ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Pelusín del Monte y Pérez del Corcho, títere nacional, cumplió 60 años. 

La representación de escenas de la sociedad hu­mana a través de la animación de objetos ha estado presente en todas las culturas, independientemente del grado de desarrollo socio-económico que sus pueblos presenten. El extenso territorio de la América Latina o Nuevo Mundo, establece la amplitud vivificante del ser humano. En el Popol Vuh, libro común de los pueblos quichés se relata que: “…en­tonces fue la creación y formación. De la tierra, del lodo hicieron la carne del hombre. Pero vieron que no estaba bien (…), al instante fueron hechos muñecos de madera. Se parecían al hombre (…) Existieron y se multiplicaron, tuvieron hijos los muñecos de palo; pero no tenían alma ni entendimiento…”.

Las epopeyas protagonizadas por personajes representativos de los pueblos han enriquecido, desde sus poéticas particulares, la concepción del hom­bre y su mítico origen. El arte titiritero, por su esencial naturaleza animista presenta la más cercana función artística originada en la práctica ritual. El titerismo se ha convertido en una de las fuerzas mo­trices de la recuperada teatralidad de nuestros días.

El más popular y antiguo personaje-títere de la India, el grotesco Vi­dusha­ka se presenta como un brahmán enano y calvo, con una gran joroba, largos dientes asomados entre sus gruesos labios y una hierática expresión agresiva. En Turquía el héroe de los títeres de sombra, Karagoz —ojo ne­gro—, constituye el arquetipo po­pu­lar de los personajes turcos. La charlatanería; lo impúdico y grosero uni­do a la brutal y cínica obscenidad, argumentada visiblemente en su desproporcionado falo, pauta una de las tantas formas de la prolongación cultural del mundo antiguo. En Eu­ropa el napolitano Pulcinella, el inglés Punch, el francés Guignol, el ruso Pe­trushka o el español Cristobita, entre los de gran ascendencia, caracterizan rasgos esenciales de una imagen grotescamente lírica, críticamente satírica transgresora del poder a través de la sabiduría popular que los aclama.

Sin embargo, es en el nuevo mun­do donde surge una significativa reinterpretación de la titeralidad. Ya el sa­bio Alejandro de Humboldt había ade­lantado que: “América es una nue­va dimensión de la Huma­nidad…”.

De norte a sur pasando por la insularidad caribeña estos personajes, en su expresiva anatomía de títere de guante permiten, todo mezclado, coha­bitar tradición y experimentación. Corporizados como títeres de guan­te, la diminuta proporción de estos personajes soportan la hermosa carga que recae sobre los hom­bros del gran arte —el de ser realmente intérpretes del pueblo—, de lo contario “hacer títeres” podría trans­formarse en una casual y banal distracción dirigida a los niños o qui­zá en un estético afán de originalidad para deleite del ocasional es­pec­tador adulto.

La imagen de los personajes-títeres crecidos en los retablos latinoamericanos difiere de la herencia desaforada y grotesca del viejo mundo. Per­sonajes cuyas imágenes no reproducen los rostros sarcásticos de sus predecesores; por el contrario expresan la pícara sabiduría y la ternura solidaria comprometida con los pueblos que representan.

Ellos responden a los nombres de Comino, creación del poeta mexicano Germán List Arzubide, luchando contra el Patrón-Diablo explotador del trabajo infantil. La tierna pareja de Juan­cito y María, del argentino Javier Villa­fañe, vivificando la gozosa peripecia de los delicados inicios amorosos apoyados en los temores de falsos fantasmas y nuestro Pelusín del Mon­te, de Dora Alonso, crecido en los sueños de poseer una guitarra o avergonzado al lesionar con su tira piedras a una paloma, redescubren en la geografía americana, la titerología de nues­tro tiempo.


*Actor titiritero, diseñador y di­rec­tor del Teatro Nacional de Guiñol

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