ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Terence Blanchard, uno de los protagonistas de la noche. Foto: Juvenal Balán

Chucho Valdés y Terence Blanchard fueron los grandes protagonistas de la apertura del Festival Internacional Jazz Plaza 2016. Aunque no los únicos: los integrantes de las formaciones de ambos creadores, más el contrabajista Christian McBride y la inefable Omara Portuondo redondearon una entrega de altísimo voltaje por las cantidades y calidades de las músicas interpretadas durante la maratónica jornada en el teatro Mella, la noche del jueves y parte de la madrugada del viernes.

Al cubano, que en octubre pasado cumplió 75 años, correspondió la primera tan­da. Una soberbia improvisación pianística introdujo un rosario de temas incluidos en sus más recientes discos, Border free (2013) y Tributo a Irakere (2016). El maestro concentró sus armas en un quinteto: Gastón Joya, contrabajo; Yaroldi Abreu, tumbadoras; Rodney Barreto, batería; y Dreiser Durrutí, güiros, claves y percusión afrocubana, con el piano como centro.

Esto último, vale aclarar, no fue del todo cierto. En toda pieza jazzística que se respete, los solos ocupan un espacio prominente y así hubo momentos para el lucimiento de Ba­rreto, Yaroldi y Durrutí, más allá de su perfecto encaje en el espectro rítmico del maestro.

Pero en el caso de Gastón cabe hablar de estelaridad compartida, sobre todo en Pi­lar, composición que Chucho dedicó a la memoria de su madre y en la cual el contrabajista se ve en la cumplida obligación de apelar a la intensidad melódica de su instrumento y dialogar con la naturaleza ro­mántica del piano.

Gastón Joya, quien también se empleó a fondo en un duelo con Barreto en la sección central de la obra titulada Afrocomanche, rebasó la cualidad del virtuoso para instalarse en la categoría de los que entienden la música como arte portador de imágenes.

A todas estas llegó a la escena Omara y el público deliró. La cantante y el pianista no necesitan ponerse de acuerdo para reinar de conjunto. En 1997 lo comprobaron al grabar Desafíos y confirmaron esa identidad co­mún en el 2011 con Omara & Chucho. A fin de cuentas, el filin, que es trova cubana, viene y va con el jazz, y Omara es nuestra Ella Fitzgerald (¿o no será mejor decir que Ella Fitzgerald es la Omara del vecino norteño?), juega con los tiempos, el fraseo, las modulaciones y los silencios pa­ra que parezcan como nuevas las canciones de José Antonio Méndez, César Portillo de la Luz e Isolina Carrillo, autora de Dos gardenias (a alguien se le ocurrió por estos días atribuir su creación a Antonio Machín).

Chucho, en plan de anfitrión, acogió a Blanchard y McBride. Nada mejor que un par de estándares, esas piezas establecidas sobre las que no se puede dejar de improvisar. El viaje transitó por las confluencias entre los acentos del blues y la trepidante sabrosura del jazz latino, de la germinal Caravan, con la que el puertorriqueño Juan Tizol en 1936 engrandeció a Duke Elling­ton, al Blue Monk (1954), de Thelonius Monk, piedra sillar sobre la que se puede levantar cualquier edificio.

La pista quedó lista para el espectáculo del trompetista y compositor Terence Blanchard y el grupo E-Collective: historia de cinco talentos que sacrifican la espectacularidad de sus individualidades en función de la creación de atmósferas tímbricas y sorprendentes dinámicas. Jun­to al líder, el guitarrista Charles Altura, el baterista Oscar Seaton, el bajista David Ginyard junior y el pianista de origen cu­bano Fabián Almazán.

Hace apenas unos meses lanzaron el disco Breathless y bajo ese influjo desplegaron sus argumentos en el Mella. Blanchard sigue siendo un consecuente innovador que se empina en este caso desde la herencia del último Miles Davis y tangencialmente la de Weather Report. Electrónica con minimalismo; blues con toques impresionistas. Las obras son de Blanchard, aunque Almazán aporta la memorable Everglades.

Arte emancipador, jazz contestatario, Breathless evoca la frase pronunciada por Eric Garner el 17 de julio del 2014, un hombre negro, asmático, muerto por estrangulamiento a manos de un oficial blanco de la policía neoyorquina. Un celular grabó la escena; Garner repetía sin que le hicieran caso: «No puedo respirar, no puedo respirar…» Otra obra interpretada en La Habana, Soldiers refleja metafóricamente, según dijo el compositor, «ciertas cosas que están ocurriendo en los Estados Unidos de hoy».

COMENTAR
  • Mostrar respeto a los criterios en sus comentarios.

  • No ofender, ni usar frases vulgares y/o palabras obscenas.

  • Nos reservaremos el derecho de moderar aquellos comentarios que no cumplan con las reglas de uso.

Israel dijo:

1

17 de diciembre de 2016

14:12:29


Excelente artículo, para un extraordinario espectáculo

Dacio Malta dijo:

2

27 de diciembre de 2016

12:00:37


Noche memorable!!!!