Hay artistas que solo recordamos públicamente cuando se cumple la fecha de su natalicio, de su muerte, en alguna otra ocasión de interés histórico o que amerite la atención institucional. Pero hay músicos, creadores, artistas en toda su magnitud, que descansan en nuestro calendario espiritual y nos acompañan, en silencio, toda una vida, por lo que trascienden cualquier compromiso al uso creado por los hombres para recordarnos que con ellos la vida siempre pesa menos y el camino ha sido más hermoso.
En esa lista podríamos enumerar músicos y canciones que parecen de otra época, de otra latitud emocional, de otra dimensión que quizá ha perdido la vigencia para algunos; sin embargo, para nosotros, los hijos de una década que se resiste a desaparecer, conservan todo el sentido del mundo, porque sin ellas muy difícilmente podríamos ser lo que hemos llegado a ser (cualquier cosa que eso signifique), aunque quizá la altura que alcanzamos no se haya acercado a las primeras marcas que soñamos en la infancia y adolescencia. Teresita Fernández es una de esas entrañables artistas cubanas sin la cual no hubiéramos sido los mismos, aunque a veces la sociedad nos empuja a abismos inciertos donde reinan los más oscuros sentimientos humanos.
Ella, con su coherencia, su comprensión total, su ternura, su mirada limpia, su inagotable amor por los niños, sus ojos de bondad infinita, demostró que la vida era otra cosa cuando se podía alcanzar la paz con uno mismo, con el entorno por duro que fuese y, a partir de ahí, la soledad entonces dejaba de acechar al corazón como una carga pesada para convertirse en una apacible habitación llena de recuerdos que nos podían salvar hasta de la muerte en vida. Algunos, como siempre, se llevarán las manos a la cabeza cuando les asegure que su nombre actualmente no les dice mucho a una legión de niños cubanos de hoy, cuando, por el contrario, debería ser una presencia constante en su decursar y en los contenidos de las escuelas, porque ahí en los pequeños rincones de su historia, de su Gatico Vinagrito, de La Jicoteca, de la Señora Manatí, de Lo Feo, permanece el alma buena de una mujer que dejó de ser ella misma para ser de todos los que quisieron escuchar lo que tenía que decir y entregar al mundo. Y cuando uno descubre qué hay detrás de sus canciones, como han hecho cantautoras como Liuba María Hevia, se adueña de muchas de las cartas que te pueden llevar a convertirte en una buena persona o al menos a intentarlo.
Son múltiples las causas por las que su repertorio está poco a poco abandonando los medios cubanos o los centros donde se forman los cubanos que mañana tendrán el considerable peso del país sobre la espalda y, a riesgo de parecer ingenuo, sin haber conocido el proceso de aprendizaje natural que encierra su obra, el camino les será más complejo. Y donde digo Teresita también puedo escribir Santiago Feliú, el primer Polito Ibáñez o unos jóvenes Silvio Rodríguez o Pablo Milanés; pero esa es una historia que el propio paso de los años, no lo duden, se encargará de contar.
Recuerdo que cuando niño uno de los mejores días para mí era el momento de ir a escuchar a Teresita en algunos de esos encuentros que organizaba espontáneamente en cualquier rincón de la ciudad. Los niños la abrazaban, la miraban embelesados y nos calmaba como por arte de magia los demonios que tenemos a esa edad y que por suerte, todavía a algunos nos acompañan como un recordatorio de lo que fuimos y de lo que nunca debemos llegar a ser.
Miro el pasado y también veo el rostro agradecido de mi madre saludando a la juglar (un nombre que Teresita representó como nadie) y dándole las gracias en silencio por calmar a ese pequeño remolino que tenía como hijo, mientras la trovadora observaba con una sonrisa sabia a los niños y les cantaba como si supiera que nos estaba cambiando la vida para siempre. Y tenía razón. Yo alguna vez me prometí que después de su muerte no iba a escribir más de Teresita (ni de Santiago Feliú) porque también con esas partidas se nos fue una parte importante de ese pasado que cada vez más se nos difumina en el tiempo y nos hace pensar qué ha sido de nosotros después de tantos años, de tantas ausencias.
Sin embargo, la realidad se impone y resulta incomprensible ver cómo esas canciones apenas se escuchan y el nombre de la trovadora, pese a las aplaudibles intenciones de jóvenes trovadores que le dedican festivales como El Longina, parece destinado a convertirse en un símbolo de otro tiempo o un breve pasaje en algún libro de texto, de esos que luego de leer rutinariamente en alguna clase lo engavetan hasta el otro curso y los niños, como casi siempre pasa a esa edad, no prestan la debida atención y luego van a entregarse a todo lo malo y lo bueno que el entorno les propone. Bien visto se trata ante todo de descubrir cuál es el mejor camino para que los niños de hoy, ante la influencia de otras músicas, vean en sus canciones un hermoso universo por descubrir y que en las escuelas su obra sea mostrada con rigor.
No importa cuántos años tenga un niño o un adolescente porque sus canciones rompen cualquier frontera de la edad o del tiempo, a pesar de que hayan nacido en una Cuba muy diferente al país que somos hoy, porque, al menos en el contexto social, Cuba ha cambiado muy rápido. Tuve la oportunidad de visitarla varias veces en su apartamento, muy humilde por cierto, (y en este caso la palabra reviste verdadero valor) en el edificio de Infanta y Manglar, en la capital cubana. Allí estaba la trovadora con su busto de Martí niño; con sus gatos, una bandera cubana y su pila de tabacos, una de sus aficiones incorregibles. Cuando murió, estoy seguro, no fueron pocos los que llevaron el luto en silencio como si hubiera partido un familiar muy cercano, como si la vida ese día fuera otro amasijo de incertidumbres y de esos vacíos terribles que, a pesar de que nos digan lo contrario, nunca llegamos a cubrir.
No he podido descifrar por qué en días grises y penumbras una fuerza recóndita me lleva a escucharla junto a Santi y otras músicas que siempre hablan de lo que somos. Me resulta extraño. Sus temas hablan de la alegría de vivir, de ponerle amor a la vida, de entregarle todo el cariño al prójimo a riesgo de que nos quede poco para nosotros y de tratar de ponerle luz a la oscuridad por muy desolada que pueda llegar a ser. Es decir, de todo lo contrario.
Quizá porque me recuerdan un tiempo ya lejano del que no he podido desprenderme, con todo el daño, en este caso espiritual, que conlleva tratar de asirse como un salvavidas al pasado.
La verdad, que no es una sola, es que me gustaría ver a los niños de hoy viviendo como suyas las canciones de Teresita y escuchando cantar a la trovadora aquel poema de Gabriela Mistral: «Te llamas Rosa y yo Esperanza; pero tu nombre olvidarás, porque seremos una danza en la colina y nada más...».











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hilda dijo:
1
2 de mayo de 2018
07:20:11
Kathy dijo:
2
2 de mayo de 2018
07:36:39
Adrián Eduardo dijo:
3
2 de mayo de 2018
08:29:26
Raquel dijo:
4
2 de mayo de 2018
08:35:09
bcp dijo:
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2 de mayo de 2018
10:25:49
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