ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Madeleine Sautié Rodríguez

No se pueden comprender los años 90 sin haber vivido a fondo la época; sin haber estado internado en una escuela en el campo (con todo lo que ello conllevaba); sin ver cómo nuestros padres se olvidaban de ellos mismos con el fin de  garantizarnos lo básico para que, dentro de las  dificultades, pudiéramos vivir lo mejor posible, sin recorrer el asfalto en esas bicicletas chinas que marcaron a más de uno. A la distancia de los años, muy pocos, sobre todo los más jóvenes, han logrado comprender cómo en esos tiempos complejos y duros pudo nacer un movimiento tan luminoso como el pop rock cubano, representado por bandas que prácticamente sin recursos componían canciones con esa insuperable energía vital de la juventud que funcionaban como crónicas sinceras y viscerales sobre la historia de esa Isla que éramos.     

Recuerdo que con un poco más de 15 o 16 años llenábamos los teatros (como ya apenas sucede) o el Patio de María para escuchar a esos grupos que hablaban de todos nosotros con un discurso propio, un lenguaje sin impostaciones y con letras en su mayoría en español, las que, con el solo hecho de escucharlas, nos hacían sentir parte de un momento único, de una generación que tenía todo para alcanzar la trascendencia.

Ha llovido mucho sobre todos nosotros, el tiempo ha cambiado, y las nuevas generaciones se mueven por otros intereses, que en su mayoría se alejan del hecho de querer cambiar el mundo un sábado por la noche cuando una canción se les mete en el cuerpo pero, por fortuna para la memoria y el presente musical cubano, permanecen algunos sobrevivientes de aquella época tormentosa y feliz (al menos para los adolescentes que fuimos) que nos definió como muy pocos han sabido entender.

Extraño Corazón, como seguro muchos de ustedes recuerdan, era una de esas bandas que ponía a reventar  los teatros cubanos con su incitadora mezcla de rock and roll, pop y country con sabor a tabernas, a escapadas en el solitario vagón de un tren y a viajes como mochileros que te provocaban unas enormes ganas de vivir,  aunque a veces también en sus letras la nostalgia asoma la cabeza como un lobo solitario.  

Cuando muchos pensaban que la alineación era solo una franja en el recuerdo de  la historia del rock cubano, Extraño Corazón atacó recientemente con un disco que se coloca como uno de los mejores de su repertorio. Confesiones de un náufrago, el título del álbum de la tropa de Javier Rodríguez, trae diez canciones que muestran a una banda que, contra todos los pronósticos, está bien lejos de tirar la toalla. El disco, no podía ser de otra forma cuando hablamos del infatigable Javier Rodríguez, empieza con una declaración de principios. «Benditas noches de rebelión, bendito el sexo y el rock and roll, bendita sea toda mi generación», dice la banda para recordar que ha pasado el tiempo, pero ellos siguen siendo los mismos.

Viéndolo bien, en su envoltura sonora la banda ya no es la que fue en sus inicios. Han crecido mucho en la calidad de la instrumentación de sus canciones, en el acople entre los músicos, en la riqueza melódica y la composición de los temas. Estamos, no lo duden, ante un grupo lleno de cartas para triunfar en la primera división de la música cubana y han alcanzado la plenitud (y es lo más importante) sin hacer concesiones de ninguna clase. Por ejemplo, tenemos entre los tracks un tema como Himno Cherokee, resuelto con un elevado rigor estilístico, un excelente desempeño técnico y una rica instrumentación. El título, uno de los imperdibles del disco, mantiene la influencia que ha ejercido sobre la banda la historia y cultura de los pueblos nativos estadounidenses, a los que Javier les escribe desde épocas inmemoriales.

Los músicos saben salir ilesos del trance cuando los asedia la nostalgia y, sin dejar de cantarle a esos recuerdos que a  veces se difuminan en el tiempo (es imposible para una banda de los 90 no hacerlo), logran poner en libertad canciones que miran por el retrovisor al pasado pero sin perder el anclaje al presente, entre ellas  Adiós te digo, te digo adiós, Fuimos volando o Justicia al recuerdo; en estas dos últimas se percibe mucho la influencia de temas como los antológicos El inútil sueño de Jessie Rainbow o Es tiempo de tomar un nuevo rumbo a tu favor, que hicieron grande a la banda en las noches habaneras y luego en el recuerdo.

Extraño Corazón no se ha quemado a fuego lento en la hoguera de las vanidades. Canciones como Silvia (Miguel de Oca), Viento gitano (Roberto Fajardo e Iván Leiva), y La pipa de la paz (Javier Rodríguez), son otras de las más ricas, logradas y hermosas de Confesiones de un náufrago. El disco también tiene entre sus ganancias la capacidad que tiene Javier de contarnos una historia en cada canción. Mantiene una línea de continuidad en cada tema que, tras escuchar el disco completo, provoca esa sensación de quien ha emprendido un viaje en busca de esa renovación espiritual que, como seguro saben, todos en la vida necesitamos alguna vez.

La luz al parecer estuvo ausente de la banda durante un largo tiempo, pero ahora Extraño Corazón volvió a desafiar los pronósticos con esas canciones rebeldes, forajidas y hermosas que nos hacen retroceder a aquellos tiempos en que pensábamos que todo era posible, mientras escuchamos, como si fueran propias, esas entrañables confesiones de un náufrago.

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Lee dijo:

1

1 de noviembre de 2017

17:30:18


No puedo pensar en náufragos sin oir la canción de "La isla de Gilligan".