ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Yordanka Almaguer

Todo el acierto del mundo tuvo el Instituto Cubano del Libro para invitar al espacio literario El autor y su obra, a la poetisa Carilda Oliver Labra, quien es toda ella la mismísima cubanía.

Llegó, escoltada por el aplauso, a una de las salas de la capitalina Biblioteca Rubén Martínez Villena, para acompañar a un panel que debía nada menos que referirse a su obra y cuya harta elocuencia se justifica con solo citar a sus integrantes.

Aún cuando los juicios de los panelistas reseñaron su labor literaria -el inusitado estudio de la prosa de Carilda, abordado por Marilyn Bobes; la disertación de uno de sus más fervientes especialistas, Virgilio López Lemus; la crónica Poesía erótica, referencial por antonomasia de la esencia carildeana, que le regalara Eduardo Heras León; o las palabras de Miguel Barnet, devenidas desde ese mismo instante cantata a la autora de Me desordeno, amor, me desordeno-, fue la propia presencia suya y del lirismo que la habita, la manera más eficaz de emprenderla.

Cuando el tuétano de la obra es el propio autor, y para tenerla a mano solo basta nombrarlo, no hay que deslizarse por una larga lista de títulos publicados o premios adquiridos. Por eso, más que desde análisis lingüísticos y concepciones retóricas, Carilda brilló con luz propia en cada anécdota contada, en cada palabra que la evocó.

Marilyn nos la mostró en una desandada prosa «donde es más ella que nunca» y López Lemus la prologó, antes de que se dirigiera al público, con su ubicación precisa en la literatura y en el alma cubana. También saldría a flote el primer homenaje que en su vida recibiera esta hija eminente de Matanzas, cuando en una tarde de poesía el Chino Heras -entonces estudiante de la Escuela Normal- fascinado con los poemas de Al sur de mi garganta, le regalara una rosa roja que, según comentó su dueña, «aún vive y no podrá morirse nunca».

«Carilda convence a los cuatro puntos cardinales y a las cuatro esquinas del mundo (...) es la multiplicación de su propio ser porque a nadie puede igualarse. (...) Se rinde a diario a ella misma, a más nadie. Ella no se parece a nadie, ni siquiera a ella, ella es la encarnación de un cuerpo invisible y adherido de una aparición, ella es la leyenda. Es un ángel lascivo y un teorema social».

Así retrató Barnet, desde su ineludible percepción de poeta, a la autora de Canto a Fidel, quien, por las mismas razones que él ofrece, no tuvo que esforzarse demasiado para conseguir la presencia allí de este entrañable amigo suyo.

Y no quiso, cuando habló a sus invitados, leer poemas. «Estoy tan aburrida de mis versos... ». Sin embargo, no hacían falta. El auditorio, pletórico ya de tanta poesía, la escuchó entonces hablar de Perucho, de Carlos Manuel, de Agramonte y de Martí, del regreso inaplazable de nuestros Cinco Héroes y de la necesidad de poner fin al bloqueo, como si no hubiera improvisado con la fuerza enérgica y a la vez sublime de sus palabras, una de esas cantatas épicas que nos sacuden hasta la médula.  

COMENTAR
  • Mostrar respeto a los criterios en sus comentarios.

  • No ofender, ni usar frases vulgares y/o palabras obscenas.

  • Nos reservaremos el derecho de moderar aquellos comentarios que no cumplan con las reglas de uso.