ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Aretha Franklin. Foto: Getty Images

En 1955 una mujer negra sube a un autobús público en la ciudad estadounidense de Montgomery y camina hacia el final para descansar su cuerpo estropeado por una larga jornada de trabajo como costurera sobre un asiento. Un pasajero primero, y el conductor después, le exigen que se levante del asiento para cedérselo a un viajero blanco que acaba de subir y la modista le dice que no en un franco desafío a las leyes de segregación racial en Alabama. «Los negros detrás y los blancos delante, y cuando faltara sitios para los blancos los negros estaban en la obligación de pararse», rezaba el documento segregacionista. Rosa, de 55 años, estaba cansada de ceder y fue detenida por la policía y encarcelada luego de negarse a pagar una multa por violar las leyes racistas de la ciudad.

Su arrojo demostró cómo solo una persona, que se atreve en unos breves segundos a resumir el pensamiento de muchos, es capaz de encender la mecha definitiva de una revolución, de la rebeldía. Un ejemplo que, bien visto, todavía nos sirve de enseñanza y aprendizaje en los días que corren. El hecho se inscribió en la historia como icono de resistencia y encendió la lucha por los derechos civiles de la comunidad afroamericana en Estados Unidos.

Doce años más tarde nacería un símbolo. Compuesta originalmente por Ottis Redding se transformó en la voz de Aretha en un canto de rebeldía que como el no rotundo de Rosa, exigía respeto desde una poderosa visión feminista hacia una comunidad asaetada por la discriminación racial de una América blanca. Respect es el nombre de ese tema interpretado por Aretha Franklin y que fue tomado como bandera por los afroamericanos en la defensa de sus derechos civiles, por los movimientos sociales en la lucha contra la guerra de Vietnam y por todos los que llamaban a la libertad del espíritu y a la búsqueda del amor (y ya sabemos lo que eso significó en un país envuelto en las utopías hippies y en la efervescencia de géneros como el soul, el rhythm and blues y el rock).

Tanto Rosa como Aretha en un lapso muy corto desde el punto de vista histórico se convirtieron en símbolos y ayudaron a empujar los límites de la discriminación racial hasta que la comunidad afroamericana derribó las barreras, al menos constitucionalmente, que les negaban los mismos derechos que a los blancos. La infancia de Aretha estuvo rodeada de comodidades en comparación a otros miembros de su comunidad que vivían en la pobreza. Su padre fue un predicador de una iglesia bautista, famoso por sus sermones y sus prédicas que grababa en discos beneficiados por un amplio número de ventas. Su iglesia, en Detroit, fue punto de reunión de activistas como Martin Luther King, Jesse Jackson y el músico Sam Cooke, que era adorado como un dios e imitado por todos los artistas de góspel incipientes, incluso hasta por la propia Aretha. Cuando apenas levantaba unos metros del piso,  la hija del predicador ya dejaba ver sus aptitudes como cantante hasta que decidió tomar el rumbo de la música. Su padre, que pronto notó sus cualidades, se convirtió en su mánager y comenzaron el rumbo al estrellato, un rumbo que obviamente estaba permeado por los ambientes en que creció escuchando sobre libertad y lucha contra la opresión. Así, bajo estas influencias, Aretha iba en camino a convertirse en una estrella que tomó como punto de partida el góspel hasta continuar adentrándose  en los orígenes de la música estadounidense.

Aretha podía interpretar cualquier estilo, desde soul, jazz, el rhythm and blues, góspel, pero ella era en sí misma su propio estilo, una mezcla de voz portentosa y canciones llenas de símbolos cantadas hasta el límite emocional en las que no se podía separar la Aretha cantante de la Aretha activista. En un principio Columbia Récords, la primera disquera con que había fichado a los 18 años, no supo expandir toda la descomunal fuerza interpretativa que había demostrado en el góspel y no es hasta años más tarde en que Aretha finalmente se convirtió en Aretha. Y lo hizo nada menos que volviendo a sus cantos de iglesia, a su voz enorme que estremecía como un terremoto a los feligreses. Despuntó su leyenda con una versión de Respect  que superó la canción original. Así, de la mano de su insuperable  himno Respect, nació la leyenda de la música popular estadounidense que nos acompañó durante varias décadas. El propio Redding reconocería: «esa canción ya no es mía».

Era Aretha en clave de soul la que cantaba Respect conjugando su maestría y respetando todas las influencias políticas que adquirió durante su infancia junto a su padre y prominentes figuras como los mencionados Martin Luther King y Jesse Jackson. La cantante tenía Estados Unidos a sus pies donde fue coronada Reina del soul. El título lo destinó a situar en el mapa los derechos civiles de la comunidad afroamericana y a denunciar toda la historia de discriminación. Aretha cantó en el funeral de Martin Luther King en 1968, se negó a presentarse en sitios donde segregaran a los negros y pagó la fianza de la activista Angela Davis detenida por sus acciones a favor de la igualdad racial. Su disco Young, gifted and black («Joven, talentosa y negra») fue otra muestra definitiva del compromiso de una cantante que tocó el cielo pero nunca dejó de tener los pies bien puestos en el centro de su comunidad.

 

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Quizás algunos pudieran pensar que la cantante fallecida a los 75 años fue el símbolo de otra época. Pero nada más lejos de la verdad. En el 2017 escuché en Nueva York a una multitud congregada en una tienda de discos junto a una de las canciones de Aretha. Yo salía de un club en el Bronx hacia Harlem en busca del bar donde mataron a balazos a Chano Pozo mientras escuchaba por teléfono las instrucciones para encontrarlo del guitarrista de rock Dagoberto Pedraja, quien se encontraba en Miami. Me acerqué al grupo de personas que dejaron por un momento sus negocios de vender gorras de los equipos de béisbol de Grandes Ligas y del Clásico Mundial, entre las que estaban las del equipo Cuba, y todos repetían los temas de Aretha para celebrar el matrimonio de una pareja de amigos. Entre las canciones, obviamente, estaba Respect. Esta especie de ritual duró apenas unos minutos, pero me demostró que Aretha, como Rosa, es venerada allí donde sus canciones tocaron más hondo.

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Su despedida en Detroit tuvo muchas de las características del funeral de un jefe de Estado. El cortejo fúnebre atravesó toda la ciudad hasta llegar a la iglesia de su padre, el Templo Greater Grace, donde se reunieron más de 4 000 personas, músicos como Smokey Robinson y Stevie Wonder, activistas y personalidades de la política estadounidense, como el expresidente Bill Clinton. Jesse Jackson recordó su compromiso con los más desfavorecidos y el exmandatario Barack Obama afirmó: «el trabajo de Aretha reflejó lo mejor de la historia estadounidense».

Lo cierto es que tanto Rosa como Aretha siguen impulsando desde el activismo y las canciones el reclamo por los derechos de los afroamericanos que tienen en estas dos mujeres un símbolo mundial de la lucha contra la discriminación. Y seguramente el himno Respect, como me sucedió en medio del Bronx, se escucha ahora en cualquier lugar de Estados Unidos y del mundo donde una persona, sea del color de piel que sea, exija respeto y se enfrente por sus derechos, que son también los nuestros.

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Bea dijo:

6

10 de septiembre de 2018

10:44:48


...Cuando apenas levantaba unos metros del piso, la hija del predicador ya dejaba ver sus aptitudes como cantante hasta que decidió tomar el rumbo de la música.... ERA MUY GRANDE ARETHA!!!!