ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Interesado en desbrozar los entresijos de la composición musical, el filósofo alemán Thedor W. Adorno, uno de los fundadores de la Escuela de Frankfurt, observó que para entender a Gustav Mahler (1860–1911) había que despojarse de una visión tradicionalista y valorar cómo «en la apariencia de lo conocido, cualquier cosa es más de lo que meramente es».

La vastedad, asimetría y desmesura de su Segunda sinfonía es una buena prueba del aserto de Adorno. Asumirla implica un desafío para músicos y cantantes, pero sobre todo para quien ocupe en el podio la responsabilidad de llevarla a término, o lo que es lo mismo, hacerla inteligible y disfrutable en toda su complejidad.

El público cubano, lamentablemente no tan numeroso, por cierto, acaba de vivir esa experiencia durante la más reciente cita de la temporada sinfónica en la sala Avellaneda.

Al frente de la enorme masa instrumental y vocal –Orquesta Sinfónica Nacional reforzada, el coro de conciertos de la ciudad renana de Ratingen, Exaudi, Schola Cantorum Coralina, Sine Nomine y el Coro del ICRT–, y con la participación de la soprano Sanine Schneider y la contralto María Felicia Pérez como solistas, el director alemán Thomas Gabrisch cumplió la tarea.

Catedrático de la Escuela de Altos Estudios Robert Schumannn de Dusseldorf, y con una considerable experiencia en el montaje de obras sinfónico-vocales, Gabrisch tuvo siempre claridad tanto acerca de lo que debía comunicar como de la conjugación de elementos que tendría que articular.

De modo que a la densidad dramática y enfática del primer movimiento siguió la transmisión del estado de gracia del andante moderato subsiguiente y, no sin dificultades e intermitencias, sacó adelante la fluidez exigida por el tercer movimiento. La Schneider demostró su altura como liederista al bordar la melodía de Urlicht, cuarta parte de la sinfonía que antecede a su apoteosis.

Gabrisch se creció e hizo crecer a los intérpretes en el grandioso final, en el que privilegió las ideas musicales de Mahler –control de la gradación dinámica, nitidez en la exposición temática-  al margen de las connotaciones metafísicas de la partitura del compositor checo. Nuevamente la Schneider y una María Felicia impecable en su intervención, redondearon la faena.

Un dato curioso: el manuscrito de la Segunda sinfonía, subtitulada Resurrección por el empleo en el texto cantado de la oda homónima del poeta alemán Friedrich Gottlieb Klopstock (1724-1803), a la que el propio Mahler añadió versos de su cosecha, marcó hace dos años un récord de ventas para una partitura, al ser subastada en Sotheby’s en nada menos que 5,3 millones de euros. Aquí la disfrutamos con el corazón abierto al arte y no al mercado.

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