ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Portada del libro. Foto: Cubaliteraria.

Un libro duro de leer y difícil de olvidar; así podría calificar Soy un taxi (Editorial Gente Nueva, Colección Veintiuno, 2014) de Deborah Ellis (Canadá, 1960), y traducido por Néstor Cabrera. Al menos lo es si se ha vivido siempre en un país donde para los niños se intenta reservar lo mejor, alejarlos de las experiencias crueles, conservarles intacta esa fascinante cualidad humana que es la imaginación.

Sin embargo, este texto no se inspira en hechos fantásticos o excepcionales, sino en la realidad de miles de infantes a lo largo de Latinoamérica, que viven miserablemente y mueren producto de la pobreza, la inseguridad y la ausencia de políticas públicas efectivas.

Un héroe protagoniza este libro: Diego apenas llega a la adolescencia, pero los últimos cuatro años de su vida los ha pasado en la cárcel de San Sebastián, aunque no está preso.

Su padre y su madre, campesinos humildes, fueron acusados de traficar drogas durante una requisa al ómnibus en que viajaban, por la cocaína hallada debajo de sus asientos. De nada valió la inocencia real y alegada. Ella en la cárcel para mujeres, él en la de hombres. Los niños, Diego y su pequeña hermana, nacida después, atados al destino de su progenitora, porque no existe una salida mejor.

Celdas que deben alquilarse, bajo el riesgo de dormir en el patio de la penitenciaría; baños malolientes; la sombra de las deudas y el castigo por todas partes… plagan la mitad de las páginas de este volumen, donde conocemos a un Diego inteligente para analizar la dureza del destino que le toca, pero también para saber que hay vidas peores: como aspirar «pegamento» hasta la inconsciencia en las aceras.

Él puede salir de la cárcel por el día, ir a la escuela pública y hace mandados de todo tipo para las mujeres de la prisión, por eso es un «taxi», entrega cartas, compra lana para tejer, vende la ropa de bebé que su madre logra en jornadas interminables; aunque la felicidad se le escapa siempre:

«Sus padres debían permanecer en la prisión 13 años más. Mientras estaba sentado en la mesa, con los restos de la cena delante de él, Diego escribió el número 13 con trazos muy unidos y bonitos en el cuaderno de su mente. Luego le sumó su edad actual, y trazó una línea debajo de la suma. Realizó el cálculo y se quedó pensando en el total durante un largo rato».

Pero la injusticia tiene su propia espiral de infortunios; las deudas de la madre, la posibilidad de perder la celda donde al menos dormir bajo techo, la responsabilidad que siente Diego, con cargas de adulto antes de tiempo, le hacen caer en lo que más rechaza: la búsqueda de dinero fácil y rápido, que no puede, en su mundo, estar asociada a otra cosa que no sea la droga.

Así llegará a la selva, a las pozas repletas de químicos para fabricar cocaína; a 24 horas de esclavitud, donde se paga no con billetes o comida, sino con cigarros que quitan el hambre y el dolor, y nublan la mente y la voluntad; donde nada vale la vida de un niño frente al polvo blanco que tan bien se paga en el Norte.

La segunda mitad de esta obra de Deborah Ellis es la de la más descarnada supervivencia. En el universo de las drogas no hay sitio para la compasión o la solidaridad. Mandan los dólares y las balas. Todos se miran por el rabillo del ojo y la gente es recurso desechable:

«–Si le cayera bien, me dejaría regresar a casa.

«–No puedo hacerlo, hijo –dijo–. No soportaría pensar que vives en esa prisión otra vez y que pierdes la oportunidad de ver el mundo. Además, tienes que devolver lo que robaste. Vamos a sacar cocaína de tu pellejo y enviarla para alimentar todas las narices hambrientas de Norteamérica».

Mucho le costará al niño, que en su dolor y afán de seguir se nos hace entrañable, atisbar al menos una luz mínima de esperanza.

Soy un taxi es una alerta para recordar las infelicidades sobre las cuales se asienta el desarrollo de rascacielos sin personalidad y avenidas repletas de carros climatizados. Hace falta leer y saber mirar, para ver más allá de las vidrieras.

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