ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Félix Anazco

La muerte de la maestra cubana Elena Herrera este último fin de semana en España, a los 69 años de edad, conmovió no solo a la comunidad artística de la Isla, donde fue muy respetada, sino también a una vasta legión de admiradores de sus desempeños al frente de agrupaciones instrumentales y funciones de ópera y danza clásica, que la reconoció como una de las mujeres pioneras en la conducción sinfónica orquestal.

Cuando por primera vez ascendió al podio el 6 de enero de 1980, frente a la Sinfónica de Matanzas, de la cual fue titular después, inauguraba el camino para que el sexo femenino ocupara en el país un lugar prominente en una profesión prácticamente vedada para ellas hasta entonces.

En las últimas cuatro décadas Cuba ha contado con directoras de sólida formación académica y meritorios resultados. Zenaida Castro Romeu, Marlene Urbay, María Elena Mendiola, Anarelys Garriga, Irina Guerra, Cosette Justo, Daiana García e Irina Toledo son nombres a destacar. Elena fue, sin dudas, un ejemplo inspirador.

Durante su etapa estudiantil –dio clases con Jorge López Marín, Gonzalo  Romeu y Manuel  Duchesne Cuzán- vio en el teatro Amadeo Roldán a la soviética Verónica Dudárova. «Era todo un temperamento y una autoridad en la interpretación de partituras; la tuve siempre presente en mis estudios», declaró hace unos cuantos años en una entrevista con este redactor.

En aquella conversación confesó: «Tanto en los ensayos como en conciertos y funciones, pienso en la música y trato de que los que ocupan los atriles piensen en la música, no en el género de quien está ante la orquesta. Servir a la música ha sido mi misión y creo que al defender a capa y espada esa idea he ayudado a desterrar prejuicios y complejos».

Quienes compartieron con Elena los trabajos y los días en Matanzas durante los años 80 la extrañan y aspiran a que el rigor y la pasión con que ella condujo la Sinfónica local estimulen los actuales empeños.

En el Ballet Nacional de Cuba, la Ópera de Cuba y la Orquesta del Gran Teatro de La Habana, entre 1985 y 1994, dejó una huella imborrable.

Recuerdo, de manera especial, su entendimiento con la ópera en títulos como El barbero de Sevilla (1987), el estreno de Hemingway (1987), Fausto (1987), Cavalleria rusticana  (1987),  Aida (1988), Tosca (1989), La traviata (1992), y Madame Butterfly (1994), así como con la zarzuela El barberillo de Lavapiés (1990). Una lástima que no pudiera llevar a cabo aquí uno de sus sueños, la producción cubana de Evgueni Oneguin, cuyos pasajes llevó a la Sinfónica Nacional en una versión de concierto.

A mediados de los 90 despegó su carrera internacional en Brasil, donde fue titular de las sinfónicas del Teatro Nacional de Brasilia, Sao Paulo y Paraiba; en los últimos años destacó como protagonista de la vida musical en Asturias. De su inequívoca identidad dio fe al dirigir las puestas en escena de las óperas de sus compatriotas Gaspar Vilolate (Baltasar), José Mari (La esclava) y Eduardo Sánchez de Fuentes (El caminante).

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