no se concibe la creación sin vivirla, sin ser uno mismo un  ser creado. Y también, de manera técnica, aprendí a valorar el arte del teatro desde lo que Fidel llamaba «resonancias», o sea, esas ideas que generan una sinergia entre presente, pasado y futuro.

Y esa era la filosofía: el hombre debe ver el mundo con sus ojos, pero dará los suyos para que otro pueda contemplar la maravilla de la creación.  En su obra El viaje de Tin, un muñeco hecho por un esclavo haitiano debe salir en busca de semillas para los ojos de sus hermanos muñecos, ya que el fabricante está muy enfermo y no puede hacer dicho trayecto. El héroe, encarnado por el entonces niño actor Fidel Galbán del Vals, marcó la historia de las tablas cubanas en diferentes festivales. En varios episodios que califican como aventuras, la obra nos muestra diferentes posturas ante dicha filosofía del conocimiento, desde el egoísmo hasta la indiferencia.

En ese recorrido creativo, lo que prima es el respeto por la criatura creada, que no niega el carácter científico y único de cada ser, sino que reafirma esa identidad a partir de una mística propia, poco abordada desde el teatro para niños. De hecho, fue el Fide quien nos enseñó a muchos que la dramaturgia infanto-juvenil no es una ñoñería, sino la manera más exigente de crear. «El niño no tiene piedad, se trata del mejor crítico y el más sincero, si dice que una pieza es un asco, pues no hay nada que hacer», recuerdo que me decía Fide, cuando algún crítico intentó invalidar una obra suya.

Desde el año 2009 Fidel Galbán Ramírez se fue de viaje con lo «insólito», muchos aún pasamos por su casa y creemos que sigue viviendo allí, aunque su esposa también se haya mudado con los hijos a otro país. De aquella mística queda el teatro Guiñol de Remedios, que luego del huracán Irma es una sala inexistente, con miles de historias sepultadas en polvo, pedazos de madera, destrozos.

En uno de sus viajes, Fide fue hacia el pasado colonial de Remedios, recorrió la plaza y se encontró con varias figuras del esplendor de la ciudad. Acordó enterrar detrás de la casona donde hoy está el Guiñol, una señal de su viaje. Eso él me lo contó, también que nunca fue a revisar el enterramiento y que me dejaba la responsabilidad de verificarlo. Hasta la fecha no me he atrevido a hacerlo.

Ese es solo uno de tantos episodios en la vida del Fide que se parecen al teatro. Ahora mismo, la antología de sus obras completas, que él recopiló y están inéditas, descansa en un archivo de mi laptop personal. No sé si el teatro cubano me pedirá ese tesoro algún día, a veces abro una pieza teatral y casi parece un poema vivo, tal y como lo vio el Fide hace años.

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Maria Zoila Torrens dijo:

1

27 de marzo de 2019

12:33:10


Muy cierto y bello su comentario y además muy merecido.

Anselmo Respondió:


27 de marzo de 2019

19:48:53

Excelente comentario del periodista remediano, Mauricio Escuela, que aborda facetas de la vida del talentoso Director y Dramaturgo, Fidel Galbán Ramírez. De otra parte, lamentablemente por falta de reparación constructiva, en los próximos meses pueden colapsar las estructuras del Teatro Villena y de la Sala Teatro del Guiñol, que quedaron seriamente afectadas por el paso del ciclón.