ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Portada de la edición guatemalteca de la novela Lucía Jerez, de José Martí. 

Aunque el entorno en que suceden los hechos narrados en la única novela que escribiera José Martí ha sido más de una vez discutido, muchas son las razones para que la mayoría de los críticos coincidan en que Lucía Jerez (también conocida como Amistad funesta, título con el que se publicara en el periódico neoyorquino El Latino-Americano, en 1885) se trata de la tierra de Guatemala.  

Para ello basta ver el pleno dominio con el que recrea su autor las características geográficas, culturales y sociales de un país donde vivió por año y medio y por el que se sintió profundamente cautivado. Son frecuentes en la narración alusiones al quetzal (ave nacional), al árbol y la flor de la magnolia, los volcanes (Guatemala es región volcánica por excelencia), el chocolate, la arquitectura de la urbe, la descripción del campo y las ciudades antiguas.

Que así sea es para los guatemaltecos un mérito que asumen como un gran honor. Por ello, y como parte de las actividades que se realizan por el aniversario 140 de la llegada de José Martí a ese país, el equipo de la Editorial del Ministerio de Cultura y Deportes de la nación centroamericana acogió con entusiasmo la propuesta que le hiciera el Centro de Estudios Martianos, cem, de publicar en la Editorial Cultura la obra.

Pronto fue un hecho el tiraje por primera vez en esa empresa de Lucía Jerez. Su presentación tuvo lugar en el cem, con la asistencia de Héctor Iván Espinosa Farfán, embajador de la República de Guatemala en Cuba y Francisco Morales Santos, director de la Editorial Cultura, y a cargo del doctor Mauricio Núñez Rodríguez, autor del prólogo, edición crítica y bibliografía.

El capítulo guatemalteco del más grande de los cubanos, acaecido entre 1877 y 1878, fue suficiente para que los vínculos de ambas naciones quedaran permanentemente consolidados. En Guatemala forjó Martí su magisterio y a ella le dio lo mejor de su verbo en la formación de ciudadanos, que sin dudas salieron de sus clases siendo mejores seres humanos.

A la tierra a donde fue a «ahogar mi dolor por no estar luchando en los campos de mi patria» le dejó escrita en versos, que en pleno siglo xxi son los más recitados por los niños guatemaltecos, la triste historia de María García Granados –la joven con quien estableciera fuertes vínculos emocionales, hija del expresidente Miguel García Granados– en el poema ix de Versos sencillos, más conocido como La niña de Guatemala.

La nación es un soplo permanente en la novela, que fuera escrita en apenas siete días, por encargo de su amiga Adelaida Baralt, quien realizaba traducciones en ese rotativo, órgano de la compañía Hectograph. En nueve entregas separadas por 15 días (la publicación era bimensual) y leída fundamentalmente por damas, vio la luz Amistad funesta, entre mayo y septiembre, firmada con el seudónimo de Adelaida Ral.

Muchos valores ensalzan la narración, que si bien tuvo que seguir el estilo folletinesco propio de la publicación para que tuviera la acogida esperada, no soslaya las angustias y situaciones sociales, humanas y políticas del continente, de las que no puede desprenderse el autor, por conocerlas y padecerlas. De este modo está dirigida también a todo latinoamericano comprometido con el destino de la región, por medio de un lenguaje exquisito y una caracterización fotográfica de sus personajes.

El ritmo de la lectura se va serpenteando con juicios a veces aforísticos que bien podrían integrar un prontuario de pensamientos éticos. En la trama aparecen personajes reales y otros nacidos de la ficción apoyados en viejos recuerdos. La joven Ana, de frágil salud, recuerda a su hermana Ana, fallecida en plena adolescencia. El expresidente Manuel García Granados y el presidente Justo Rufino Barrios son otros de los aludidos en la historia, cuyo carácter autobiográfico es indiscutible. Juan, coprotagonista en la condición de prometido de Lucía, figura central del argumento, posee rasgos morales que inevitablemente nos remiten a los de su autor.

Por cumplir el servicio, que escribió con grandes esfuerzos debido a la escasez de tiempo y a las interrupciones permanentes a causa de otros deberes, le fueron abonados 44 dólares que agradeció con creces, dadas las precariedades económicas que vivía. Mirando sin orgullo su entrega, la calificó de novela sin arte y en el prólogo inconcluso que preparaba para otra edición refiere: «Quien ha escrito esta noveluca jamás había escrito otra antes. Lo que de sobra conocerá el lector sin necesidad de este proemio ni escribirá probablemente otra después».

Ni noveluca ni mucho menos falta de arte. El autor de esta historia trágica, de envidias, celos y muerte, bien sabía por dónde iba «profunda como un bisturí y útil como un médico la novela moderna». Es esta obra, considerada por algunos estudiosos la primera novela modernista americana, una lectura necesaria para conocer mejor al escritor, cuya capacidad para incursionar dúctilmente también en este género literario queda probada. También para advertir su compromiso con Nuestra América, concretado en esta obra desde los horizontes del centro continental.  

Pero tampoco Guatemala pierde de vista a Martí: «Una de las casas de esta ciudad tiene una tarja que recuerda que allí vivió, una de sus calles lleva su nombre, así como una asociación cultural, y en una de sus principales arterias, la Avenida de las Américas, se levanta una escultura monumental del poeta», explica Carlos de Céspedes Piedra, embajador de Cuba en Guatemala, quien asegura a Granma que ya se prepara allí para noviembre la presentación de la novela, oportunidad para volver a Martí en fecha que no tendrá olvido.

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