El raro placer que produce escuchar a Enya solo puede ser comparable a un viaje de regreso hacia el vientre materno. Eso sí, la envolvente y atmosférica música de la irlandesa, si queremos descubrir todas las posibilidades de expansión que encierra, no podemos escucharla sin antes haber establecido uno de esos rituales que estoy seguro que ustedes, queridos lectores, conocen muy bien. La oscuridad y las penumbras no tienen muy buena fama, pero no hay (casi) nada tan gratificante como el hecho de encerrarnos en una habitación y permanecer en las sombras mientras nos acompaña de fondo su voz en Waterwak, Orinoco Flow, The Celts o A Day without Rain, cuatro de las obras cumbres de una de las cantantes de Irlanda más conocidas en el mundo.
Ya sabemos que la banda sonora de la noche, de las tinieblas, de las búsquedas más temibles del espíritu humano, tiene como un incorregible aliado a los abismos del black metal, del doom o de esas especies sonoras que campean con el título de iconos en los territorios del new age, de la electrónica más experimental, o la world music. Con Enya, sin embargo, ocurre algo muy particular. La cantante es dueña de una voz que es capaz de calmar hasta las bestias, esos seres que casi todos somos alguna vez, y convencernos de que el mundo, pese a todo, es un lugar hermoso y que la vida, también, merece la pena.
Cualquiera que se haya adentrado con conocimiento de causa en el rock and roll, al menos durante las últimas tres décadas, sabrá que es muy difícil saltarse el aprendizaje sin tropezarse en el camino con alguno de los discos de la irlandesa. En verdad, Enya no se relaciona con este género y sus vastos territorios (salvo el detalle de que su primer productor fue el mismo que fichó a Sex Pistols), pero su música produce un extraño nivel de empatía entre los que alguna vez comenzaron a explorarlo como una filosofía o una actitud ante la vida.
Hubo una época en que sus entregas se colocaban más en el centro de la atención de la crítica o del público que sabe que la música encierra una gran sabiduría. Con el cambio de época, su nombre ha estado alejado de los radares, si bien no ha dejado de componer, girar por los escenarios de medio mundo o ejercer una influencia nada despreciable en los artistas o grupos que colindan con su discografía.
Enya no llegó de golpe a convertirse en símbolo de los sonidos más evocadores o espirituales, esos con los que te puedes dar la libertad de soñar que gravitas en medio de una batalla medieval o en lo profundo de un bosque de Irlanda o Escocia. Su precedente es tan fuerte, tan relevante, como la propia estatura que ha alcanzado en la historia de la música de las últimas décadas.
Alguna vez les confesé que la nostalgia, al menos para mí, es una atractiva píldora que garganta abajo lo mismo te puede arrastrar a los mismísimos fondos existenciales o conducirte hacia territorios desconocidos que le puedan dar un sentido verdadero a tu paso por la Tierra. Recuerdo esto porque quizá, sin saberlo, varios de ustedes conocieron la música de Clannad –el mítico grupo irlandés de new age del cual salió Enya–, en las aventuras de Robin of Sherwood o en algunas de esas películas que alimentaron las ilusiones de nuestra primera infancia.
El grupo, que integraba una muy joven Eithne (nombre real de Enya) junto a sus hermanos y tíos, puso en pie discos de la categoría de los antológicos Legend, Macalla, Lore o Landmarks. La búsqueda perpetua de la belleza es lo que persigue esta banda que ha permanecido en activo durante más de 40 años y de la cual emergió Enya hacia el podio del folk, con sus canciones que a veces también nos hacen sentir que el mundo nos ha abandonado o que ya somos el único ser sobre el planeta, aunque, como dijimos, sus canciones nos despiertan sensaciones tan apacibles como la soledad.
Puede parecer una realidad demasiada distante la narrada en estos temas cinematográficos que hablan de montañas, de guerras lejanas, de sentimientos curtidos en el bajo cero o de ríos y mares que se conectan con el océano Atlántico. En este caso, por extraño que les resulte a algunos, en Cuba son varios los grupos que han tomado como fuente de inspiración la carrera de esta cantante y compositora, especialmente aquellos que se han apuntado a las corrientes celtas o al folk europeo. Realmente en la escena soterrada o menos conocida de la Isla, existe un interés notable por la música que viene desde las tierras de Irlanda o de otras regiones que no quedan tan lejanas en nuestra geografía espiritual.
Después de siete años de silencio discográfico, presentó en el 2015 su octavo disco de estudio Dark Sky Island. En el fonograma su mundo –no el nuestro– permanece intacto. No hay diferencias palpables entre ese material y sus discos anteriores; y tampoco Enya parece dispuesta a escuchar las voces que cargan contra ella por la similitud de este disco con sus trabajos iniciales, por ser una artista que, en un primer momento, parece detenida en el tiempo, o que el tiempo, tal vez, le importe demasiado poco.
Ciertamente Enya es el sonido de una etapa, de una época, de esos años felices en que el new age, el folk y las músicas de raíces celtas, fueron también un refugio espiritual, una vía de escape, una poderosa razón para pensar que el mundo allá afuera también existía y debíamos pasar la prueba de intentar vivirlo.











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22 de noviembre de 2017
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