ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
La escena captada habla de la salud de la lectura. Foto: Anabel Díaz

Mucho se aprende cuando se asiste a una cita tan abarcadora y bien pensada como el X Congreso de Lectura Para leer el XXI, convocado por el Comité Cubano del IBBY y su Cátedra Latinoamericana y Caribeña de Lectura y Escritura, y celebrado por estos días en La Habana.

Conversatorios, foros, talleres y conferencias, dejaron el escenario dispuesto para el debate que deberá extenderse a todo espacio donde sea posible abordar el tema lectura, una de las más diáfanas fuentes de riqueza espiritual.

Muy convencidos de este menester están los participantes del evento que vertebra todos sus propósitos en el pensamiento martiano que exhorta a «conocer las fuerzas del mundo para ponerlas a trabajar», razón de extraordinaria valía si se tiene en cuenta que la lectura es uno de esos mecanismos desde los que, en dependencia de la capacidad cultural para interactuar con el texto, podremos tomar partido por las causas justas, –no solo, aunque por supuesto también, las políticas– tan necesitadas en el escenario mundial contemporáneo, o incluso sin tener total conciencia de ello contribuir a apoyar posturas en nuestro propio detrimento.

Así, profesores, comunicadores, escritores y promotores culturales, no solo vertieron en este fértil escenario sus investigaciones y experiencias, sino que se llevaron consigo el convencimiento de que batallar no solo por la supervivencia de la lectura, sino por un uso eficaz de ella, es deber inexcusable de todo aquel que, ya convertido en lector, sabe de sus alcances.

Indagaciones en torno a cómo se ve a sí misma la escuela de hoy, cómo piensa su presente la biblioteca, qué buscan en ella niños y jóvenes y el peligro a que se expone –o no– la lectura en nuestros días, fueron manejadas desde diversas posturas en un espacio que privilegió el diálogo entre personas con un alto sentido del compromiso frente al desafío que todo cambio de época supone.

VIVIR DE MUCHOS MODOS LA LECTURA

Vivencias compartidas como la cálida compañía en que se convierte el libro para el viajante, o la proporción incuestionable de que, a más libros, más abrazos y menos balazos, «porque endulzan el corazón con cariñitos» –lo cual pudiera parecer anacrónico en nuestro país, pero harto frecuente en tierras hermanas donde la violencia cobra vidas por minutos– animaron espacios de los que cada creador salió más persuadido aún de la nobleza personal que hay al abogar por la lectura.

Mención aparte merece la acotación repensada en esos predios de que ser lector no significa necesariamente ser lector de literatura. La vida difícilmente transcurre sin acceder a la palabra escrita, la cual se decodifica por medio de la lectura. Se lee todo el tiempo; sin embargo, ser lector de las bellas letras, si bien refina el espíritu y sustenta el mundo interior humano, es una elección frente al modo de consumir la relación propia con la escritura y para considerarse como tal no es preciso que lo que se lea sea literatura propiamente dicha.     

Tomado en consideración –y ampliamente discutido– lo anterior se complejiza en la respuesta frente al supuesto riesgo que corre la lectura y se necesita reevaluar el asunto sin que le falte razón al enfoque, en tanto el concepto no discrimina el tipo de texto consumido. Si la estimación de la salud de la lectura se reduce al dato frío de cuántos leen o no un libro, el propio análisis es limitado, porque leer es mucho más que deslizar la vista por las páginas impresas. Los soportes digitales son hoy otro surtidor de posibilidades para que la lectura se efectúe.

LECTURA Y FELICIDAD

La obvia complicidad entre lectura y felicidad, como práctica placentera, fue otro de los puntos de mira de estos profesionales que hablaron largo sobre la vital conducción a que deben someter la escuela, las instituciones culturales y la propia familia –si a su vez está preparada para ello– a sus educandos, por eso a lo que hay que enseñar es a disfrutar la lectura. Referente de lujo fue el maestro Alejo Carpentier, tópico fundamental de una ponencia donde las vivencias del emisor, quien fuera su alumno, describieron la sutileza del autor de El siglo de las luces, en calidad de profesor universitario, para hacer despertar en sus discípulos el gozo por el ritmo del idioma, la música de las palabras y las esencias de los mensajes declarados.

Otros hablaron de la «inoculación» del hábito y defendieron la idea de que la literatura más que enseñarla se contagia. Particular significación tuvo en este sentido la necesidad de construir ese puente generalmente quebrado entre la edad infantil, en que tanto en la escuela como en la casa la lectura oral y amorosa del adulto endulza los oídos de su destinatario, lo cual desecha en la edad adolescente, sin que ello necesite que se les lea todo el tiempo a estos estudiantes; sin embargo tampoco que se les deje de tocar la fibra espiritual con la voz que lee para ser escuchada.

Al leer para otros estamos generando afectividad porque la palabra que se nos dirige convoca. Por lo que si se quiere que otros conozcan la dicha que se experimenta con la lectura, es necesario, como una de las posibles alianzas, el acompañar en la lectura.  

De dos formas de leer –una como receptor, sobre el que cae como un de­sembolso lo leído, y la otra como emisor, quien interactúa provechosamente con la lectura– se esgrimieron criterios, que privilegiaron la segunda variante, en tanto el beneficio es supremo.

La validación de la lectura más allá del medio o soporte fue una de las fortalezas de esta cita donde quedó claro que lo importante, debido a las altísimas ganancias que reporta, es que se disfrute hacerlo. No importa si es por las redes sociales, u otro espacio digital. Leer es una ceremonia secreta que bien puede hallar el engarce donde menos se le espera.

En su mayoría, los expertos coincidieron en que no hay tal amenaza respecto al futuro de la lectura; sin embargo si no se orientan prácticas efectivas que refuercen su permanencia la exponemos. El siglo XXI va a seguir necesitando mediadores de lectura y buscar alianzas que la fortalezcan es tarea de todo el que piense en grande respecto a la humanidad, y no únicamente del bibliotecario y el maestro.

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