ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Fidel leyendo en la Sierra Maestra. Foto: Archivo

Apenas tres meses habían pasado del triunfo revolucionario de 1959 cuando se dio cumplimiento a una de las más importantes propuestas del Comandante en Jefe de la Revolución: crear la Imprenta Nacional de Cuba. El estreno editorial, que encabezaba un grupo de singulares textos universales, fue El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes y Saavedra. Ni la misión ni el título fueron elegidos al azar. Un lector ejemplar, que sabía de sobra el valor agregado de la buena lectura, los consideró esenciales para construir la cultura educativa que necesitaba para su desarrollo el pueblo cubano.

Libros e ideales de justicia, nada más cercano a la esencia humana de Fidel, cuya especial inteligencia mucho le debió al contacto permanente con las letras, también forja segura de sentimientos nobles y altruistas, puestos en marcha desde la juventud  para concluir, si es que así pudiera decirse, con el último hálito de existencia.

Desde que se asomó a sus páginas Fidel supo que El Quijote era un texto imprescindible, la más completa obra de las letras españolas de todos los tiempos y una historia donde un hombre apasionado y enamorado del mundo se enfrentó, como después lo hiciera él —si se entiende la metáfora como su lucha contra el monstruo del imperialismo— a gigantescos molinos a los que era preciso eliminar de la faz de la Tierra por el bien de la humanidad.

Muchos serían los libros que dejarían su huella en este lector famélico que hizo crecer su espíritu a fuerza de lecturas. Plutarco, Cirilo Villaverde, José Martí… Resumirlos sería engorroso; citar algunos, un ejercicio para acercarnos a su roce con la literatura, la que llevó consigo en mochilas y en lo mejor de su pensamiento.

El mayor tiempo de que pudo disponer en su vida para leer fue cuando guardó prisión —la prisión fecunda— tras los sucesos del Moncada.  Entre 12 y 15 horas se las pasaba en franco intercambio con los libros, muchos de política, de historia, de la obra martiana… y  llamó a estos topes literarios una universidad cultural.

Para Fidel resultaron lecturas esenciales las obras de Fiódor Dostoievski, León Tolstoi, Benito Pérez Galdós y Víctor Hugo. Sus lecturas sobre Honorato de Balzac, que tuvieron lugar durante los dos años que guardó cárcel, le resultaron fascinantes. Supo que a Carlos Marx le gustaba el estilo del novelista que brilló en los escenarios del realismo crítico francés y que en El manifiesto comunista  está su influencia estilística. «Quizá sin Balzac El Manifiesto no hubiese tenido el mismo éxito, ni la gran difusión que tuvo», dijo en una ocasión.

Los diez volúmenes de Juan Cristóbal, de Romain Rolland, que consideró una obra maestra, fueron devorados por este incansable lector que valoró a su autor como una maravilla de escritor, gran humanista, pacifista, y de inestimable calidad.

Le habría encantado intercambiar más de cerca con muchos autores.  Con Ernest Hemingway pudo conversar en dos ocasiones, de él admiró sus monólogos y su humanitarismo. En más de una ocasión leyó sus novelas Por quién doblan las campanas y Adiós a las armas y el relato El viejo y el mar, con el que conquistó el Nobel.

Del escritor y filósofo francés, Jean-Paul Sartre, recordaba siempre la obra «amistosa», Huracán sobre el azúcar,  que escribiera sobre los primeros años de la Revolución, un reportaje para el diario France Soir, de París. Leyó a Jean-Edern Hallier, otro francés contemporáneo,  a quien consideró un polemista talentoso.

La necesitad de nutrir el espíritu con la savia de los libros fue uno de los más apremiantes propósitos de la Revolución, por lo que desde el principio puso en marcha la reforma general de la enseñanza, que extendía los servicios educativos a toda la población, y para lo cual era preciso, entre otra larga lista de retos, la ejecución y reparación de centros escolares y la creación de la Oficina de Planeamiento Integral de la Educación, si se pretendía librar al pueblo cubano de la ignorancia.

En su criterio, Fidel defendió que escuelas y bibliotecas de cada comunidad no debían prescindir de una selección de libros que contemplaran las mejores obras literarias de la humanidad, capaces de brindar una idea precisa del mundo en que hemos nacido y  vivido, y para ello no han dejado de ponerse en práctica, ni en los más arduos momentos, programas y campañas para acercar el libro al hombre.

Consciente de que leer es una coraza contra todo tipo de manipulación —porque «moviliza las conciencias, desarrolla la mente y fortalece la inteligencia»— prefirió decirle a su pueblo, «lee», en lugar de «cree», una forma de desviar hacia las páginas de los libros la mirada de quienes debían constatar la verdad por medio de la instrucción y la cultura.

A solo días de convertirse la Isla en la capital mundial de la literatura,  con la inauguración de la 26 Feria Internacional del Libro, Fidel, el lector, el amante de las letras, el que le dio a  la Patria por primera vez en su historia la posibilidad de que absolutamente todos sus hijos pudieran leer, se nos revela en su condición de erudito, de conductor de la sapiencia, de ese hombre que vivió iluminado por el amor a la humanidad, alimentado sin duda por lo que le aportaron sus libros.

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jane dijo:

1

27 de enero de 2017

14:36:23


Favor revisar en el 4to párrafo el uso de la palabra famélico, no se corresponde con el mensaje que transmite el texto.

Leonardo Mario Ferraro dijo:

2

27 de enero de 2017

21:35:50


En verdad, son cinco y no diez los volúmenes del «Juan Cristóbal» (Jean-Christophe) de Romain Rolland.