ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Madeleine Sautié Rodríguez
Librería de la Casa del Alba. Foto: Madeleine Sautié Rodríguez

Muchas librerías se extienden a lo largo y ancho de la urbe capitalina. Muchas, aunque no todas con igual suerte, ya sea por el cuidado de sus libros en venta, que puede ir desde la ubicación que se les da en el salón para que no los maltrate el sol que da en una esquina, o la debida promoción que les hacen sus libreros cuando se acerca un transeúnte a revisar lo que hay de nuevo en los anaqueles.

Hay libreros que figuran como otro más de los muebles que llenan el área donde se venden libros, y hasta pueden desconocer o desinformar a algún interesado sobre la existencia de algún título que queda aún en el almacén; pero hay otros, que aman la mercancía que venden, porque saben que además de su valor comercial son portadores de muchas otras valías. Así debe ser un librero, u otro trabajador que se dedique a la comercialización de los libros. No se concibe a alguien que esté cerca de ellos sin que vibre ante el misterio que sus páginas provocan. No, quien sabe que un libro, incluso sin haberse leído, nos está hablando.

De esa materia  con  que están hechos esos seres que llegan a una casa -no importa si es la primera vez- y se acercan con el permiso previo al estante donde esperan los libros para mostrarle sus hechizos, deberían ser todos los que tienen como trabajo venderlos, administrarlos, promocionarlos.   

Esa es la naturaleza de Jorge Iturralde, administrador de la librería que  se halla dentro de la Casa del Alba Cultural, ubicada en Línea y D, en el Vedado capitalino, un hermoso y pequeño sitio donde se respira esa dedicación de que venimos hablando.

A sabiendas de que no es el único, siempre es grato llegar a este lugar no solo por la variedad de títulos que en tan poco espacio pueden hallarse; sino por otras razones que enamoran al lector. Con Jorge Iturralde, administrador de la librería, se puede hablar de libros.  

Exquisito en el trato con todo visitante, celoso velador de que el cliente se vaya satisfecho con el servicio, se le ha visto volver atrás, cuando ya ha cerrado la librería, para atender a alguien que entró rayando la hora en que acaba la jornada.
Por estos días se queja de la poca venta, de la disminución de personas que se llegan al establecimiento. «Y tenemos el plan del año cumplido -advierte- pero no importa, no me gusta vender poco, ¿qué lógica tiene una librería donde no se vendan libros?».

«Como me gusta leer, me molesta que la gente entre y no encuentre algo que yo sé que hay  en el Centro Provincial del Libro, que es el que nos abastece; los que se acaban primero, se supone que son las prioridades  y yo traigo más si hay, para que la librería siempre tenga ofertas».

Como él hay muchos otros obreros del libro -promotores, libreros, bibliotecarios, diseñadores…- que dan cada día lo mejor de sí para que no sea por falta de ejemplares que alguien se quede sin leer. Los que  amamos la lectura debemos hacer lo mismo, obsequiarlos, contar a otros nuestras experiencias, convertir al menos a una persona en lector. Es buena etapa del año para pensar qué puede hacerse individualmente para ganarle un juego a tan lamentable  inapetencia. ¡Que no quede por nosotros!

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Wilhelm Gómez dijo:

1

15 de febrero de 2018

15:11:01


¿Tienen el libro "Del Ingenio al Central" de Fe Iglesias?