ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Tomada de Pinterest

• EL verano siempre va unido a vacaciones, entretenimiento, conocimiento ¿aventura? Todo ello se encuentra en Finca Vigía, la residencia habanera del novelista estadounidense Ernest Hemingway, Premio Nobel de Literatura 1954.
  La finca, hoy Museo Hemingway, posee esa atracción, ese misterio que tienen los lugares que han contribuido a que grandes artistas puedan crear, y que encontré en Klin, donde compuso Chaikosvki; en Yasnaia Polyana, residencia de Tolstoy, y más recientemente en Granada, en esa Huerta San Vicente, tan especial para García Lorca.
  A la casa del autor de obras claves de la literatura universal, como Fiesta (1926), Adiós a las Armas (1929) y  El Viejo y el Mar,  ubicada en el poblado de San Francisco de Paula, a solo quince kilómetros del centro de La Habana, he regresado varias veces no solo por su belleza, sino por la fascinación que emana de un lugar que parece aun esperar el regreso del escritor.
LA COLINA
 En una carta dirigida a su amigo Karl Wilson, en 1952, Hemingway aseguró: «siempre tuve buena suerte escribiendo en Cuba... me mudé de Key West para acá en 1938 y alquilé esta finca y la compré cuando se publicó Por quien doblan las campanas (1940). Es un buen lugar para trabajar porque está fuera de la ciudad y enclavado en una colina».
  Finca Vigía se encuentra situada  efectivamente en una elevación donde estuvo emplazado un puesto de vigilancia del ejército español. De ahí su nombre. En el año 1887 pasó a ser propiedad de Miguel Pascual Baguer, un arquitecto catalán, quien construyó una espaciosa y ventilada casa familiar, en la que vivió hasta 1903. Entre otros dueños estuvo el francés, Joseph D´Orn Duchamp, quien la alquiló como quinta de recreo.
   En 1939 Martha Gellhorn, tercera esposa de Hemingway, descubrió Finca Vigía entre los anuncios clasificados de un periódico habanero y convenció a Hemingway para abandonar el Hotel Ambos Mundos, y mudarse a ese lugar. La compraron en 1940 por 12,500 dólares, pero sería  Mary Welsh, con quien contrajo matrimonio en 1946, su cuarta y última esposa, quien la convirtiera en el lugar espléndido que hoy conocemos.
LA CASA-MUSEO
  No se permite a los visitantes entrar en la casona, pero como se encuentra rodeada de terrazas, a través de las ventanas y puertas se logra una visión del mundo personal, privado, de Hemingway.
  Desde ellas pueden verse las distintas dependencias, primero la sala principal, donde cuelgan los cuadros con escenas taurinas del pintor español Roberto Domingo, la poltrona favorita de Hemingway situada al lado de un pequeño bar, su colección de más de 900 discos y el comedor, al estilo de una taberna española, con muebles rústicos diseñados por Mary Welsh y construidos por carpinteros de San Francisco de Paula.
  En los estantes de la biblioteca existen más de 9 000 ejemplares entre libros, revistas y otras publicaciones (2 000 de ellos subrayados o con notas al margen del escritor) colocados a su gusto, sin preocuparse por agrupar autores o géneros.
  El cuarto de trabajo de Hemingway esta presidido por su máquina de escribir Royal Arrow. Aquí escribió, como le gustaba, de pie, Por quién doblan las campanas, El viejo y el mar (le valió el premio Nobel de Literatura en 1954 que  dedicó al pueblo cubano, y cuya medalla decidió entregar al santuario de la Virgen de la Caridad de El Cobre, Patrona de Cuba), Islas en el golfo y París era una fiesta.
  Indiscretamente uno puede asomarse a la sala de baño, donde se aprecia que mantenía un librero y un revistero, y la pared donde diariamente anotaba su peso.
  La torre, en el lado izquierdo del fondo de la casa principal, es una construcción añadida en 1947. Consta de tres pisos y en el último hay otra  máquina de escribir, una  tumbona, una alfombra, un telescopio. Desde  la terraza se disfruta de una vista panorámica de la ciudad.
  En sus casi cuatro hectáreas de extensión se incluyen la piscina donde Hemingway acostumbraba a nadar cuando terminaba de trabajar y donde dicen nadó una vez la estrella de Hollywood, Ava Gardner, una valla para peleas de gallo, una cancha de tenis y hasta un terreno de pelota.
   No puede dejar de verse la magnífica réplica del yate Pilar,  embarcación que unió a Hemingway a la pesca de la aguja (un concurso internacional lleva hoy su nombre), a la corriente del golfo y a la mística, pues cuentan que con él persiguió a un submarino alemán durante la segunda guerra mundial.
EL FIN
  Hemingway dejó la casa en 1960, con evidente intención de volver, pues  puso en orden su escritorio, colocó la máquina de escribir sobre un ejemplar del Who’s Who in America; dejó un par de lápices nuevos, las puntas afiladas, y también una docena de hojas de papel carbón Superior Quality en su caja de fábrica.
  Viajó a España para asistir a las corridas de toros. Sintiéndose muy enfermo siguió hacia Estados Unidos donde fue hospitalizado. Se suicidó  con un disparo de escopeta en Ketchum, Idaho en 1961.
   Pocas semanas después de la muerte del novelista, su viuda, Mary Welsh viajó a La Habana para recoger algunas cosas de valor y donó al pueblo cubano la casa con la mayoría de sus pertenencias cumpliendo el último deseo de Hemingway. Desde 1962 ha funcionado como Museo Finca Vigía.
  Ernest Hemingway hizo su primer viaje a Cuba en 1932 y dejó su huella  en el hotel Ambos Mundo (la habitación que ocupara se mantiene intacta); en el bar Floridita  y en la Bodeguita del Medio. Siempre se lo cita al respecto: «Mi daiquirí en El Floridita, mi mojito en La Bodeguita».  
  Verdad de Perogrullo: la mayor atracción para seguir los pasos del gran novelista en La Habana es Finca Vigía, donde vivió entre 1939 y 1960 y sentir el misterio de creación que emana de ella. Una especial aventura que nos acerca a la vida de Ernest Hemingway y provoca regresar a su obra. •

COMENTAR
  • Mostrar respeto a los criterios en sus comentarios.

  • No ofender, ni usar frases vulgares y/o palabras obscenas.

  • Nos reservaremos el derecho de moderar aquellos comentarios que no cumplan con las reglas de uso.