ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

El comienzo y final de la jornada de clausura de la V Fiesta de los Clarinetes deben ser apreciados como una metáfora de la propia evolución de un evento que se dispara como una espiral en crecimiento indetenible.

Por años, con inteligencia y pasión, la pianista Marita Rodríguez y el clarinetista Vicente Monterrey han promovido un festival que a partir de su experiencia en la música de cámara –15 años suman los del dúo D’ Accord- y una vocación pedagógica compartida, ha potenciado el desarrollo y la promoción del repertorio y los intérpretes del noble instrumento de viento-madera que desde el siglo XVIII, al adquirir su forma definitiva, se halla presente en la cultura occidental.

Lo que comenzó por D’ ­Accord con Tarde en La Habana, de José María Vitier, terminó con el renacimiento del Cuarteto Cubano de Clarinetes (Rafael Inciarte III, Aylet Roque, Vicente Monterrey y Rafael Inciarte IV) y un tributo a la música popular de la Isla hecha danzón (¡qué hermoso rescatar una pieza de Inciarte i dedicada al fundador de la dinastía familiar, Don Rafa!), bolero y mambo, ejecuciones que abonaron el terreno para que todos los participantes cubanos se unieran a sonear en un tema de Matamoros.

Entre uno y otro punto de la agenda, una hora y media de música dio la medida de la salud de los instrumentistas formados en nuestros centros docentes.

Valdría resaltar, particularmente, cuatro estaciones de la velada. La primera, el estreno en Cuba de Cantilene, de Louis Cahuzac (1880-1960), notable compositor, pedagogo y clarinetista francés. A uno de sus discípulos, Hans Rudolf Stalder, Cahuzac escribió en 1954: «Nunca sacrifique la música por una calificación virtuosa; tarde o temprano esta se olvida y solo permanece la primera. Y esa es la que se recordará, cuando se apaguen los aplausos». Bajo ese principio, Maray Viyella, con el respaldo de Marita, transmitió la sutileza de la partitura de Cahuzac.

La Fantasía capricho Op. 118, del también francés Charles Edouard Lefebvre (1843-1917) posibilitó el pujante despliegue de las cualidades interpretativas de Alejandro Calzadilla, hoy por hoy uno de los más seguros valores del instrumento en la Isla, y la ­confirmación del pianismo de alto vuelo de Marita Rodríguez, quien protagonizó otro tercer momento memorable junto al talentoso Janio Abreu, en el Allegro, de la Sonata para clarinete o saxo­fón y piano, de Andrés Alén.

Con Patricia Pérez, en plan de superación doctoral en el gigante sudamericano, no solo llegó el quinteto Viajando pelo Brasil, que luego de un celebrado recital el viernes se despidió con obras de Heitor Vila-Lobos y Gilberto Gil, sino también una intérprete, ella misma, que bordó con fineza de miniaturista la Sexta valsa brasileira, de Francisco Mignone.

El público que repletó el Oratorio San Felipe Neri, sede del Lyceum Mozartiano de La Habana, es otro factor a tomar en cuenta. El clarinete tiene quien lo escuche.

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