ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Carilda Oliver. Foto: Jose M. Correa

Es imposible imaginarse a la ciudad de Matanzas sin pensar en Carilda. En su simbología, es quizás el personaje más recurrente de este rincón cubano bañado por el mar y sostenido por sus puentes. Cada madrugada revive su viejo amor que la une a su terruño, incesante inspiración de su obra poética. Por eso los matanceros anuncian con orgullo ser vecinos de esta mujer ya octogenaria, convencida y confesa de que fuera de su ciudad y de su casona de Tirry 81 no puede crear ni un solo verso. 

Es por temperamento y vocación una mujer que adora la independencia, y que fue sacudida en su existencia más íntima por el proceso revolucionario.   Su casa se parece a su edad. Las paredes tienen la marca del tiempo. Cuadros, libros, diplomas, fotos y papeles están ubicados como al descuido. Sentada a escasa distancia del patio, esa especie de santuario donde ella ha creado lo mejor de su obra, Carilda revela el sentido de su vida. 

-Fuiste incomprendida e incluso preterida durante algunos años. ¿Qué queda de aquel recuerdo?  

«No ha quedado ningún rencor, es un fenómeno casi espontáneo de los años que vivíamos. Siempre tuve fe. Escribí, escribí y engaveté. De ahí salió el libro Desaparece el polvo, que aunque irrumpe en los 80 fue escrito en los 60, pero de haberse publicado entonces hubiera causado cierto asombro, y es que se adelantaba un tanto a la época. Es uno de mis predilectos por su audacia y transgresión de determinados conceptos y normas sociales, y porque es un libro muy hermoso en medio de la turbulencia».

- ¿Por cuáles otros libros te sientes más allegada o emparentada desde el punto de vista espiritual?  

«Al sur de mi garganta es muy diáfano, un libro que hizo eco y me dio gran alegría en la juventud por su resonancia en mi pueblo. ¿Y a qué más puede aspirar un poeta? Ya va por su cuarta edición, y todavía a pesar de su inocencia, de su casi no decir nada, es una versión infinita de determinados sentimientos y emociones. El otro es Se me ha perdido un hombre, escrito luego que muere el hombre que amé y con quien tuve 17 años de matrimonio. Es un libro dramático, tiene hasta funeral, aunque prima en él la esperanza porque el amado es posible que resucite y el amor no ha muerto». 

- ¿Escribes algo por estos días? 

«Estoy leyéndome a mí misma, revisando los viejos cajones y rompiendo casi todo lo que no se ha publicado. La madurez y la experiencia adquiridas me obligan a desechar lo que hice hace mucho tiempo atrás y que por su calidad no debe ver la luz. El poco tiempo que me queda tengo que dosificarlo en cosas que me agraden, preocuparme por no hacer el mal, pues queda muy poco tiempo para uno perdonarse a sí mismo».

- A propósito, ahora tienes mayor madurez y sabiduría, pero ¿ha cesado la inspiración?  

«La inspiración se vuelve más adecuada al momento que uno vive. Ya no se pierde tanto el tiempo en cantarle a una flor o a un pájaro diferente. Ahora soy más libre, y lo soy con más meditación y convicción, y no obedezco a las sugerencias, simplemente escribo lo que me da la gana. De los recuerdos escojo los más sagrados, los que ya la memoria perpetuó, aunque pienso como el poeta español Pedro Gimferrer (se ríe con malicia) "si pierdo la memoria, qué pureza". Claro, sería muy ridículo tratar de ser puro a los 80 años».   

- ¿El recuerdo de la familia está más presente ahora que en tu juventud?  

«Me parece imposible que mi madre no me vea cumplir 80 años. Por estos días no hago sino pensar en sus 80 que yo no supe valorar ni entender. Eso nos pasa a todos y es una cosa muy triste. Es de lo único que tengo nostalgias, de no haber vivido a plenitud esa etapa porque ella se encontraba en los Estados Unidos. No pude disfrutar su ancianidad ni ayudarla. La edad nos va desapareciendo, dispersando, lo va diluyendo a uno, digo yo, en la propia naturaleza». 

- A pesar de tu extensa obra, con popularidad en especial del poema épico Canto a Fidel, algunos te encasillan en la poesía erótica.  

«Son las interpretaciones que hacen de la obra, a veces sin conocerla, más bien lo que se interpreta es lo público: el mito. Es el mito lo que hace a las personas y conmigo la mitología es extensa». 

- ¿Qué no les perdonarías a tus biógrafos?  

«Que digan mentiras. Hay cosas escritas sobre mí que no comparto, aunque en sentido general la gente ha sido generosa conmigo, incluida la prensa».

- Carilda, si la lucidez te alcanzara por muchos años más, ¿qué no dejarías de hacer?  

«Una novela. Tengo algo de eso pero ciertas circunstancias físicas me lo han impedido. Tenemos el ejemplo de Gertrudis Gómez de Avellaneda y Dulce María Loynaz. Y no es que una no se quiera quedar atrás, es que son ídolos míos y me gustaría no emularlas, sino ser tan digna como ellas».  

-¿Cuál sería el tema?  

«La historia de una cubana matancera que probó andar por el orbe entero y se quedó con el Yumurí en su regazo».

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