ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Tania León, compositora y directora orquestal. Foto: Cortesía del autor

Primero Roberto Valera y luego Tania León sacudieron a un público aletargado ante las propuestas iniciales de la jornada sinfónica del XXIX Festival de La Habana de música contemporánea, de la Uneac.

No es que los primeros compases del evento hayan carecido de interés, pero la densidad de las partituras se­leccionadas por el maestro chileno Boris Alvarado para abrir su comparecencia al frente de la Orquesta Sin­fónica Nacional en la sala Covarrubias el último domingo, se reflejó en una discreta recepción de las propuestas sonoras.

En la pieza de la mexicana Diana Syrse (1984), Colección de realidades, las texturas tímbricas desarrolladas adquieren un protagonismo esencial, característica también predominante en Cantos de sur y norte, de la venezolana Diana Arismendi (1962). Son obras en las cuales la atmósfera cobra más relevancia que los argumentos. El propio Alvarado mostró su afinidad con esa vocación estética al estrenar de su cosecha Incisi II, para clarinete y orquesta, cuyos planteamientos evidenciaron la madurez técnica y conceptual del compositor, aunque mu­chos no lograron descifrar el papel del instrumento solista.

Su entrega incluyó una obra para voz y orquesta de la brasileña Jocy de Oliveira (1936), Who cares if she cries —existe una versión para cello y voz—, oportunidad para dar a conocer a una de las más recias personalidades de la vanguardia musical de ese país, mediante una pieza de sorprendente vitalidad, asumida con audacia y responsabilidad por la soprano Lau­ra D’ Mare.

El punto de giro lo dio Roberto Valera al subir al podio y dirigir una crea­ción suya titulada La conga (sonatonga). En ocasión de su estreno en el 2013, escribí: «Se le puede comparar con obras monumentales de similar naturaleza, como La valse, de Ravel, o La rumba, de Caturla, en el sentido de ser la conga de todas las congas sin parecerse a ninguna». Al escucharla ahora, no solo confirmé esa apreciación, sino tuve la percepción de estar ante una página que abre caminos insospechados por recorrer en la evolución de nuestra identidad sonora que se expresa en la música de concierto.

La conga sirvió de tránsito para descubrir la cercanía de Tania León, compositora y directora cubana afincada desde hace casi cinco décadas en Estados Unidos, donde es una figura de primer orden en la vida musical por el catálogo de sus obras, la labor pedagógica, la dirección de importantes orquestas, así como por su papel inspirador en la promoción de una visión multiétnica de la cultura.

Entre sus más recientes aportes se halla la ópera Los nueve de Little Rock, en la que contó con un guion del notable escritor Henry Louis Gates Jr. —sus libros Gente de color y En  busca de nuestras raíces han sido publicados en Cuba—, y aborda el escarnio sufrido por nueve negros en esa ciudad de Arkansas cuando la Guardia Nacional les impidió en 1957 el ingreso a una escuela para blancos.

León presentó una de sus obras más reconocidas, Indígena (1991), en la que a partir de la asimilación de la herencia del atonalismo dialoga con el jazz y la tradición cubana, en una especie de recuperación de su propia memoria sentimental.

El entendimiento de León con la orquesta, tanto en esa pieza como en la fundamental Estancias (1941), clásico del sinfonismo latinoamericano de corte nacionalista, firmado por el argentino Alberto Ginastera, hicieron que la presencia de esta enérgica mu­jer en el Festival de La Habana sea considerada uno de los hechos más destacados en el comienzo de la cita que se extenderá hasta el próximo domingo 20 de noviembre.

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